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“Lentobalización”: la globalización se ralentiza

Las tensiones entre potencias y los ajustes al sistema de comercio mundial crean un nuevo patrón, con costos más altos e inversiones más cautas
The Economist
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31 de enero de 2019  

La globalización se ha desacelerado por varios motivos: el costo de mover productos dejó de caer y las multinacionales han encontrado que extenderse cuesta mucho dinero
La globalización se ha desacelerado por varios motivos: el costo de mover productos dejó de caer y las multinacionales han encontrado que extenderse cuesta mucho dinero Crédito: Shutterstock

Cuando Estados Unidos dio un giro proteccionista hace dos años, provocó alertas ominosas referidas a los padecimientos de la década de 1930. Hoy esas predicciones ominosas parecen desubicadas. Sí, China se desacelera. Y sí, firmas occidentales expuestas a China, como Apple, se han visto golpeadas. Pero en 2018 hubo un crecimiento global decente, el desempleo cayó y aumentaron las ganancias. En noviembre el presidente de EE.UU., Donald Trump, firmó un pacto comercial con México y Canadá. Si las negociaciones en los próximos meses llevan a un acuerdo con Xi Jinping, los mercados aliviados concluirán que la guerra comercial era cuestión de teatro político y de sacarle algunas concesiones a China, no buscaba detonar el comercio global.

Tal complacencia es equivocada. Las tensiones comerciales actuales están condensando un cambio que ha estado en curso desde la crisis financiera de 2008-09. Las inversiones, el comercio, los créditos bancarios y las cadenas de producción internacionales se han estado reduciendo o estancando con relación al PBI mundial. La globalización ha cedido su lugar a una nueva era de aletargamiento. Adaptando un término acuñado por un escritor holandés lo llamamos slowbalisation (que traducimos "lentobalización").

La era dorada de la globalización (1990-2010) fue algo digno de verse. El comercio creció enormemente al caer el costo del transporte de productos por barco y avión y hacerse más barato el costo de las llamadas telefónicas, a la vez que se redujeron aranceles y el sistema financiero fue liberalizado. La actividad internacional explotó, al instalarse las firmas en todo el mundo, mientras los inversores recorrían el planeta y los consumidores compraban en supermercados con suficiente variedad como para impresionar a Phileas Fogg (personaje central de la novela y película La vuelta al mundo en 80 días).

La globalización se ha desacelerado, de baja velocidad a paso de caracol, en la última década por varios motivos. El costo de mover productos dejó de caer. Las firmas multinacionales han encontrado que extenderse globalmente cuesta mucho dinero y que los rivales locales a menudo se las comen vivas. La actividad está pasando a los servicios, que son más difíciles de vender a través de las fronteras: se puede exportar tijeras en contenedores de siete metros, pero no peluqueros. Y la manufactura china se ha vuelto más autosuficiente, por lo que necesita importar menos partes.

Este es el frágil trasfondo de la guerra comercial de Trump. Lo que tiende a llamar más la atención son los aranceles. Si EE.UU. eleva los impuestos a productos chinos en marzo, como amenazó, el arancel promedio de todas las importaciones estadounidenses ascenderá a 3,4%, su nivel más alto en 40 años. (La mayoría de las firmas piensa pasar el costo a los clientes.) Menos notorio pero igualmente pernicioso es que las reglas del comercio se están reescribiendo alrededor del mundo. El principio de que los inversores y las firmas deben tratarse igualitariamente sin importar su nacionalidad se está dejando de lado.

Hay evidencias de esto en todas partes. La rivalidad geopolítica se está imponiendo en el sector tecnológico, que representa alrededor del 20% de las bolsas del mundo. Se están atomizando las normas que regulan la privacidad, los datos y el espionaje. Los sistemas impositivos se acomodan a fines patrióticos: en EE.UU. para presionar a las firmas para que repatríen capital, en Europa para atacar a Silicon Valley. EE.UU. y la UE tienen nuevos regímenes para vetar inversiones extranjeras, mientras que China, pese a sus fanfarronadas, no tiene intención de dar a las firmas extranjeras un terreno de juego igualitario. EE.UU. ha convertido en arma el poder que deviene de controlar el sistema mundial de pagos en dólares, para castigar a extranjeros tales como Huawei. Incluso áreas aburridas como la contaduría y el control antimonopólico se están fragmentando.

El comercio se ve afectado al recurrir las firmas a los inventarios que habían acumulado anticipando aranceles más elevados. Hay que esperar más de esto en 2019. Pero lo que realmente importa son los planes de inversión a largo plazo de las firmas, al comenzar a bajar su exposición a países y sectores de alto riesgo geopolítico o que enfrentan normativa inestable. Ahora hay señales de que está comenzando un ajuste. La inversión china en Europa y EE.UU. cayó 78% en 2018. El valor global de las inversiones a través de las fronteras por compañías multinacionales se hundió alrededor de 20% en 2018.

El nuevo mundo trabajará de modo diferente. La "lentobalización" llevará a vínculos más profundos dentro de los bloques regionales. Las cadenas de producción en América del Norte, Europa y Asia buscan fuentes de aprovisionamiento más cerca de casa. En Asia y Europa la mayor parte del comercio ya es intrarregional y el porcentaje del mismo ha aumentado desde 2011. Las firmas asiáticas hicieron más ventas al extranjero dentro de Asia que a EE.UU. en 2017. Al decaer las reglas globales, una colcha de retazos fluida de acuerdos y esferas de influencia regionales está imponiendo su control sobre el comercio y la inversión. Por ejemplo, la UE está estampando su autoridad sobre la banca, la tecnología y la inversión extranjera. China espera acordar un pacto comercial regional este año, mientras sus firmas tecnológicas se expanden por Asia. Las compañías tienen inversiones internacionales por US$30 billones en tierra, parte de lo cual puede tener que mudarse, venderse o cerrar.

Afortunadamente, esto no necesariamente significará un desastre para los niveles de vida. Los mercados de tamaño continental tienen dimensiones suficientes como para prosperar. Alrededor de 1200 millones de personas han sido sacadas de la extrema pobreza desde 1990 y no hay motivo para pensar que la proporción de pobres volverá a ascender. Los consumidores occidentales seguirán cosechando grandes beneficios netos del comercio. En algunos casos, se dará una integración regional más profunda de la que se podría haber logrado a nivel global.

Pero la "lentobalización" tiene dos desventajas. Primero crea nuevas dificultades. En 1990-2010 la mayoría de los países emergentes lograron cerrar parte de la brecha con los países desarrollados. Ahora se verán en mayores dificultades para alcanzar la riqueza a través del comercio. Y hay una tensión entre un patrón de comercio más regional y un sistema financiero global en el que Wall Street y la Reserva Federal marcan el pulso para los mercados en todas partes. Los tipos de interés de la mayoría de los países aún se verán afectados por los de EE.UU., al mismo tiempo que sus patrones de comercio quedarán menos ligados a ese país, lo que generará turbulencia financiera. La Fed será menos proclive a rescatar a los extranjeros actuando como prestamista global de último recurso, como lo hizo hace una década.

Segundo, la lentobalización no solucionará los problemas que creó la globalización. La automatización significa que no habrá renacimiento del empleo de cuello azul en occidente. Las firmas contratarán a trabajadores con poca capacitación en los lugares más baratos en cada región. El cambio climático, las migraciones y la evasión fiscal serán aún más difíciles de resolver sin cooperación global. Y lejos de moderar y contener a China, la "lentobalización" ayudará a que asegure su hegemonía regional aún más rápido.

Traducción de Gabriel Zadunaisky

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