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Nace una estrella: la Lugones reabre con los grandes musicales de Hollywood

Brindis al amor, con Cyd Charisse y Fred Astaire, dirigidos por un maestro del género Vincente Minnelli
Brindis al amor, con Cyd Charisse y Fred Astaire, dirigidos por un maestro del género Vincente Minnelli
Paula Vázquez Prieto
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31 de enero de 2019  • 12:04

En el documental A Personal Journey with Martin Scorsese Through American Movies, el director de Taxi Driver señala al musical -junto al western y al cine de gánsteres- como los géneros claves para entender al Hollywood clásico. Nacido con el despegue del cine sonoro y heredero de los talentos de Broadway, el musical transitó diversas formas, desde el backstage hasta la opereta, se apropió de todas las innovaciones tecnológicas (desde el Technicolor hasta el Cinemascope) consagró innumerables compositores, bailarines y cantantes, y sobrevivió a la caída de los estudios tradicionales a fuerza de nostalgia, ambición y esa alegría irrenunciable que siempre despierta ver cantar y bailar en la pantalla.

En los años 30 fueron los caleidoscopios del genial Busby Berkeley y el reinado de la Warner Brothers, la aparición de la pareja integrada por Fred Astaire y Ginger Rogers, los primeros musicales fastuosos de la Metro Goldwyn Mayer con escenografías como tortas esponjosas, la simpatía navideña de Bing Crosby y ese coro de bailarinas con purpurina y transparencias, que heredaban el glam de los años 20 y vestían los atuendos vaporosos de la nueva era. Eran los años del blanco y negro, del uso del escenario como enclave de las coreografías, de la llegada de las primeras grandes voces como Jeanette MacDonald o Maurice Chevalier, de esa fascinación del público por la música que hacía eco en sus oídos donde antes todo era silencio.

Al final de la década llegó la descomunal apuesta de El mago de Oz con sus colores y su mundo de fantasía. El mítico productor de la MGM, Arthur Freed, le sacaba brillo al relato de L. Frank Baum y convertía ese viaje a Oz en uno de los clásicos invencibles del género. El uso de las canciones se soltaba de su enclave realista y ahora todos cantaban y bailaban por el camino amarillo, al son de un baño de espuma, como celebración de las brujas de todos los puntos cardinales. Ese éxito hizo que la Metro se convirtiera en la gran usina de los musicales clásicos, con la llegada de Fred Astaire desde la RKO, el descubrimiento del maestro Gene Kelly, la consagración de Judy Garland, la aparición de directores como Vincente Minnelli y Stanley Donen, la música de Cole Porter o George Gershwin. Los años 40 y los tempranos años 50 fueron los años de mayor producción, aquellos en los que los otros estudios como la Fox o la Paramount siguieron el ejemplo de ambición y riesgo, en los que el público hacía cola para la primera función, en los que la lluvia, París y un día de permiso en Nueva York eran ocasiones imperdibles para dar rienda suelta a la imaginación.

Un día en Nueva York, con Gene Kelly, Jules Munshin y Frank Sinatra
Un día en Nueva York, con Gene Kelly, Jules Munshin y Frank Sinatra

El musical también tuvo su crepúsculo y su tiempo de reflexión. A mediados de los 50 parecía haber alcanzado la gloria, hacerse con los premios que erradicaban ese aura residual de entretenimiento inocente, extender los límites de lo que se podía pensar como una coreografía, desplegando el espacio, cambiando de tiempo en apenas un abrir y cerrar de ojos. El musical se hizo complejo sin perder el alma festiva. Homenajes, metadiscurso, sofisticación. Los grandes creadores parecían llegar a la cima, encontrar un estilo visual maduro, explorar los valores del color, alcanzar el sonido deseado. El cuerpo de los bailarines se convertía en la esencia del movimiento: la destreza de Kelly, la elegancia de Astaire, las apariciones del ballet clásico de la mano de bailarinas como Cyd Charisse o Leslie Caron. El musical ya no solo se nutría de Broadway y el jazz, de las orquestas y el swing, sino que recorría la cultura europea y sus tradiciones, ensayaba sus números musicales como cuadros en acción, recogía los primeros destellos del baile moderno que traía la renovación teatral.

