Poesía de conmovida sobriedad

DIABLA Por Graciela Aráoz-(Edic. Ultimo Reino)-86 páginas-($ 10)
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31 de julio de 2002  

Graciela Aráoz transmite, en su tercer poemario, una lúcida conciencia respecto de la fragilidad de toda escritura. Más aún: del silencio que acecha en el fondo de toda palabra. Muchos de sus textos lo sugieren con delicado temblor. La palabra, dice Aráoz, viene "enredada entre pétalos de arena" porque "no puedo con palabras decir la nada." Es una sutileza para nada reñida con la sensual corporeidad que siempre distinguió a la poesía de la autora sanluiseña, también prolífica ensayista, becada hace años para un posgrado en España. Allí, además de graduarse en Filología Hispánica, mereció en 1986 el Premio Tiflos y en 1988 el Vicente Aleixandre, entre otros galardones.

El lector de Diabla difícilmente escape a la inquietud provocada por la irrupción de presencias tan cotidianas como enigmáticas. Presencias que, paradójicamente, sugieren la ausencia, la fugacidad. Reaparecen así más de una vez el agua, la lluvia, la hierba, la nieve, la semilla, los ángeles, la luciérnaga, el humo... Y, como telón de fondo, palpita una unción religiosa vinculada a la angustia por los dolores humanos en general, y los de la sensibilidad femenina en especial. Lo dice en líneas ejemplares por su conmovida sobriedad: "Una mujer llora en la cocina. Detrás / del olor a locro. / Macera la carne con limón / y con su inefable tristeza." Aráoz parece escribir con su propio cuerpo los signos del exilio y la soledad, condiciones básicas del devenir humano: "La garganta, las manos, los pies, / todo mi cuerpo / es una letra extendida, esperando." Lo lábil anida aquí muy hondo: "Recuerdo que alguna vez tuve vestidos / de seda / debajo de mis huesos...". Desde esta áspera suavidad escribe reconociendo la casi imposibilidad de hacerlo, ya que tras el buceo en busca de las raíces acecha la mudez. Lo revelan las líneas iniciales: "Escribo este libro sin escribirlo / porque este libro está escrito bajo el agua. / Pero en mi oído despierta la música del cielo". Al propio tiempo, la dilución de los límites individuales le permite inclusive descubrirse "dentro de una mujer extraña / que no soy yo...".

Somos tiempo y vida-muerte en la palabra, propone quien antes dio a luz los poemarios Equipaje de silencio e Itinerario del fuego , y cuyo nuevo libro recobra además personajes, seres y follajes de la infancia. Pero lo hace sin apelar a tics regionalistas, sino con imágenes bellas y profundas que "hilan la luz", igual que las mujeres de su pueblo.

Es mucho lo que ofrece esta poesía, de encomiable ductilidad. En ella vibra el amor "que entiende todo, el único" ; y duele el ayer nunca ido: "Desperté esta mañana llovida mi memoria / caminando a una casa / donde había una morera, una damasca, que eran mías." Pero el hoy golpea con ferocidad: "Se come de la basura (...) / La belleza se enterró en los cementerios / o está inmóvil adentro de las cabezas.". La poeta sabe asimismo que, día a día, está "cayendo debajo de la tierra" pero lanza desafiante su palabra, al modo de "una luciérnaga que, / cuando se enciende / no alcanza a ver su luz." La misma luz que siembran estos poemas de Graciela Aráoz.

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