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El sillón azul

Hugo Beccacece
Hugo Beccacece PARA LA NACION
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28 de enero de 2019  

Me intrigaba el muchacho desnudo que tenía enfrente de mí sentado en un sillón. La piel morena de ese hermoso cuerpo resaltaba contra el tapizado azul. ¿Dónde lo había visto? Es la única imagen no caricaturesca de un varón en la magnífica y perturbadora retrospectiva del pintor y escultor Pablo Suárez que se expone en el Malba .

De pronto recordé. Lo que había visto en 1989 en la Galería del Grand Palais: era el desnudo de una mujer, no de un hombre, pintado por Paul Gauguin. La que posaba era Hannah, la Javanesa, una mestiza, prostituta y modelo que acompañó al artista de diciembre de 1893 al otoño de 1894. También ella, como el joven de Suárez, estaba sentada desnuda en un sillón azul (evidentemente es una cita que hizo Suárez de la obra de Gauguin).

El título irónico de ese cuadro, escrito en tailandés, era: Aita tamari vahine Judith te parari (La mujer-niña Judith aún no ha sido desvirgada). Judith no era la tailandesa, sino la hija de William Molard, amigo de Gauguin, a quien este no había llegado a desvirgar.

El título de la obra de Suárez es El sillón azul. El contraste expresivo y corporal entre el retrato de ese chico sonriente, de mirada tierna y melancólica, y el resto de las esculturas de hombres es notable.

Los otros varones, de ojos saltones y desorbitados, son sórdidas y risibles caricaturas. Esos cuerpos no provenían de la burguesía ni de los gimnasios. Su hermosura, si la había, era la de los trabajadores y marginales que formaron sus cuerpos en tareas físicas, en el boxeo, en changas.

La palabra despectiva para designarlos era y es "chongo". Hace medio siglo, el chongo era el barato trofeo de los homosexuales y de las mujeres entradas en años que tenían nostalgia del barrio.

En toda la muestra impera una tensión sexual violenta, cruel y degradante. El ser humano está convertido en un animal ávido y grotesco. La única excepción es el sillón azul y su ocupante. Allí, el pincel dejó una huella de hermosura popular y seguramente de amor. Se dice que es el retrato de Horacio Campillo, un discípulo de San Luis con el que el artista vivió durante un tiempo.

La sexualidad de los suburbios pobres, la del "lumpen", alcanzó su glorificación en los libros y las películas del italiano Pier Paolo Pasolini, contemporáneo de Suárez, pero de una generación anterior. La atracción que el director de cine y escritor sentía por los ragazzi di vita era en cierta medida la misma de Suárez, con una diferencia fundamental: el argentino posaba de dandy porque procedía de una familia burguesa; eso lo llevaba a tomar distancia de sus personajes e incluir el humor y el tono burlón cuando los consideraba. De aquel modo soportaba mejor las contradicciones de su propia vida: por más que viviera en Mataderos, él era un "niño bien".

En el Apunte 55 del libro Petróleo, de Pasolini, Carlo, el protagonista, va una noche a un prado solo frecuentado por jóvenes y humildes trabajadores. Allí, tiene relaciones con seis de ellos, que van pasando uno tras otro para depositar en su boca devota la hostia y el néctar sagrado de la virilidad proletaria.

El deseo y, al mismo tiempo, la ternura y comprensión que Carlo les brinda, así como el tono crudo y lírico del relato, muestran hasta qué punto Suárez y Pasolini coincidían y divergían.

El argentino nunca se hizo ilusiones sobre el ser humano, aunque haya militado; el italiano, en cambio, quería ver un símbolo de pureza arcaica en los jóvenes campesinos, en los pobres y en los marginales: había encontrado a "su" muchacho del sillón en el encantador Ninetto Davoli, al que convirtió en actor y con el que se amaron.

Entretanto, los muchachos "sagrados" habían mutado en delincuentes con tics burgueses inoculados por la televisión. La juventud que Pier Paolo amaba estaba contaminada y él sería la trágica prueba.

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