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Lo que esconde la rabia

Dolores Caviglia
Lo que esconde la rabia
Lo que esconde la rabia Crédito: Shutterstock
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13 de febrero de 2019  • 00:04

Una mujer está en el cumpleaños de una de sus mejores amigas. Viste un jean oscuro ancho y alto, para esconder sus piernas, para marcar su cintura. Va hacia la cocina, toma el jugo de naranjas de la heladera y se arma un trago, suave, dulce. Desde allí escucha. La que habla es una amiga de su amiga que no es su amiga. El tema de conversación es su billetera, gigante, brillante, pedante. Cuenta que es nueva, que le salió carísima, que no es lo único que compró en estos últimos días, que también tiene una especie de aspiradora que hace todo lo que ella no tiene ganas. Vive en un departamento de dos ambientes y gasta una pequeña fortuna en electrodomésticos. Eso piensa la mujer, que revuelve su bebida y hace cuentas en su mente y dice no, no podría, no gastaría tanto en objetos como esos. Piensa. Siente rabia.

La mujer está ahora en familia. Habla con un hombre que fue a un colegio católico y lo escucha decir que la virgen María quedó embaraza por un milagro de fe. La mujer insiste. Pregunta de nuevo y el hombre se muestra firme. Es un milagro de fe. Sí. María es un ser inmaculado. La mujer no para. El hombre tampoco. Es el poder de Dios. La mujer le dice que no. El hombre no claudica. Está casado, tiene hijos, un empleo importante, un título universitario y sin embargo cree y la mujer no puede, no entiende. Vuelve a sentir la rabia. La misma.

La mujer está en una cena con amigos de la infancia. Escucha a uno de ellos, pasar cómodo, vacaciones en lugares preciosos, trabajador en una empresa, contar una anécdota sobre uno de sus compañeros en la firma y pronunciar frases como "mi empleado", "yo los dejo", "yo les permito", "yo les pago". La mujer se indigna. La ira la toma. Es un ungüento negro que sube desde sus pies, como si viniera de las tripas de la Tierra, como si naciera en los infiernos y cruzara los kilómetros para llegar a ella, solo a ella, la rabia del mundo en su sangre, que se arrastra espesa, lenta, que le llega a la cabeza, le confunde la vista, le seca la voz.

Quiere gritar pero no lo hace. Sabe que no debe. No puede. Lo que tiene, lo que siente, se lo queda. Lo bien que hace.

En su casa, la mujer piensa y recuerda. Recuerda que nunca consigue comprar algo, lo que sea, un bolso, un par de zapatos, una entrada para un recital, sin pensar en que con esa plata podría estar haciendo algo por un otro que necesita. También, que hay noches de angustia, de llanto, en las que le gustaría creer en algo, en alguien, para no sentir el peso, tan real, tan cruel, del desamparo. También, que jamás tuvo un cargo con autoridad en ningún trabajo.

Recuerda y fuma. Fuma un cigarrillo en su balcón mientras bebe una taza de café con leche de almendras. Quiere dejar de tomar leche de vaca porque aunque le parezca rica no entiende por qué le haría bien si proviene de un animal que pesa toneladas. Traga el líquido con fuerza. Traga su bronca. Ella misma. Contra ella misma.

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