La televisión se perfilaba como una fuerte competidora y la única manera de retener al público en la sala era darle algo que no podía ver en el rectángulo descolorido de su TV hogareña. Pantallas inmensas, sonido estereofónico, elencos saturados de estrellas, grandes historias consagradas en el nuevo Broadway. Con la aparición de coreógrafos como Jerome Robbins y Bob Fosse, el musical dio un nuevo giro: menos películas, más caras, de más duración, que inauguraron un tiempo de superproducciones que dejó atrás la era clásica. Uno de los grandes hitos de esa transformación fue Amor sin barreras, versión modernísima de Romeo y Julieta con una apertura filmada desde un helicóptero, y el retrato de una Nueva York de disputas étnicas que auspiciaba los nuevos territorios del género a futuro (Spielberg ya prepara una nueva versión).

Para recorrer los mejores exponentes de la era dorada, el Complejo Teatral San Martín junto a la Fundación Cinemateca Argentina reponen el ciclo All singing, all dancing! como reapertura de la sala Lugones para la temporada 2019. Quince largometrajes en copias restauradas; lo mejor de aquellos años, de las películas inaugurales a las crepusculares, las obras maestras, las más divertidas e inolvidables. Aquí, un breve repaso de cada una.

Calle 42, de Busby Berkeley
Calle 42, de Busby Berkeley

Calle 42 (42nd Street, 1933, 89 minutos), de Lloyd Bacon. Hoy, a las 14, 16.30, 19 y 21.30

Para muchos es el primer musical con derecho propio, el que inaugura la técnica de "una sola cámara" característica del coreógrafo Busby Berkeley, que concebía sus números musicales para esa perspectiva única, imposible de recrear desde el proscenio del teatro. Dick Powell y Ruby Keller se enamoran, Bebe Daniels tiene algún que otro capricho de diva, y el director que interpreta Warner Baxter intenta poner en escena una obra de teatro entre el caos de las peleas y chismes tras bambalinas. Resultó ser el prototipo del musical "de backstage" que celebraba las coreografías sobre el escenario o en el marco de ensayos, pero que conseguía desplegar el espacio escénico gracias a la inventiva de Berkeley y a la vitalidad de sus fascinantes bailarinas.

El mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939, 102 minutos), de Victor Fleming. Mañana, a las 14, 16.30, 19 y 21.30

Primer éxito en el que participó el cancionista Arthur Freed como productor asociado en la MGM, que no solo convirtió a Judy Garland en una de las figuras del género sino que consagró a Over the Rainbow como una de las canciones más populares de todos los tiempos. Freed tuvo que insistir para retenerla en el montaje final porque consideraba que establecía el puente entre el gris mundo de Kansas y los estridentes colores de Oz. La película se convirtió en un clásico de culto, que incluso tuvo una extravagante remake en The Wiz, con Diana Ross y Michael Jackson, y representó esa constante filiación entre el cine infantil y el musical, que luego heredarían películas como Mary Poppins ( cuya continuación con Emily Blunt está actualmente en cartel) o incluso La novicia rebelde.

La rueda de la fortuna (Meet Me in St. Louis, 1944, 113 minutos), de Vincente Minnelli. Domingo 3 de febrero a las 14, 16.30, 19 y 21.30

Inspirada en una serie de relatos escritos por Sally Benson y publicados en The New Yorker, la película representó el primer triunfo del director Vincente Minnelli. Allí conoció a Judy Garland, con quien se casaría tiempo después, y consiguió dar cuerpo a ese mundo sureño preñado de nostalgia y derrota que sobrevivía frente al progreso que representaba Nueva York. Minnelli diseñó las callecitas de St. Louis en los estudios de la Metro, planificó cada uno de los números musicales, y logró que las canciones nunca impidieran el desarrollo de la acción, sino que expresaran los sentimientos y las emociones de sus personajes, como cuando la Esther de Garland canta "The Trolley Song" bajo el hechizo del amor por su vecinito.

Intermezzo lírico (Easter Parade, 1948, 107 minutos), de Charles Walters. Lunes 4 de febrero a las 14, 16.30, 19 y 21.30

Intermezzo lírico fue uno de los mejores musicales de Fred Astaire en años, luego de su salida de la RKO y su paso por la Columbia, donde filmó varios musicales en compañía de Rita Hayworth. Aquí se reunía con Judy Garland como una pareja de baile improvisada que debe sortear tempranas desavenencias con el impulso de la intempestiva atracción. Hay un número de zapateo americano extraordinario, interpretado por Ann Miller, una de las mejores bailarinas de tap luego de la genial Eleanor Powell, que había brillado en los años 30. Al final, aparece una recién nacida Liza Minnelli en un cameo como el bebé de la pareja.

