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Sobredosis

Víctor Hugo Ghitta
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28 de enero de 2019  

Les ha sucedido, claro: las vacaciones a menudo nos invitan a cancelar las pantallas de cualquier tipo, evitar mails y aun el encendido de la televisión . Entonces, si no hay niños, uno se atiene a ver algunas películas, leer, conversar, darse a algún juego de mesa y no mucho más que eso. En ese paréntesis desaparece la televisión y el mundo vuelve a sonreírnos. Ese pequeño ejercicio de austeridad expone a la luz con crudeza el enorme daño que el consumo de contenidos televisivos le hace a nuestra vida de todos los días. Aun con reticencia, somos cotidianamente víctimas de sus agresiones y de altísimas dosis de banalidad. La retahíla malsana incluye programas de toda clase, pero sobre todo segmentos (o señales) de noticias. Las razones por las que ha declinado dramáticamente el encendido de la televisión están claras (la amplísima oferta de entretenimiento que inauguró internet es una de ellas), pero habrá que sumarles la decadencia del medio. Digámoslo con la contundencia (y la estridencia sin grises) que tanto le gusta a la época: el mundo es mejor cuando no se ve televisión. Más sano, más rico, más sensible. La industria, sus productores y hacedores de contenidos, está acelerando su dramático final.

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