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Ataques de pánico en primera persona: "Sentía que me iba a morir todo el tiempo"

Fuente: OHLALÁ! - Crédito: Pixabay
Inés Pujana
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6 de febrero de 2019  • 00:00

Clara es maestra, tiene 37 años y durante mucho tiempo padeció ataques de pánico. El temor le dejó intensas huellas en la mente, lo que le permite recordar como si fuera ayer cada una de las sensaciones que le sobrevenían en el cuerpo: terror, ahogamiento, temblores y una desolación absoluta. A diferencia de las personas que padecen enfermedades con manifestaciones puramente físicas, que pueden decirlo abiertamente sin esperar represalias de la sociedad, quienes sufren enfermedades relacionadas con la salud mental muchas veces se sienten solas y poco comprendidas, agregando a su padecimiento el aislamiento y el escarnio público. Clara aceptó a contar su testimonio para ayudar a visibilizar la problemática y para animar a otros a contarlo sin tapujos, porque no hay enfermedades "mejores o peores", sino simplemente padecimientos que merecen ser acompañados, sin importar quién los sufra.

Los comienzos

"Mi experiencia, gracias a otras historias que fui conociendo con el tiempo, no es muy distinta a la de otras personas que sufrieron ataques de pánico. Decir que sufrí es acertado porque cualquiera que haya atravesado esta situación sabe y entiende que es un verdadero calvario. Lo peor es que la mayoría de las veces, por ignorancia o por desinformación, el entorno no lo advierte, lo que lo hace más difícil de superar.

En mi caso todo empezó con la muerte inesperada de mi abuelo, con quién tenía una relación casi paternal. Mi familia es muy chiquita y yo nunca había vivido la muerte de alguien tan cercano. A partir de ese momento empecé a desarrollar un miedo cada vez más grande a que le pasara algo a mi familia. Si no me atendían, los llamaba insistentemente hasta que lo hicieran. No quería que salieran a la calle por la noche y le prestaba muchísima mucha atención -al punto de volverme casi insoportable- a cualquier síntoma que para mí era de enfermedad. Me daba cuenta de que mi angustia a veces era exagerada, pero me decía a mí misma que era lógico vivirlo así después de lo que había pasado con mi abuelo.

A los pocos meses, y casi sin darme cuenta, la preocupación por lo que pudiera pasarle a mi círculo cercano desapareció.... y se desplazó hacia mí. El temor se había transformado en un miedo incontrolable a la muerte, a mi muerte. Me acuerdo que el peor momento, el más angustiante, era a la noche. Quizás tenía que ver con el silencio y con que uno se siente un poco más solo, aunque esté acompañado. Durante el día la angustia y el miedo estaban, pero eran más "manejables", por lo menos al principio. Al poco tiempo empecé con la idea de que estaba enferma. Le prestaba una atención desmedida a cualquier cosa que parecía un síntoma, desde un dolor de estómago o de cabeza, hasta cualquier otra dolencia mínima. Eso me disparaba una angustia terrible y me instalaba la idea de que iba a morirme de repente. Tenía crisis de llanto en cualquier momento y lugar y al poco tiempo llegaron las manifestaciones físicas: taquicardia y sensación de desmayo y ahogo. Todo eso acrecentaba el miedo y me hacía salir corriendo a la guardia convencida de que algo me estaba pasando: les decía a los médicos que estaba teniendo un infarto, un ACV, lo que fuera... La lista era interminable, y aunque ellos me decían que lo que me pasaba no era nada de eso, la sensación de pánico y de angustia no desaparecía, y yo me iba a mi casa convencida de que no me habían atendido bien, de que algo habían pasado por alto".

La soledad

"Eran noches muy largas, de insomnio, de llanto, de miedo. Me acuerdo de decirme a mí misma: 'Pensá. No podés ser tan irracional. Fuiste al médico, no tenes nada'. Pero llegó un momento en que la irracionalidad que acompañaba al miedo me sobrepasó y ese fue el momento en que todo se desmadró por completo. Ya no quería salir, me era imposible estudiar, no podía trabajar -tuve que hacer un impasse largo en mi carrera- y por sobre todas las cosas me sentía sola, y no porque efectivamente lo estuviera, sino porque pensaba que nadie me iba a entender. Claro, ¡si ni yo lo entendía! Guardarme lo que me estaba pasando agravaba todo, y yo no me daba cuenta de que para superarlo no sólo necesitaba la ayuda de un profesional, también el apoyo de mi entorno".

La luz al final del túnel

"Toqué fondo una noche en que viví un episodio de angustia absoluta, mucho más profundo que los demás. Sentía que mi corazón se detenía, que me estaba dando un infarto, que me iba a morir y que nadie se iba a dar cuenta. Estaba convencida de que mi muerte era inminente, y ahí fue cuando finalmente pude pedir ayuda. Desperté a mi mamá a las dos de la mañana y le dije que tenía taquicardia. Ni me dejó terminar de hablar. Me miró súper tranquila y me preguntó: ¿tenés miedo de morirte? Le dije que sí y me largué a llorar desconsoladamente. Ella es psiquiatra y en seguida supo cómo calmarme. Hicimos juntas unos ejercicios de respiración, me lavó la cara con agua helada y me dijo que no me iba a morir, que lo que estaba viviendo era un ataque de pánico, que había que tratarlo y que por la mañana lo íbamos a encarar juntas. Me dormí con ella y ya el solo hecho de haberlo verbalizado me tranquilizó".

La salida

"Por la mañana lo volvimos a hablar y ese mismo día empecé una terapia con una colega suya. A partir de eso y con el apoyo de mi familia y de mi mejor amigo -que también había pasado por lo mismo- pude, después de un tiempo bastante largo pero un poco más llevadero, ir superando de a poco la situación y retomando el control de mi vida. Visto en retrospectiva -y después de mucho análisis- hoy algunas cosas que viví me causan gracia, pero en ese momento recuerdo que fueron dramáticas. Yo tuve la suerte de que mi madre fuera psiquiatra, pero para otros la recuperación es mucho más difícil. Principalmente porque la sociedad considera como enfermedad sólo a lo somático, y no a las cuestiones que tienen que ver con lo psicológico, que están muy estigmatizadas. Hay mucha desinformación, sumado a que la mayoría de las personas que pasan por situaciones como esta se guardan lo que les está pasando, y lo agravan todo. Yo tuve suerte, y por eso hoy, recuperada, sana y feliz, puedo contarlo".

Si tenés alguno de los síntomas se detallan en esta nota o creés que podés estar pasando por lo mismo que Clara, no dudes en contactar a un profesional de la salud.

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