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Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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13 de febrero de 2019  

El español Manuel Balenzuela fue condenado en 1787 a diez años de prisión, más una probation solo posible en aquella época menos contemplativa que esta: otra década de trabajo para el Estado, pero sin percibir paga alguna. Fue el precio que se le impuso por haber asesinado en riña al indio Josef Aruyay y, luego, haberse dado a la fuga. Cuando lo capturaron, el reo pidió la conmutación de la pena. El fiscal del crimen, previendo un nuevo escape, resolvió enviarlo a la prisión de las islas Malvinas, bastante peor que la de Ushuaia.

La historia aparece en La defensa del pobre en la colonia rioplatense, publicación de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires, bajo idea y dirección del ministro decano Mario Negri, cuando era titular de ese cuerpo. El abogado Roberto Núñez, que investigó documentos de la época, concluyó que no se le pudo hacer justicia a la víctima. Antes de ser embarcado hacia el sur, Balenzuela evaluó las complicaciones que le imponía el nuevo destino y, antes de que fuera tarde, con otros reos de la Real Cárcel de Buenos Aires, lo volvió a hacer: se esfumó.

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