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La política, Twitter y el botón nuclear

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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9 de febrero de 2019  • 00:00

Anoto mis ideas para columnas y artículos en el grabador de voz de mi teléfono. Probé varios métodos, incluido el de mandarme mensajes por WhatsApp. Pero se supone que uno, que vive de sus ideas, las quiere mantener reservadas hasta el momento en que se publican. Y, con afligida honestidad, tengo mis serias dudas de que WhatsApp sea lo bastante privado.

Estamos grabando

Así que uso el grabador que viene con el teléfono. Hay que tener cuidado con tales apps, advertiré en este aparte. Una vez, por experimentar, instalé una que, de forma predeterminada, activaba el control por voz. Esto es, grababa solo cuando detectaba que había personas hablando. El problema es que el ambiente en el que hice aquél reportaje era un poco ruidoso y mi interlocutor apenas susurraba. En total, me quedó una linda lista de preguntas y ninguna respuesta, salvo algunas sílabas perdidas por ahí. Hube de apelar a mi memoria, que suele ser buena para lo que me interesa.

En fin, a lo que iba. En la larga lista de ideas, algunas por ahora muy crudas, otras ya casi a punto, tengo una en la que pregunto, así, a bocajarro, "¿Qué va a hacer Donald Trump si Twitter cierra?".

No, esperen, no cierra Twitter. O, al menos, no tengo ningún dato fidedigno al respecto. Su base de usuarios está estancada y el valor de su acción pasó por un valle oscuro entre 2016 y fines de 2018, cuando repuntó bastante, aunque todavía está lejos de su máximo histórico. Pero no me preocupa demasiado Twitter. Me preocupa que, aparte de todo el desastre de la privacidad, la vigilancia estatal y los algoritmos que toman decisiones inconsultas, parece que una proporción importante de la política cree que puede sentar sus bases en una red social que responde a los caprichos de Wall Street.

Aclaro, para los que no me conocen: me encanta Twitter, y defiendo que todo el mundo tenga derecho a expresar sus opiniones libremente. Así lo decidimos en diciembre de 1948, ¿cierto? Cierto. De modo que no me gusta ni un poco el concepto, por desgracia cada vez más difundido, de que "la libertad de expresión tiene que tener límites". Primero, porque en 1948 decidimos, precisamente, que no le pondríamos límites; y decidimos eso porque los límites ya estaban (o están hoy) tipificados. Discurso del odio, acoso, incitación a la violencia, calumnia, injuria, etcétera; todo el mundo conoce la lista. El resto es mi opinión, y tengo derecho a emitirla. Eso, en las democracias republicanas, no vayan a creer que es lo mismo en otras comarcas, favor de anotar.

Tener derecho a emitirla significa que conceptos como lo "políticamente correcto" o "el buen gusto" no tienen ningún lugar aquí. Las bromas pesadas -excepto que puedan llegar a confundirse con una amenaza real o alguna otra clase de ilícito, o que sean emitidas en un entorno en el que específicamente se las prohíbe (y por razones obvias), como un teatro lleno o un avión- tampoco pueden censurarse o castigarse. Te indignás, las condenás sonoramente, pero ese tipo de anomalías no son sino el costo de la libertad de expresión.

Supongo que es lícito que me apunten que en las democracias republicanas tampoco tenemos una libertad de expresión absoluta, que puede haber represalias, que en todos lados se cuecen habas. Sí, obvio, pero eso equivale a comparar el estar mojado con el estar ahogado. Por otro lado, si vamos a esperar el sistema perfecto, entonces bajemos la persiana y volvamos dentro de 300 siglos.

Cuatro años más

Así que no, no es un libelo contra las redes sociales. Es una crítica a esta -a mi juicio pésima- costumbre de políticos y funcionarios, muchas veces del más alto rango (caso emblemático: Donald Trump), de gestionar por Twitter. No digo que esté mal que un presidente se exprese por estos medios. De hecho, muchos lo hacen, y lo hacen bien. ¿Por qué? Porque no dejan de emplear los canales oficiales.

Distinto es el convertir una gestión de gobierno en el típico conventilleo de Twitter, con el aderezo explosivo de los trolls (rentados, militantes y automáticos) y la supuesta validación del like. No, y digo esto con todo el respeto que cualquier investidura democrática se merece, un millón de likes y diez millones de retweets no convierten un exabrupto en templanza ni una mentira en verdad.