Un día en Nueva York (On the Town, 1949, 107 minutos), de Stanley Donen y Gene Kelly. Martes 5 de febrero a las 14, 16.30, 19 y 21.30

Cuenta la leyenda que el proyecto se gestó mientras Gene Kelly y Frank Sinatra filmaban Take Me Out of the Ball Game bajo las órdenes de Busby Berkeley, ahora convertido en director en la MGM. La historia de Un día en Nueva York era simple: tres marineros están de permiso en Nueva York y recorren la ciudad cantando canciones y enamorando chicas hasta que llega el horario de volver a embarcarse. Berkeley se enfermó, así que Arthur Freed confió en Kelly y su amigo Stanley Donen para que debutaran tras las cámaras. El resultado es inmejorable y el número inicial es la prueba de ello: Kelly, Sinatra y Jules Munshin invaden las calles de Nueva York ante la mirada atónita de algunos curiosos en lo que sería el primer musical con secuencias filmadas en exteriores.

Sinfonía en París (An American in Paris, 1951, 114 minutos), de Vincente Minnelli. Miércoles 6 de febrero a las 14, 16.30, 19 y 21.30

Personalísimo homenaje de Vincente Minnelli y Gene Kelly a la vida y obra de uno de los grandes compositores estadounidenses del siglo XX: George Gershwin. Ambientada en una París de ensueño creada en los estudios de la MGM, la película fue la consagración definitiva del reinado de Freed en la Metro, que recibió una nota del estudio diciendo que el tándem Powell y Pressburger -que habían dado a luz Las zapatillas rojas- no les llegaban ni a los talones. El ballet final fue la prueba definitiva de la ambición de Kelly como coreógrafo, que consiguió el aval de Minnelli para exponer allí su toda su inventiva y la firme decisión de llevar al género a las grandes ligas.

Cantando bajo la lluvia (Singin' in the Rain, 1952, 103'), de Stanley Donen y Gene Kelly. Jueves 7 de febrero a las 14, 16.30, 19 y 21.30

Se convirtió en el referente del género, en el musical más divertido, en el que lee la propia historia con ingenio y desparpajo. Nació de un grupo de canciones que habían escrito Arthur Freed y su amigo Nacio Herb Brown en los tardíos años 20 y que ya habían aparecido en varias películas. Integradas bajo el notable guion de Betty Comden y Adolph Green, las melodías recrean la historia de una estrella del cine mudo que debe sortear los cambios de la industria y lanzarse como figura del musical. Una de las mejores anécdotas es aquella que recuerda que cuando Donald O'Connor filmaba su número "Make 'Em Laugh", Cole Porter visitaba el estudio y le llamó la atención lo similares que eran los acordes a los de su canción "Be A Clown" que aparecía en El pirata. Arthur Freed se apuró para llevarlo a otro set antes que detectara el "fiel" homenaje que habían hecho de su creación.

Brindis al amor (The Band Wagon, 1953, 112 minutos), de Vincente Minnelli. Viernes 8 de febrero a las 14, 16.30, 19 y 21.30

Para muchos, el mejor musical de Minnelli. Y la verdad es que si Cantando la lluvia era un homenaje al cine, Brindis al amor lo era al teatro. La historia de un veterano bailarín de Broadway (interpretado por Fred Astaire, quien había comenzado su carrera bailando en el teatro con su hermana), que debe conciliar estilos con una bailarina clásica como Cyd Charisse, muestra lo mucho que se parecía la ficción a la realidad. Oscar Levant interpreta al alter ego de Minnelli, encaprichado en filmar el Fausto entre rutinas de ballet clásico y explosiones de humo. El número "Dancing in the Dark", filmado en un Central Park salido de un cuento de hadas, pone en escena la amalgama perfecta entre dos estilos dispares.

Brigadoon (1954, 108 minutos). Sábado 9 de febrero a las 14, 16.30, 19 y 21.30

Como en un pase de magia, la aldea Brigadoon reaparece en Escocia una vez por siglo para que sus habitantes continúen la vida que dejaron en pausa. En ese día elegido, arriban los dos turistas americanos que interpretan Gene Kelly y Van Johnson, con sus derrotas y desengaños a cuestas. Minnelli ensaya una mirada última sobre el artificio que consagra al musical, logrando que esa ilusión de mundo alterno se plasme en la puesta en escena y en los bailes. Kelly y Cyd Charisse congenian como nunca y la película se despliega como una fantasía única, sin perder la conciencia de que es solo realidad un día por siglo.

