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¿Quién cuida al jugador?

Ezequiel Fernández Moores
Fuente: Reuters - Crédito: Stephane Mahe
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13 de febrero de 2019  • 00:44

A Emiliano Sala lo lloraron todos. Hubo minutos de silencio y brazaletes negros en ligas de Francia, Inglaterra y Argentina. Ayer en la Champions. Le dedicaron goles hasta jugadores de la liga turca. Cracks de todo el mundo aportaron dinero para que siguiera la búqueda. Federaciones y sindicatos. Nantes, su último club, levantó un santuario. Colgó la camiseta en un arco. Dedicó coreografía y camisetas especiales con su apellido. Retiró la número 9. Al minuto 9 detuvo el partido para un nuevo aplauso. En Cardiff, club que lo compró, lo lloró hasta Neil Warnock. Es uno de los directores técnicos más duros del fútbol británico. "Cuando me muera", pidió una vez, "quiero que las hinchadas rivales me recuerden con un minuto de insultos y no de silencio". Confesó ahora que vivió la semana más difícil en sus cuarenta años de carrera. "Emiliano", dijo un hincha de Cardiff, "será recordado como nuestro mejor jugador que jamás tuvimos". Pero cuando el cuerpo de Sala todavía no había sido siquiera encontrado en el Canal de la Mancha, la batalla económica ya había estallado.

"Uno siente que el relato de la moral del fútbol que se esconde detrás de este terrible incidente apenas está comenzando". Oliver Brown, jefe de Deportes del Daily Telegraph, celebró los homenajes, "emotivos y elegantes", pero se interrogó sobre si fue adecuado que Nantes exigiera saber dónde estaba su "pedazo de pastel" cuanto todavía se buscaba a Emiliano. Cuestionó entonces que los propios clubes hablaran de Sala como "familia" cuando "era solo un producto para ser comercializado", un "peón más en el tablero de ajedrez". "¿Era tan irrazonable pensar, al menos, que [los clubes] podrían haberse abstenido de hablar de dinero antes de que apareciera el cuerpo de Sala?", se preguntó Daniel Taylor en The Guardian, al sugerir que el propio Cardiff filtró a la BBC la demanda de Nantes. "¿Para qué decirlo cuando era obvio que crearía un hedor terrible?". Taylor habla de hasta cinco intermediarios que aparecieron en escena apenas Sala fue puesto en venta. "Perros, gusanos y parásitos", describió una vez a los agentes el exjugador y DT irlandés Joe Kinnear. Newcastle decidió años atrás "no tratar más con un animal así". Hablaba de Willie McKay, agente clave en la operación de Sala. Es el que admitió que mintió diciéndole a la prensa que había clubes ingleses interesados en Emiliano. Es el señalado como responsable de la contratación del avión polémico. El que le escribió a Emiliano "no hay sentimientos, solo estamos haciendo negocios".

Imposible olvidar a Chapecoense. La tragedia de 71 muertos (entre ellos, 19 jugadores) del 28 de noviembre de 2016, en viaje para la final de ida de Copa Sudamericana, cuando el avión cayó en las montañas de Medellín. Atlético Nacional logró que la Conmebol declarara campeón al humilde equipo brasileño. Cien mil hinchas colombianos desbordaron el Atanasio Girardot para homenajearlo en la noche en que se debía jugar la final. Los equipos más poderosos de Brasil pidieron protegerlo de un eventual descenso. A la despedida final bajo la lluvia en el Arena Condá fue hasta el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y envió un mensaje el papa Francisco. "Fuerza, Chape", decían las canchas de todo el mundo. Pasaron dos años. Quebró LaMia, la compañía boliviana que se jactaba de ser "la transportadora oficial de la Copa Sudamericana". Los familiares que se niegan a la indemnización de 225.000 dólares por víctima ofrecidos por la aseguradora denunciaron "una cadena de negligencias" de las aviaciones civiles de Brasil, Colombia y Bolivia. Disputas políticas frustraron el monumento prometido en la zona de la tragedia. Quebró también el museo que guardaba los objetos recuperados. Chapecoense se salvó de descender en la fecha final del último Brasileirão.

La tragedia fue recordada en estos días en Brasil por el incendio del viernes pasado que mató a diez pibes futbolistas de Flamengo que dormían en la concentración Ninho do Urubu. Un aparato de aire acondicionado entró en cortocircuito. El guardia Benedito Ferreira rompió una ventana y salvó a tres chicos. Otros diez no pudieron salir de los contenedores que servían de alojamiento y cuya estructura había sido objeto de 31 advertencias de la Prefectura. "¿Qué niño brasileño no soñaba con estar en Ninho do Urubu?", se preguntó el tío de Arthur Vinicius, cuyo sobrino se había quedado a dormir para celebrar con sus compañeros su cumpleaños número 15. "¿Cómo puede Flamengo permitir que los niños duerman en contenedores?", se indignó el tío del arquero Christian Esmerio, también fallecido. "¿Quién debería cuidar de nosotros?", preguntó llorando otro familiar. Antropología Forense identificó los cadáveres a partir de los esqueletos. Un CEO de Flamengo argumentó cortes de luz. Por allí pasaron en los últimos años Vinicius, vendido a Real Madrid por 45 millones de euros; Lucas Paqueta, comprado por Milan por 35 millones, y Lincoln, pibe del sub 20 con cláusula de rescisión de 60 millones. "El jugador", escribió Eduardo Galeano, "corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina".

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