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Bienestar

Vino de Venezuela con $200, trabajó como "arbolito" y se deprimió, pero la risa la salvó

Verónica De Martini
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11 de febrero de 2019  • 18:18

Lisbeth Rodríguez tiene 29 años, es de Venezuela, desde los 18 años que trabajó en radio y se dedicó a los medios de comunicación. Como tantos venezolanos tuvo que dejar su país, su familia, el trabajo y dar un salto a lo desconocido para empezar de cero acá en Buenos Aires con tan solo $200 en el bolsillo. Llegó con una amiga, tenían planes que rápidamente se derrumbaron en cuanto, a la primera situación de estrés, su amiga le dio la espalda.

Empezó a trabajar como arbolito en Florida, "aprendí de humildad, agradecimiento, valores y fuerza, constantemente tenía que lidiar con el ego que me atormentaba con preguntas ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿A esto vine? ¿Eres arbolito? En Venezuela eras.", recuerda Lisbeth. No era feliz, no quería dedicarse a gritar "cambiooo" por la calle y empezó a sentirse deprimida.

Recuerda que durante el descanso para el almuerzo lloraba, el estar parada nueve horas al frío del invierno le traía dolores musculares y en la rodilla. Llenaba su soledad con comida, "a veces sentía que si comía no lloraba y así lo fui tapando hasta tener fuertes dolores de cabeza, presión alta, arritmias y aumento de peso; me estaba torturando a mí misma" admite Lisbeth.

Afrontar la vida con la risa

Llegó un momento en que Lisbeth llegaba cansada a su casa y sin embargo no lograba conciliar el sueño, dormía y se levantaba llorando, no recuerda nunca haber llorado tanto ni había experimentado lo que es la soledad, quería desahogar su ira pero no podía gritar, ni siquiera tenía con quien hablar, así que golpeaba su almohada y se sentaba a escribir; si alguien le preguntaba algo respondía mal, "me sentía con falta de energía y sentía que este viaje había sido una mala decisión, me sentía inútil, no sabía hacer nada. No tenía dinero para pagar un psicólogo o psiquiatra, entonces consulté a una life coach y orientadora en conducta humana y facilitadora de círculo de mujeres, Kaira Nigmary, ella decidió ayudarme con sesiones online dos veces por semana y me hizo ver que había olvidado algo que venía haciendo desde Venezuela y era trabajar con la risa", explica Lisbeth.

Desde Venezuela que es instructora de Yoga de la Risa y decidió empezar a aplicar diez minutos de risa para hacer ese trabajo que no le gustaba con amor, se miraba al espejo cada mañana, sonreía y soltaba una carcajada con el "jajaja"; también inhalaba fuerte y al exhalar sacaba una exhalación con un gesto de risa en su cara; otro ejercicio era estirar su cuerpo subiendo las manos con "jejeje" y las bajaba con un "jijiji o aplaudía con dos "jojo" y dos "jaja".

"Lo hacía en el día o la noche, reía sin depender del humor, chiste o comedia, aplicaba cada ejercicio a mi situación y los cambios fueron sucediendo, la risa era mi analgésico natural. Sí tenía mis momentos de tristeza pero no eran tan fuertes como antes, me permitía sentir, llorar y después reír ejercitando el músculo de la risa llamado alma", relata Lisbeth que empezó a notar que muchas de las personas que pasaban caminando por la Av Florida también atravesaban una montaña rusa de emociones y decidió ayudarlos organizando clases de Yoga de la Risa en Buenos Aires.

Lisbeth lleva ocho meses en nuestro país y ahora no sonríe porque es feliz, es feliz porque sonríe.

La voz del especialista

La Lic. María Flores Arata es directora en Accresio y Líder Certificada en Yoga de la Risa. En este audio explica qué es el Yoga de la Risa.

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