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Llegó a EE.UU. con US$ 500 y creó una empresa líder en su rubro

Maximo de Elía junto a sus nietos vestidos de bomberos
Maximo de Elía junto a sus nietos vestidos de bomberos
Mariana Reinke
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12 de febrero de 2019  • 10:01

Pasaron 34 años del día en que Máximo de Elía junto a Belén, su mujer, y a su pequeño hijo Nicolás, con US$500 en el bolsillo, partieran rumbo a Estados Unidos en busca de un futuro mejor.

Ni bien terminada la Guerra de Malvinas, a los 27 años, porteño, dejó el colegio militar (se dio baja). Fue una decisión difícil: "Por un lado los que éramos militares y no pudimos participar in situ del conflicto bélico (estábamos en alerta), fue una espina dolorosa no haber estado en el campo de batalla, y por otro ser militar luego de la guerra no era bien visto en la sociedad", contó a LA NACION.

Antes de tomar la decisión de partir, vendió corbatas en oficinas, pero sabía que esa venta callejera no iba a prosperar: su franqueza y el comercio eran cosas que no siempre iban de la mano.

Ya en Brooklyn, Nueva York, los tres primeros meses, su tía Clara les daría alojamiento mientras él se las rebuscaba pintando casas y repartiendo huevos y pollos en presas de los supermercados, a la vez que buscaba trabajo en avisos clasificados de los diarios: profesor de manejo de autos, chofer de ambulancia, entre otros. Pero por su experiencia solo militar y su escaso nivel de inglés rebotaba todos los posibles trabajos.

Máximo de Elía en familia en una Navidad
Máximo de Elía en familia en una Navidad

Eran momentos de incertidumbre, hasta que finalmente consiguió uno estable. "Me inventé que era electricista y así me contrataron en una compañía que se encargaba de arreglar máquinas para hacer embutidos", confesó. Agregó: "En esos tiempos, disfrutaba poder comprarme una coca e ir a trabajar en un subte". Era su primer trabajo oficial y estaba feliz.

Recordar su vida pasada lo lleva a olores y música de esa época. "Cuando escucho música de los 80 y 90 me deprime y me angustia, también los olores de las fábricas en las que trabajé", contó con tristeza.

Sin Internet, facebook, y donde el teléfono era carísimo, tuvo que reemplazar su familia con los pocos amigos que había cosechado y que pasaban a ser tíos de sus hijos. "Nunca tuve la oportunidad de que mis hijos fueran amigos de colegio de los hijos de un amigo, nunca supe a dónde iban, no porque no supiese el lugar geográfico, sino porque no conocía su historia", rememoró.

Una tarde, luego de su jornada laboral, se vio sentado en el sofá del living mirando televisión y enseguida recordó que no había ido a Estados Unidos para estar sentado y ver televisión. Y decidió sumar un nuevo trabajo nocturno: vender ventanas, tocando puertas de vecinos.

Las compañías en las que trabajaba cerraban y los trabajos se iban sucediendo, a la vez que su inglés mejoraba y comenzaba a fluir. Por la noche, su labor continuaba ya en reparación de máquinas de clientes que conocía. "La calle fue mi mejor escuela, de saber poco y nada de electricidad, fui aprendiendo a medida que pasaron los años", señaló.

Ser bombero: una de las satisfacciones más grandes que tuvo
Ser bombero: una de las satisfacciones más grandes que tuvo

Y un día llegó la compra de su primer departamento y con ello dos hijos más."Fue un momento único, recuerdo que casi no teníamos visitas argentinas y ese día vino Julio, un amigo que estaba estudiando acá y lo recibí con un pincel en la mano para que me ayude a pintar el departamento", dijo entre risas.

Otro de sus trabajos importantes, durante ocho años, fue una compañía que hacía ensaladas de avanzada, pero un día la firma cerró. "Ese día no busqué más trabajo y me dije que iba a ser independiente", señaló.

En el año 1995, por su cuenta creó la empresa Systemax que se encargaba de reparación de máquinas industriales o proyectos chicos. Al año siguiente, le dio una vuelta más al negocio y empezó a brindar un servicio de seguridad contra accidentes de trabajo a empresas industriales.

"Fabrico jaulas para que los operarios no tengan accesos a lugares peligrosos y en caso de alguna posibilidad de accidente, la máquina deja de funcionar instantáneamente", explicó y agregó: "La cartera de clientes es grande y hoy no tengo competencia en la mitad este de Estados Unidos, como en los estados de Pennsylvania, Missouri e Illinois".

Pero todavía a su historia le faltaba una experiencia sin igual: ser un bombero voluntario. Cuando en Estados Unidos ocurrió lo de las Torres Gemelas y luego lo de Katrina, los pensamientos del empresario viraron para siempre y, con 49 años, se alistó como bombero hasta que cumplió los 57. "La primer vida que salvas es la tuya porque tu vida pasa a tener sentido", dijo emocionado.

Su empresa Systemax fabrica jaulas de seguridad para empesas industriales
Su empresa Systemax fabrica jaulas de seguridad para empesas industriales

Hoy Máximo vive en Long Island, a una hora de Nueva York. Con 61 años y acompañado de su hijo más grande Nicolás, que lo ayuda a potenciar la relación con los clientes, está orgulloso de donde llegó.

Ahora es él quien se siente el gallego del almacén, el tano de la verdulería o el japonés de la tintorería. "Antes me enojaba que los inmigrantes en la Argentina no hablaran bien el español y que siempre vivieran las costumbres de sus países de origen: hoy ese inmigrante soy yo", reflexionó.

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