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Quintero, el nalgón irreverente que se come el Monumental

Andrés Eliceche
Andrés Eliceche LA NACION
Juan Fernando Quintero, marcó un golazo en el Monumental
Juan Fernando Quintero, marcó un golazo en el Monumental Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri
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10 de febrero de 2019  • 22:20

"Yo no soy gordo, soy nalgón". La misma frescura para hablar que para hamacar el cuerpo para un lado, engañar con la cintura y zas, dejar desairado al marcador y recibir la falta. Juan Fernando Quintero tiene todos los atributos necesarios para merodear entre el amor y el odio del hincha. Fácil ahora ponerlo en el altar pagano del Monumental, embellecido por su imperecedero gol a Boca, que acabó con cualquier discusión. Más difícil era entonces, cuando se le ocurrió aquella explicación, en tiempos menos dulces, para responder a los que le marcaban el talle de la remera tanto como sus apariciones a cuentagotas en la cancha.

Es talentoso, sí, en cada partido regala una porción de aquello. Está físicamente en la vereda de enfrente del biotipo del deportista musculoso, marcado: el que se sienta en la tribuna puede empatizar con esa figura proclive a los excesos. Controla los tiempos del partido según su manera de sentirlo: puede pasarle un rival a toda velocidad por el costado que él no se volverá loco por alcanzarlo, quizás a partir de la certeza de que nunca lo logrará. Pero, al fin de cuentas, es su etiqueta de jugador diferente lo que lo tiene siempre en la vidriera de los más mirados. Se ganó el derecho a ser examinado.

Partidos como el del atardecer del Monumental exhiben al Quintero que quiere Gallardo . El entrenador pretende de él que sostenga ese nivel alto que suele ofrecer en dosis. Lo eligió de a ratos el año pasado, pero ahora los dos decidieron dar un paso adelante. En una conversación entre los dos, el colombiano aceptó ponerse la camiseta del 10, heredada de Pity Martínez, uno de los próceres modernos. La de Alonso, aclaran los socios vitalicios. Y Juanfer, que la había estrenado una semana atrás contra Vélez, se presentó en la casa de River por primera vez con el número icónico para darle forma a una cachetada a la cara del líder de la Superliga.

Una asistencia a Borré -que su compatriota no controló bien- a los 17 minutos lo había puesto en partido. Quintero es un buscador: no se reprime si no le sale una y otra, intentará una tercera. Carece de vergüenza, una virtud ante la observación inquisidora de los hinchas. Entonces va y se para frente a la pelota después de aquella falta de Domínguez comentada al inicio, y hace lo que nadie espera: patea al arco desde un ángulo no recomendable, a 37 metros del arco, y deja ls pelota en el ángulo de Arias. El show -el momentum del clásico- se completa con su lengua afuera, más un guiño a la memoria reciente que un festejo, mientras el estadio parece rendirse a su andar desgarbado. Es su primer gol de tiro libre en el club, que le sirve para completar el póquer de gritos ante los grandes: ya le había anotado a San Lorenzo (Superliga, de visitante), Independiente (Libertadores, de local) y el ya citado ante Boca en Madrid. El remate, una reproducción condenada a viralizarse, pareció ser también una indirecta a Juan Román Riquelme, que había sentenciado tras aquel zurdazo en el Bernabéu: "Quintero va a volver a patear y no la va a volver a meter en el lugar donde la metió contra Boca".

A los 26 años -los cumplió el 18 de enero-, Quintero se asoma a la posibilidad de establecerse en un lugar: algo del jugador trashumante que es lo empujó a ir de acá para allá más de lo aconsejable, al punto de que River es su séptimo club profesional. Incluso en el verano, con todo el viento a favor, volvió a dejar en el aire la idea de seguir su vida futbolística en otro lado. La charla con Gallardo, la misma en la que se ganó la 10, lo devolvió al lugar donde apareció apenas un año atrás. El mismo lugar, este estadio sometido ahora al juicio popular sobre si hay que mudarse o no, lo abrazó fuerte con una ovación cuando River ya era un festival de pases y el puntero, una caricatura: fue cuando el DT lo sacó de la cancha. El nalgón -no confundir con gordito- ya había dejado su impronta.

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