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Cajas chinas atascadas

Jorge Torres Zavaleta
Jorge Torres Zavaleta PARA LA NACION
Fuente: LA NACION
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12 de febrero de 2019  

"Desde la puerta de La Crónica, Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris". Así empieza Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa. Y enseguida viene la segunda frase, inolvidable: "¿En qué momento se había jodido el Perú?". Con su angustia y su fatalismo derrotista, esa pregunta es la clave de esta gran novela publicada por primera vez en 1966. Y ahora esas páginas que entonces aludían a una realidad lejana, de corrupción e ineficacia, con la que muchos argentinos nos resistíamos a identificarnos, se nos ha ido volviendo tan propia como nuestra piel.

Porque Conversación en La Catedral y otras grandes obras literarias latinoamericanas se nos han ido acercando. Y ahora, al releer a Rulfo, con personajes que tienen tan poco que solo poseen sus cuerpos; Onetti, con sus seres tan grises y aislados; García Márquez, en donde la irrealidad y las trampas de lo mágico brotan a cada paso, sentimos que esas narraciones sobre realidades exóticas y depresivas, protagonizadas por personajes maniatados en un medio contra el que no pueden luchar y donde ellos son parte de esa realidad violenta es la situación que a lo largo de este tiempo hemos creado en la Argentina.

Durante la década del 60, el optimismo, aunque averiado, aún era una parte esencial del carácter argentino. Las explicaciones eran fáciles: el país se había frustrado por tal o cual razón, no por una serie de causas concurrentes ubicadas unas sobre otras como cajas chinas; aún queríamos creer que a pesar de todo teníamos un gran destino. Pocas personas jóvenes de ahora estarían dispuestos a afirmar eso.

Nos sentíamos distintos, mejores, y aunque eso quizás estaba mal, indicaba una cierta fe colectiva. A pesar del tango, de la nostalgia y de las quejas, la Argentina era un país que podía ser optimista. Y uno encuentra ese optimismo en ese gran poema hecho de imágenes visuales que es "Enumeración de la Patria", de Silvina Ocampo, y ahora resulta conmovedor porque nos parece irreal, casi inocente. Aunque quizás no tan inocente, puesto que Silvina comienza diciendo: "Oh desmedido territorio nuestro, violentísimo y párvulo". La desmesura, la violencia y la inmadurez, nos está diciendo, siempre han formado parte de nuestra historia. Es como si nos dijera que la Argentina siempre precisó de un grado de protección, de cuidado, por parte de sus mejores personalidades, que no siempre se la dieron.

Creo que todas estas obras maestras de la literatura nos cuentan la historia de realidades traicionadas, por medio de las acciones de gente desaprensiva, sin noción de lo público y lo privado, y que no tienen el concepto de curar los males del presente, sino que, al contrario, a través de su acción provocan los mismos males que dicen combatir o, en el mejor de los casos, los agravan. Hay una ceguera en los personajes de estos libros, como de quien se dirige derecho a una pared; una falta de penetración para ver los efectos de sus acciones, de advertir la creciente inseguridad que ellos mismos provocan.

En estas historias vemos en un espejo oscuro aquello que hemos alcanzado sin desearlo siquiera, solo con nuestras propias acciones. Contrariando las ideas de Alberdi, el Estado ha crecido a expensas de lo privado y ha sido, como él predice, el botín de los vencedores. Y mientras tanto, uno contra el otro siempre, sin reglas comunes, aferrados a las prebendas y al propio interés, sin formar una verdadera comunidad. El nuestro ha sido, creo que en todos los sectores, un mundo de personas caprichosas, codiciosas, inteligentes e ineficaces, gente con defectos de carácter y gran egolatría que se propuso imponer a rajatabla sus ideas en vez de hacernos mirar más alto que ellos, que no buscaban persuadir y unir por nuestra Constitución. Así, acto a acto, las consecuencias más amplias de esa manera de ser nos hunden en el pantano que creamos. No una causa. Causas concurrentes, atravesadas por la corrupción, como cajas chinas atascadas.

En un país cuyos hombres de Estado y comentaristas políticos siempre ponderan a Maquiavelo como gran exponente del realismo salvaje -olvidando que viene de un mundo donde las cosas se resolvían de cualquier modo- buscamos una mayor cuota de visión benévola a corto y a largo plazo. Tal vez sea hora de recordar que toda acción trae un efecto. Tenemos que crear hechos que nos permitan recuperar la esperanza. Ser un poco médicos de nosotros mismos. El arrebato ególatra ya no sirve. Como dijo una vez Bioy Casares: la soberbia trae mala suerte.

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