Siete novias para siete hermanos (Seven Brides for Seven Brothers, 1954, 102 minutos), de Stanley Donen. Domingo 10 de febrero a las 14, 16.30, 19 y 21.30

Dirigida en solitario por Stanley Donen, recupera la nostalgia por el tiempo pasado que había definido a La rueda de la fortuna, pero incorpora una coreografía moderna, con secuencias multitudinarias y acrobáticas, a cargo de Michael Kidd, coreógrafo que colaboró con Minnelli en Brindis al amor y que luego aparece como bailarín en Siempre hay un día feliz. El espacio del granero y la vida rural se convierte en el entorno para el romance de Jane Powell y Howard Keel (más cantante que actor), y la historia demuestra que Donen en solitario resulta un narrador menos ambicioso y más fluido que en sus colaboraciones con Gene Kelly.

Carmen de fuego (Carmen Jones, 1954, 105 minutos), de Otto Preminger. Lunes 11 de febrero a las 14, 16.30, 19 y 21.30

Basada en la ópera de Bizet, la película dirigida por Otto Preminger se apropia de aquella historia para construir un relato sobre la segregación de la comunidad negra en el presente de Estados Unidos. Minnelli había filmado Una cabaña en las nubes con un elenco íntegramente afroamericano en 1942, pero ahora los tiempos eran otros y Preminger decide sortear los condicionamientos de la ópera y del texto de Oscar Hammmerstein II, para recuperar la historia original trasplantada al mundo contemporáneo.

La cenicienta en París (Funny Face, 1957, 103 minutos), de Stanley Donen. Martes 12 de febrero a las 14, 16.30, 19 y 21.30

La historia de un fotógrafo de modas interpretado por Fred Astaire que encuentra su elegante musa en la estilizada figura de Audrey Hepburn es la excusa perfecta para uno de los mejores musicales de la Paramount y para muchos de una de las mejores películas de Stanley Donen fuera de la MGM. Aquí, Hepburn pudo interpretar las canciones de sus números musicales, algo que no podría luego en Mi bella dama cuando la Warner decidiera sustituir su voz por la de Marni Nixon debido a que no llegaba al registro. El trabajo del color de Donen recuerda al que Minnelli desarrolló en sus mejores películas.

Les girls (1957, 114 minutos), de George Cukor. Miércoles 13 de febrero a las 14, 16.30, 19 y 21.30

Es una de las representantes de ese interés del género por la tradición cultural europea, que luego reaparecería en películas como Can-Can o Gigi. Aquí, tres cantantes y un vocalista masculino de un cuarteto de cabaret es sacudido por una serie de revelaciones escandalosas que conduce a un juicio al son de la música de Cole Porter. Con una narrativa fracturada en los diversos puntos de vista, la película dirigida por George Cukor juega con el enigma y despliega un notable virtuosismo en el uso de los colores, al igual que en los números de baile de Gene Kelly y Mitzi Gaynor. El cuerpo de Kelly demuestra la esencia del bailarín de los 50: su acrobacia es más intensa que la etérea elegancia de Astaire, y su sensualidad es carnal y nunca exenta de algo de malicia.

Gigi (1958, 115 minutos), de Vincente Minnelli. Jueves 14 de febrero a las 14, 16.30, 19 y 21.30

Ganadora de nueve Oscar, se convirtió en el último de los musicales fastuosos de la MGM de los años 50. Fue el canto de cisne de Vincente Minnelli y demostró que podía aunar su talento y maestría con los cambios que el género experimentaba de cara a la nueva década. Basada en una novela de la famosa escritora Colette, la historia de soltero Gastón y la inocente Gigi en la París de comienzos del siglo XX combina los vestuarios de época con las audaces coreografías que juega Leslie Caron, y señala la decidida convicción de Arthur Freed de apoyar a su director pese al excesivo presupuesto, las numerosas reescrituras de guion y a los intentos del estudio de intervenir en el montaje final.

Amor sin barreras ganó diez premios Oscar; Steven Spielberg prepara una nueva versión
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Amor sin barreras (West Side Story, 1961, 153 minutos), de Jerome Robbins y Robert Wise. Viernes 15 de febrero a las 14, 17 y 20

En 1957, la obra de teatro había impactado en Broadway debido a la coreografía de Robbins y a la banda sonora de Leonard Berstein y Stephen Sondheim, pero la película codirigida por Robbins y Robert Wise para la United Artists logró un hito para el género a partir de la estilización en el tratamiento visual del espacio urbano y la violencia en las calles. Inspirada en la historia de Romeo y Julieta de Shakespeare en versión callejera, Amor sin barreras capta la tensión entre realismo y fantasía a partir de las calculadas coreografías y las explosiones visuales en pantalla ancha. La danza responde a una nueva forma que ponen en práctica coreógrafos como Robbins, Michel Kidd y luego Bob Fosse para combinar la destreza atlética con movimientos fragmentarios y espásticos que condensan la emoción en el cuerpo.

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