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Otras historias del fin del mundo

Diana Fernández Irusta
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29 de enero de 2019  

El apocalipsis lo conocí a los 12 años. Era la tele, un anochecer familiar, y en la pantalla un señor circulaba entre edificios derruidos, se abastecía en centros comerciales abandonados, disparaba a cuanta cosa en medio de esa soledad se moviera. Pasó un tiempo hasta que supe que aquel señor de gestos por momentos feroces se llamaba Charlton Heston. Y algún tiempo más hasta descubrir que aquella película, vista en medio del continuo televisivo, se había filmado en los años 70, se había llamado The Omega Man y era una versión más bien libre de la novela Soy leyenda, de Richard Matheson.

Pasó un tiempo, pero la fascinación -esa a la que poco le importan categorías, nombres u ordenamientos estéticos- ya estaba hecha. Algo, un morbo específico, un deleite entre el miedo y la adrenalina, se había despertado. De las películas de terror podía pasar. Pero las apocalípticas, ay, esas eran otra cosa.

"Sobre todo, no había tantas", pienso ahora, mientras miro con mi hijo IO, película estrenada recientemente en Netflix. Lo veo mirar el conocido paisaje de lo posapocalíptico: la ciudad vacía, el planeta moribundo, un personaje solitario convertido en una suerte de Robinson Crusoe de nuevo cuño: algo así es Sam, la protagonista de este film, que utiliza los recursos del saber científico y de la pericia técnica para sobrevivir -y crear vida- en un entorno devastado.

Miramos la película con ese dejo que tiene a veces la sobremesa: mansamente, como dejándonos llevar. Y de repente caigo en la cuenta. Iván tiene un año menos de lo que yo tenía cuando descubrí, por primera vez, que las imágenes del futuro podían venir con tintes oscuros. Un año menos, y ya ha visto no sé cuántas historias -ni que hablar las de zombis- con el infaltable esqueleto de la ciudad desahuciada, la sospecha de virus esparcido por el aire, el supermercado donde los sobrevivientes encuentran sustento y provisorio refugio, la esperanza depositada en un vuelo espacial, un niño mutante o en una tímida plantita que anuncia que no todo está perdido. En el universo inagotablemente audiovisual en el que viven él y los de su generación, el fin del mundo es un ítem más, un escenario de videojuego, consumo irónico de algún youtuber, inesperada fuente, cada tanto, de perlas entrañables (¿acaso no es Wall-E, esa maravilla animada, una historia posapocalíptica?).

Tiene un año menos de los que yo tenía cuando supe que podía haber imágenes para contar el final de todo. Y para él esas imágenes poseen la naturalidad de lo habitual.

Recuerdo el estreno de Niños del hombre, en 2006: Alfonso Cuarón antes de Roma contando la historia de un mundo violento, injusto y terriblemente triste porque se sabía herido de muerte. En el futuro más o menos cercano que imaginaba Niños del hombre, la humanidad padecía una inexplicable y masiva infertilidad: solo le restaba envejecer, sumirse en un presente agotado y perpetuo, y aguardar que la extinción llegase. Al año siguiente, se estrenó Soy leyenda. Aquí, el reencuentro con la niñita que vio el fin del mundo por primera vez. La novela de Matheson tomada casi al pie de la letra, Will Smith como el único sobreviviente en una ciudad donde los seres humanos, desastre bacteriológico mediante, habían devenido vampiros.

Niños del hombre. Soy leyenda. Fueron las últimas. Luego nació mi hijo y no quise ni pude ni soporté ver nada que siquiera insinuara que la ausencia de mañana era una posibilidad. Aunque de a poco la fobia fue cediendo y acá estoy, mirando IO sin que su relato me estremezca demasiado. Porque el miedo no está en esas ficciones que hasta un niño -ahora lo sé- puede relativizar. El miedo está ahí afuera, en un mundo demasiado ensimismado con el puro presente. "¿Qué pasó con la confianza en el futuro?", se interroga Marc Augé en el libro homónimo. A veces me pregunto lo mismo.

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