No me parece serio, qué quieren que les diga. Lo peor es que nosotros, aquí en las redacciones, no podemos ignorar el hecho. Estamos entrampados. De pronto, una mañana, el presidente de la nación con el mayor arsenal nuclear del planeta larga en Twitter que va a la guerra con Corea del Norte y, simplemente, no podemos mirar para otro lado. Primero, porque es una noticia, lo diga por donde lo diga. Segundo, porque todos los otros medios ya están haciéndose eco de esta locura de declarar la guerra por una red social.

Miren, hay tres cosas que uno no debería hacer sino en persona o, en el caso de los gobiernos, mediante un documento oficial firmado de puño y letra: declarar el amor, declarar la guerra y romper relaciones (nacionales o personales).

Por buen uso de Twitter por parte de un funcionario, especialmente uno tan poderoso, me refiero al célebre mensaje de Barack Obama cuando fue reelecto ("Four more years"), que fue retweeteado casi un millón de veces. Pero, como anticipé, ese no es el punto. El punto es que ese tweet no fue una acción de gobierno. Si a mí me volvieran a elegir presidente, la verdad, también lo tweetearía.

Por mal uso me refiero a llamar "Little Rocket Man" a otro presidente, especialmente cuando ha demostrado una hostilidad manifiesta, o decir "Recuérdenle que yo también tengo un botón nuclear" al mismo gobernante. No tengo ni la más remota simpatía por los regímenes que coartan la libertad de expresión, como ya habrán notado. Pero la descalificación, hasta donde puedo ver, nunca es constructiva; mucho menos si proviene de un primer mandatario. Y por Twitter ya es bochornoso.

Las vacas no hablan

Este cotilleo es un síntoma de la degradación de la política. No es ninguna casualidad. Ni es culpa de las redes sociales. De la misma forma que las personas mediocres tienden a saldar sus diferencias por medio de la descalificación, el insulto, la intimidación, la agresión, la hostilidad, la violencia o los razonamientos viciados de sofismas (la lógica es inmune a las ideologías), la política tuitera es, salvo honrosas excepciones, un error. Las razones, creo, son bastante simples.

Primero, los políticos en general, y sobre todo los que han sido encumbrados hasta los máximos cargos, ya tienen, siempre tuvieron y seguirán teniendo acceso a la comunicación pública. En el caso de los partidos muy pequeños, OK, están más cerca del hombre de a pie que del sillón presidencial, y en esos casos tiene sentido que recurran a las redes sociales; con dignidad, de ser posible, y sin patoteo, que se supone que pretenden representarnos, no amedrentarnos.

Pero quienes deberían ser protagonistas de las redes sociales son las personas que durante toda la historia de la civilización estuvieron amordazadas. Paradójicamente, los que terminan siendo noticia en Twitter son los presidentes, los así llamados influencers, las celebridades, los ídolos de la música o el deporte, y así. Bajo la avalancha de los RT queda sepultada la voz del resto. Es una pena, pero demuestra que, como ocurre con el dinero, el poder llama al poder.

En segundo lugar porque decir algo en Twitter no cambia nada en la realidad. No hay que tweetear, hay que gestionar. Bien o mal, es lo de menos en este nivel del análisis. Los latinos tenían un refrán que ha llegado hasta nosotros (con chiste y todo, como verán enseguida) y que fue hurtado de muchas formas por muchos líderes de toda estatura y doctrina. La frase dice: "Res, non verba". Literalmente, "Cosas, no palabras". Hilando fino, lo que quería decir originalmente este adagio es: "Hacer cosas, no hablar". En broma, y por la similitud con tres palabras del español, se la traduce (insisto, en broma) como "Las vacas no hablan".

Pero hay un tercer problema, quizá más serio, con todo esto de la gestión tuitera. Nos hemos pasado un par de siglos intentando de mil formas consolidar nuestras democracias, y ahora resulta que si Twitter quiebra, una buena parte de la política se queda sin micrófono. Es muy loco. ¿Irán a hacer cola a los mismos canales de TV, diarios y radios a los repudiaron en alguno de sus mensajes y en no pocas ocasiones? Ni idea.

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