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El tiempo

Víctor Hugo Ghitta
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29 de enero de 2019  

La primera escena transcurre en el Delta del Tigre: en la galería que se abre al río, un hombre observa el deslizamiento de las aguas, las lentas variaciones del cielo, los detalles de la vegetación frondosa. En esa contemplación, comprende (cree comprender) el nacimiento de la filosofía en un tiempo remoto: la maravilla de la naturaleza (el sol quemante, el impetuoso rayo, el movimiento de las nubes, la súbita marea y el lento descenso de las aguas) suscita también en él una serie infinita de interrogantes. Imagina entonces que, encandilados y perplejos ante el espectáculo de la vida, sus antepasados se dieron a preguntarse sobre el hombre y su incomprensible destino.

Días después regresa a la ciudad enfebrecida. Bajo el sopor que produce el calor agobiante, las personas a su alrededor hablan del tiempo y sus demenciales inclemencias; los noticieros, los diarios, las voces de la radio, todos dedican largas peroratas a procurar entender el estado del tiempo, sus caprichos inconcebibles, como si la lluvia de fuego que se abate sobre la ciudad replicara las tormentas implacables en la alucinada Macondo. Lo sorprende así el modo en que la naturaleza convoca desde siempre a los hombres, mientras el tiempo, con sus días y sus noches inapelables, solo transcurre.

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