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La profecía autocumplida: River no le gana a nadie

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
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27 de enero de 2019  • 23:09

"En el fútbol siempre importa lo último que hacés", martilla Diego Simeone sin sonrojarse. Nada de autocomplacencia. Con otro estilo, con otros modos, a esa raza pertenece Marcelo Gallardo . Entonces, ¿desde anoche es un inútil? No, si pertenece al recortado universo de leyendas riverplatenses. Pero la victoria eterna no garantiza una amortización de por vida. Los triunfos crean obligaciones porque ensanchan las expectativas. River es más grande que antes, River nunca fue tan grande como ahora. La dispersión, la relajación y la desconexión son inadmisibles. River no debió caer en esta ciénaga que nació con la caída por penales ante Al Aín en el Mundial de Clubes, pero se entregó a los fuegos artificiales y ahora no sabe escapar de la espiral negativa.

La grandeza se consigue con decisiones arriesgadas, con tanta valentía como jerarquía. La mejor manera de honrar la conquista es cuidarla con pasos sensatos. Si hace unos días River era un equipo fundido, ahora se trató de una expresión experimental. Otra mala lectura, las elecciones antagónicas desnudan el desenfoque. El campeón de América debe cuidar el prestigio siempre. En el mercado de pases, en la logística de la pretemporada y en la cancha. Falló en todo y está a 20 puntos del líder de la Superliga, Racing. Porque el fútbol, también, es una industria que exige victorias para que funcione el negocio.

Se consumieron las energías y se vació la motivación. Seguramente. Pero ahí no se agotan las explicaciones. El jefe es un hombre que vive bajo vigilancia y al que no se le admite el desánimo... Por eso Gallardo vuelve a estar a prueba. ¿Injusto? No, la mejor manera de explorar al líder es cuando gestiona las crisis. El carácter feroz, el espíritu insaciable y la rebeldía competitiva llegaron a cotizar, incluso, más alto que el rendimiento deportivo en River. La reconstrucción demandará paciencia, pero con la guía de decisiones acertadas. Terminó el recreo, el timbre llamó a clases.

Tres derrotas consecutivas en el Monumental en ocho días. Nunca le había ocurrido a Gallardo. Seis goles en contra. Jamás habían ganado en Núñez ni Defensa y Justicia ni Patronato, y Unión ni se acordaba porque lo había conseguido hace casi dos décadas. "Vengan a la cancha y juéguenlo, lo pueden ganar, ¿eh? Créanme que no somos tan buenos, nos pueden ganar", desafiaba el presidente millonario Rodolfo D’Onofrio a Boca cuando la definición de la Copa Libertadores atrapaba actores para el sainete. La ironía se volvió un desengaño.

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