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¿Y qué culpa tiene Lo Celso?

Andrés Eliceche
Andrés Eliceche LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio
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31 de enero de 2019  • 23:59

Desde que Oscar Ruggeri levantó la Copa América en 1993 en Guayaquil, la selección argentina coleccionó la misma cantidad de finales jugadas y perdidas: siete. El encadenado comenzó en 1995 con el 0-2 ante Dinamarca -por la Copa Rey Fahd en Riyad, en el comienzo de la era Passarella- y se extendió hasta 2016: la última escena fue la derrota en los penales ante Chile, en la última Copa América, en los suburbios de Nueva York. Esas agrias postales podrían ser una hermosa foto, vistas en perspectiva: el presente de la selección argentina no invita siquiera a imaginar que pronto haya una nueva oportunidad en una definición así. Y ese debe ser un impulso que ayude, en vez de mortificar, a la nueva generación de jugadores.

¿Qué culpa tiene Lo Celso? ¿Cuál es la responsabilidad de Foyth? ¿Cómo involucrar a Lautaro Martínez? Sus apellidos son una muestra: ninguno de ellos había nacido aquella tarde ecuatoriana que marcó el último festejo. Y ahora, en estos tiempos inciertos, en los que la palabra transición tiene más peso que proyecto, nadie debe reclamarles que se hagan cargo de nada. Tampoco a Scaloni, claro, un entrenador que no completa ningún formulario mínimamente exigente que alguien deba responder para ocupar el banco que disfruta desde el final del Mundial de Rusia.

La próxima Copa América de Brasil no tendrá a la Argentina como candidata. Una rareza que ni siquiera la imaginaria vuelta de Messi podría cambiar. Entre la generación que se está yendo y la que va llegando hay un espacio de asentamiento por cumplir. Eso baja el listón. Lo pone, en definitiva, en un lugar más real, acorde con la caída en picada de un equipo que era muy diferente hasta hace ocho meses. Lo que viene ahora es la comprobación de aquello que el Tata Martino decía incluso en los días previos a jugar la final de 2016 en los Estados Unidos: "A la próxima generación le va a costar clasificarse al Mundial de Qatar". Aquellas palabras vuelven como un designio ahora, cuando nadie ni siquiera puede saber quién será el entrenador después de la cita de junio y julio.

"Quiero que Messi sea Leo", se proponía Sampaoli en voz alta cuando asumió y le preguntaban cuál iba a ser su fórmula para quitarle presión al mejor futbolista del mundo. Después del desastre ruso, quizá venga bien rescatar el concepto, aplicado a los apellidos noveles: lo más sano que le puede pasar ahora a la selección no es proponerse salir campeón. Mejor será que Lo Celso sea el Mono, que Foyth sea Juan y que Martínez sea sencillamente Lautaro. Será un comienzo más adecuado que mostrarles el álbum con Ruggeri sonriendo, trofeo en mano.

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