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Instrucciones para leer al Gran Cronopio (O por qué seguir dando cuerda a Cortázar treinta y cinco años después)

Matías Néspolo
Matías Néspolo PARA LA NACION
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12 de febrero de 2019  • 13:18

Procure agenciarse un cómodo sillón orejero de terciopelo verde, el color es muy importante, y colóquelo de espaldas a la puerta de su estudio, para que no lo molesten. Si desde allí, orientado hacia el gran ventanal, no dispone de una buena vista de la Continuidad de los parques, no se preocupe porque es lo de menos. Antes de abrir ese perturbador objeto formado de pliegues de papel impreso cosidos entre sí, desabróchese la correa de su reloj y arrójelo con fuerza tan lejos como le sea posible. Así, ese diminuto picapedrero amarrado a su muñeca ya no podrá distraerle.

Ahora sólo le resta una cosa: diríjase al Winco que duerme en un rincón y ponga un viejo vinilo de Charlie Parker. Escuche el craqueo de la púa, tome asiento y respire. Justo antes de que lo asalten las dudas y se diga, como El perseguidor Johnny Carter, "esto ya lo leí mañana" o "esto lo voy a leer ayer" o algo por el estilo, abra el libro y sumérjase de cabeza, sin preconceptos ni ideas adquiridas.

Entonces verá cómo en el breve lapso tiempo de dos o tres minutos que median entre una estación de subte y otra se abre el misterio. Un misterio en el que puede que encontraría a la Maga, aunque usted no sea Oliveira, o quizás a un axolotl, porque sentirá que cruza a la otra orilla, como si atravesara el parisino Ponts des Arts. Y al otro lado, en las tierras de ese fugaz misterio llamado literatura, caben todos los juguetes de su infancia, las manchas de vino en el mantel, los rostros queridos y aborrecidos y su vida entera. Y entonces, ahora sí, congratúlese, usted ya es un Cronopio.

Estas recomendaciones, a la manera de las geniales piezas breves del "Manual de instrucciones", la primera parte de las Historias de cronopios y de famas -el libro "más travieso" de Julio Cortázar, según Mario Vargas Llosa, y puede que el más genuinamente provocador, pese a su aparente frívola levedad- no es sólo un homenaje al escritor argentino en el 35º aniversario de su muerte.

Es también una invitación a la lectura para las nuevas generaciones, para esos jóvenes lectores que aún no saben qué les depara cuentos como La autopista del sur o "La salud de los enfermos" -dos de mis preferidos, lo confieso, además de los mencionados arriba-, ambos reunidos en Todos los fuegos el fuego (1966). Considerado por muchos como el mejor libro de relatos del escritor con cara de niño, mucho antes de que se dejara crecer esa tupida barba cubana o sandinista, pero que ya se encontraba en plena madurez creativa. Y también una invitación a revisitarlo para esos jóvenes lectores y lectoras de más de 65, que en su momento deslomaron su ejemplar de Rayuela (1963) trasegándolo de arriba abajo por la endiablada "Bitácora", pero que aún no han perdido su capacidad de asombro ni su mirada de niño.

"Macanudo", dirá el fama, ese ser pequeñito, húmedo y peludo que, como negativo fotográfico del entrañable cronopio, está demasiado apegado a las convenciones sociales y al tedio cotidiano. "Macanudo", dirá imitando el registro coloquial del mismo Cortázar, "pero Rayuela ha envejecido mal y otro tanto sucede con su obra más experimental, extensa y ambiciosa como 62 Modelo para armar (1968) o el Libro de Manuel (1973)". De acuerdo, le respondería yo a ese aburrido y gris lector que aprieta siempre el dentífrico por el extremo inferior del pomo, pero no se trata de eso. Se trata de revindicar el profundo y liberador sentido lúdico de la literatura, como hizo el Gran Cronopio -léase Julio Cortázar-, a lomos del nonsense, del azar objetivo o del feroz y muchas veces corrosivo humor surrealista, para descubrir el misterio agazapado en cada uno de los pliegues de nuestra realidad cotidiana más prosaica. "Y cuál es la utilidad de ello", porfiará el fama. Pues ninguna, o el mero deleite y la fruición de lectura. O quizá justamente por eso, el sentido lúdico (o poético) sirva "para luchar contra el pragmatismo y la horrible tendencia a la consecución de fines útiles", como decía Cortázar en el travieso libro que he tomado de modelo.

Ese inútil y revulsivo sentido lúdico de la literatura (o de la vida) no solo nos revela la cara oculta de la luna en el pocillo de café, sino que también paradójicamente nos ayuda a vivir. El juego no es ninguna broma ni es una cosa de niños. Y creo sinceramente que donde mejor se conserva hoy, fresco y lozano como el primer día, el misterio que nos legó ese gran ludópata de las palabras llamado Julio Cortázar es en sus relatos cortos. Esas "cicatrices indelebles" que "respiraban" por sí solas como "criaturas vivientes" u "organismos completos" y que había que librarse de ellas escribiéndolas o leyéndolas "como quien se quita de encima una alimaña", tal y cómo teorizó en "Del cuento breve y sus alrededores", incluido en Último round (1969).

Y así llegamos al verdadero meollo de esta historia: ¿Por qué seguir leyendo a Cortázar a 35 años de su fallecimiento? Porque cuando a usted le regalan un reloj, le regalan también la necesidad perentoria de darle cuerda cada día, como una forma de conquistar su propio tiempo y de ganarle momentáneamente la partida a la muerte. Y porque, en realidad, es usted el regalado a ese mecanismo que se ata en la muñeca. Así, cuando usted lee un cuento de Cortázar, es en realidad el relato el que lo lee a usted. Y es el relato el que le da cuerda al misterio que lo mantiene vivo.

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