Suscriptor digital

Carencias y defectos del Gobierno

Joaquín Morales Solá
(0)
25 de junio de 2000  

LOS senadores peronistas (los únicos dirigentes de ese partido en condiciones de postrar a la administración) se divierten aún después de haber disparado la primera gran crisis política y económica del gobierno aliancista.

No es poco lo que ya han hecho: los inversores internacionales seguirán renuentes con la famélica Argentina, por lo menos hasta que la Cámara de Diputados deje sin efecto las resoluciones senatoriales, y los jueces comenzaron a neutralizar el ajuste, usando el respaldo político de aquellas decisiones del Senado.

Sin embargo, esas resoluciones de pasmo no debieron sorprender a nadie: estaban en el Senado desde hacía más de una semana. Nadie habló con los senadores peronistas antes de que éstos activaran la espoleta en medio del arsenal.

El caso ha desnudado una de las mayores singularidades del gobierno aliancista: carece de una eficiente gestión política, para tornar previsible a su oposición o para concretar en los hechos sus anuncios de nuevas y decisivas inversiones.

En este último caso, las posiciones divergentes sobre las cuestiones más significativas de la administración (que hace tres días llevaron a un ministro a escribir su renuncia) terminan por convertirse en una trampa para la aptitud misma del Gobierno.

El viernes, la crema y nata del empresariado se reunió con De la Rúa y lo halagó hasta empalagar. Pero le hizo notar dos fallas: una es la demora en la gestión y la otra es la de la comunicación. Tienen cero en comunicación, le comentó uno de los empresarios.

Vale la pena detenerse en otro caso. Hace poco, una funcionaria de Washington, sentada frente a un funcionario nacional, golpeó sobre esas contradicciones: Leo declaraciones de ministros argentinos y veo que algunos están a favor de cielos abiertos, otros en contra, y están además los que hablan de "cielos entornados". Necesito saber si están a favor o en contra: sí o no, espoleó sobre el mudo político argentino. El estilo y el espíritu cavilantes de Fernando de la Rúa le permiten una tolerancia demasiada laxa con las posiciones encontradas de sus funcionarios. Pero esas discordias ponen en juego, después de cierta frontera, su gobierno y su destino de presidente.

Si se vuelve la mirada sobre la pobre gestión política, la primera pregunta debe averiguar si ya han fracasado Federico Storani como ministro del Interior o Rodolfo Terragno como jefe del Gabinete.

Pero la primera respuesta dice que no pueden haber éxitos ni derrotas para batallas no libradas. Ninguno de ellos cuenta -ni contó- con márgenes políticos suficientes como para gestionar la difícil política argentina.

El Presidente usa el método de la rienda corta con sus ministros. Tiene un concepto obsesivo y abrasivo de la administración; todo pasa por él y es él mismo quien continúa con todo. La historia señala, no obstante, que los presidentes abren y cierran los acuerdos, pero no son ellos los que se calcinan al sol para acomodar ladrillo sobre ladrillo.

Dirigentes opositores que suelen reunirse con el mandatario relatan que, una vez acordadas las grandes líneas de un tema, al final le preguntan al Presidente con quién deben seguir tratando el asunto. Conmigo, responde invariablemente.

Así las cosas, ningún ministro se anima a avanzar un centímetro más allá del muy amplio espacio por donde ronda la obstinación presidencial.

Carlos Ruckauf le aconsejó hace poco a De la Rúa que hiciera trabajar a sus ministros. Todas tus decisiones estratégicas han sido acertadas, pero hubo serios errores tácticos, le deslizó en una reunión a solas en la residencia de Olivos.

Storani le planteó que el diálogo político (condenado a no tener otro destino que no sea el de crear una imagen de distensión) debía centralizarse en un funcionario con más poder que el que tiene cualquiera de los ministros. Ambos estaban reclamando lo mismo.

La andanada última de los senadores peronistas pudo detenerse. El radical José Genoud, presidente provisional del cuerpo, se había comprometido ante el peronismo a organizar una reunión de legisladores de ambas bancadas con el jefe de asesores de Machinea, Pablo Guerchunof, para buscarle una solución a los jubilados provinciales afectados por el ajuste. Genoud no volvió nunca de esa gestión presunta.

El senador Jorge Yoma (presidente de la poderosa Comisión de Asuntos Constitucionales) no es un senador más; es reconocido hasta por sus adversarios como un político inteligente, con inagotable capacidad para dañar a sus adversarios.

De la Rúa lo desafió, pero no lo sabía. Hace poco se reunió con los senadores riojanos Raúl Galván y Eduardo Menem y con el gobernador de esa provincia, Maza, para resolver problemas de La Rioja. Yoma es el tercer senador por esa provincia y un adversario acérrimo de Eduardo Menem y del gobernador; fue el único senador excluido de esa reunión.

Cuando se enteró del encuentro (que en La Rioja se difundió menos que la ausencia de Yoma) salió disparado a conspirar con otro viejo adversario suyo, Augusto Alasino, presidente del bloque.

El ex presidente Menem tuvo una participación confirmada en las conflictivas resoluciones del Senado. Yoma lo consultó cuando se aprestaba a votar la caída del ajuste. La respuesta clásica: Déle para adelante. Tienen todo mi apoyo, empujó Menem, pocas horas después de enterarse de que Víctor Alderete daría con sus huesos en la cárcel.

Todo vuelve. El actual jefe de la Auditoría General de la Nación, Rodolfo Barra, -que visitó el Senado en estos días-, antiguo asesor de Yoma, habría aconsejado la interpretación constitucional de que el ajuste ya fue anulado con la sola decisión del Senado, tesis que han hecho suya los diputados peronistas.

Es la segunda vez que De la Rúa tropieza con la misma piedra: cuando estaba por asumir la jefatura del Gobierno de la Ciudad, Yoma le trabó, mediante el dictamen de una comisión legislativa, un crédito por 500 millones de dólares. De la Rúa amenazó con no asumir en la Capital y el entonces presidente Menem debió destrabar la cuestión.

La carencia de una estrategia política multiplica la política sin estrategia. El gobernador de Entre Ríos, el radical Sergio Montiel, apostó a la continuidad de Alasino como senador nacional peronista por su provincia en lugar de Jorge Busti, un ex gobernador que concita respeto entre propios y extraños. Alasino tampoco es un senador más: preside ese bloque desde hace muchos años y lideró la última conjura.

Hay contactos, pero no hay dirección. Incluso, habrían existido favores personales de envergadura a los senadores peronistas -para sorpresa de algunos-, después de que estos aprobaran la reforma laboral; esas concesiones fueron conversadas y entregadas por dos hombres prominentes del gobierno nacional. La puerta que se abrió es un precedente arriesgado, en el que el intercambio de favores reemplazaría a la política.

¿Qué línea prevalece? ¿La de aquellos favores a cambio del voto para una ley o la del vicepresidente Carlos Alvarez, que viene denunciado a los senadores peronistas y a la corporación senatorial por el uso que ésta hizo de los recursos de la Cámara? Alvarez hará pública la lista de empleados del Senado, un secreto guardado hasta ahora como si fueran claves nucleares.

Puede que se haya cumplido la vieja profecía y que el peronismo carezca de interlocutores. Puede, aunque el peronismo está en condiciones de responderle al Gobierno que entre ellos nada se deben: el problema es de los dos.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?