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La caldera más grande del mundo

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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13 de febrero de 2019  

Phil Plait, también conocido como The Bad Astronomer, es uno de los sujetos más lúcidos, simpáticos y comunicativos de la ciencia contemporánea. Es astrónomo, por supuesto, y defensor del escepticismo como método. Sigo desde hace mucho su cuenta en Instagram ( @thebadastronomer), donde se presenta como hombre de ciencia y pastor de cabras. Sí, tiene cabras (cuatro, creo), que a menudo son protagonistas de sus posteos.

Aunque no nos conocemos, tenemos con Phil varias cosas en común: el cielo nocturno y el diurno (suele publicar instructivas fotos sobre nubes), la admiración por toda suerte de seres vivientes y la obsesión por la eficiencia energética. Entre sus temas favoritos está la imagen del monitor de sus paneles solares, que incluso en invierno, si hay sol, no solo suministran energía a su hogar, sino que el sobrante vuelve a la red eléctrica.

Se empieza a hablar ahora en la Argentina de la posibilidad de que un usuario pueda retornar la electricidad que le sobra. En todo caso, es urgente que nos volvamos más eficientes con la energía. Ya derrochamos bastante. Ya hicimos mucho daño. El mundo que podríamos estar dejándoles a nuestros hijos es uno de pesadilla, si no hacemos algo concreto. La parte en la que había que tomar conciencia ya pasó. Es hora de invertir tiempo y dinero (si está a nuestro alcance) en volvernos más eficientes. Suena a quijotada. No lo es. Y contaré esta historia porque no dejo de ver caras de estupor cuando mis amigos la escuchan.

Empezó hace dos años, cuando estábamos por mudarnos a la casa nueva. Todavía no nos habían conectado el gas, y no podíamos saber si ese procedimiento demoraría una semana o un mes. Cuando la mudanza era inminente y empezaba a evaluar la posibilidad de comprar un calefón eléctrico, tuve una revelación. Caminaba por el que pronto sería mi jardín cuando observé algo obvio, pero en lo que no había reparado antes. Había una cantidad prodigiosa de luz. Sin edificios, en una zona casi rural de cielos diáfanos, había -¿cómo explicarlo?- demasiado sol. ¿No podría aprovecharse eso para calentar agua?

Por supuesto, alguien ya lo había pensado. Hay de varias clases, pero se los conoce genéricamente como termotanques solares. No podía estar seguro de que las especificaciones del fabricante fueran veraces y no conocía a nadie que tuviera uno. Pero con mis neuronas ecologistas alentándome a apostar por todo ese sol, lo compré y lo hice instalar. Tuve que aprender unas cuantas lecciones, pero antes de mudarnos había más agua caliente de la que necesitábamos. De hecho, demasiado caliente; hay que mezclarla con agua fría para no terminar escaldado.

Por obvias razones, son más caros que los calefones eléctricos, pero los precios en la Argentina son una cuestión de fechas. Cuando el costo del gas empezó a subir, hice algunos números y calculo que ya amorticé aquella inversión hace rato. Nadie me cree lo que nos viene de gas. Volvamos al sol.

Está ahí, y se supone que seguirá ahí durante otros 5000 millones de años. En casa, en septiembre se apaga la caldera y solo hará falta volver a encenderla a fines de mayo o si deviene una de esas semanas encapotadas de otoño. Déjenme confesarles que, aparte de la ecología y el ahorro, hay un cierto placer en no estar desperdiciando toda esa energía preciosa. Tengo algo personal contra el desperdicio, lo admito.

No obstante, como toda máquina, estos equipos necesitan mantenimiento. Algunas revisiones deben hacerse cada tres meses. Otras son anuales. Algunos componentes requieren reemplazos. No todos pueden usarse con bombas presurizadoras. Etcétera. De modo que no se trata de un artilugio mágico ni mucho menos. Además, me llevó bastante ensayo y error tomarle la mano para que casi no se note que el agua en casa es caldeada por una estrella a 150 millones de kilómetros de mi jardín. Cosa que, ahora que lo pienso, no deja de ser mágica. (Perdón, Phil).

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