Diario de una exitosa gestión ante el FMI

La negociación de Bruno Quijano, en 1972, con el gobierno de Nixon
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22 de septiembre de 2002  

El 2 de febrero de 1972, el ministro de Justicia Ismael Bruno Quijano viajó a Washington por disposición del presidente Alejandro Lanusse con la misión de destrabar varias gestiones ante los organismos internacionales, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, más la banca privada, además del otorgamiento de un crédito por parte del Fondo por la suma de mil millones de dólares de entonces, ya que tales gestiones no habían tenido hasta el momento éxito alguno.

Con buen criterio, Lanusse comprendió que agotadas las gestiones económicas había que intentar la vía política, por lo cual designó a quien consideraba el operador más adecuado para el caso. Yo, en ese entonces consejero del Servicio Exterior, era parte del gabinete del canciller Luis María de Pablo Pardo, como asesor de prensa, pero atendiendo a un especial pedido de Bruno Quijano había sido incorporado temporalmente como asesor a su propio gabinete, lo que me permitió, en tal carácter, ser su único acompañante en dicha misión.

Dadas las dificultades que hemos venido teniendo en las negociaciones con el FMI, más allá de las diferencias que median entre la situación económica de 1972 y la actual, no deja de ser instructivo describir una gestión de tal naturaleza porque con ella queda demostrado que es insoslayable -como prioridad absoluta- plantear ante el gobierno de Estados Unidos los fundamentos políticos de la negociación que se esté llevando adelante con los organismos de crédito, ya que es absurdo tratar de ignorar el grado de influencia de ese país en sus decisiones.

Por eso me voy a permitir resumidamente describir todos los pasos de lo que fue aquella gestión.

Jueves 3 de febrero, a las 17

El ministro Bruno Quijano se entrevistó con el subsecretario de Asuntos Hemisféricos Charles Meyer, en compañía del embajador Carlos Muñiz, que llevaba muy poco tiempo en Washington, lo que motivó que Lanusse, para evitar su desgaste apenas iniciada su misión, no lo hiciera jugar en este asunto un papel principal.

Meyer recibió a Bruno Quijano con singular cortesía, recordando con afecto, Buenos Aires. Por su parte, de modo claro, categórico y enérgico, Bruno Quijano le manifestó en tono de formal protesta el desagrado del gobierno argentino por la demora de la Casa Blanca en responder a un pedido de comunicación telefónica entre los presidentes Lanusse y Nixon.

Seguidamente, y a modo de contraste, Bruno Quijano hizo referencia a la inmediata atención por parte de Lanusse al pedido de Nixon para que la Argentina acompañara con su voto en la ONU la posición norteamericana en el problema de China. Sin solución de continuidad, Bruno Quijano enmarcó la conversación en el tema de fondo, que era confirmar el proceso de institucionalización del país. Ya dentro de ese contexto, y sin más, Bruno Quijano solicitó el urgente apoyo de los funcionarios norteamericanos ante los organismos de crédito y también ante la banca privada para que facilitaran las gestiones comenzadas sin éxito por el presidente del Banco Central Carlos Brignone. Este ya le había hecho saber a Bruno Quijano que los norteamericanos se oponían al paquete de medidas económicas adoptadas por el gobierno argentino y que, además, no auspiciaban el plan de créditos solicitados.

Meyer prometió tomar personal e inmediata intervención, expresando sus disculpas en forma amplia. Aun así, Bruno Quijano decidió recurrir a todos los medios a su alcance con el fin de sacudir la burocracia del Departamento de Estado. Fue entonces cuando yo le aconsejé que tomáramos contacto con nuestro amigo Alejandro Orfila, que vivía en Washington, por su predicamento en los círculos de poder. La respuesta de Orfila fue inmediata, y su colaboración, amplísima, generosa y eficaz.

Viernes 4 de febrero, a las 11

A esa hora, Bruno Quijano se entrevistó con el secretario de Justicia John Mitchell. Allí, nuestro ministro desarrolló el esquema político para institucionalizar el país. Asimismo, le entregó copia del decreto que creaba una comisión encargada de planificar la lucha contra las drogas y le adelantó que estábamos estudiando una ley federal de represión en la materia, similar a la de Estados Unidos Como Mitchell, además de amigo personal de Nixon, fue el manager de su campaña presidencial y pensaba renunciar prontamente a sus funciones para encargarse de la polémica campaña de reelección, Bruno Quijano decidió ahondar en el tema del esquema político y le manifestó la preocupación de que hasta ese momento no se hubiera evidenciado la buena voluntad del gobierno norteamericano hacia la Argentina, ni el cumplimiento de lo expresado en las conversaciones por él mantenidas en septiembre de 1971 con Henry Kissinger, que le había prometido la más amplia ayuda.

Mitchell reaccionó de inmediato y le manifestó que enseguida se comunicaría con Nixon. Poco rato después se recibió en nuestra embajada la confirmación de que la postergada llamada de los presidentes quedaba concertada para el lunes, a las 15.

Ese viernes, a pedido del presidente del Eximbank Henry Kearns, Bruno Quijano lo visitó. Kearns manifestó su preocupación por la suerte que correrían los créditos del Eximbank contra Swift. Por su parte, Bruno Quijano le garantizó a Kearns que no estaba dentro de la política del gobierno la idea de estatizar empresas. Kearns se mostró satisfecho y ofreció firmar un convenio por 100 millones de dólares esa misma tarde. Y ese mismo viernes a última hora se le informó a Brignone, todavía en Nueva York, que el Fondo Monetario había otorgado "luz verde" a las negociaciones con el apoyo de los representantes norteamericanos ante ese organismo. Ya en ese momento se advertía que los mecanismos de decisión del gobierno norteamericano habían comenzado a funcionar nuestro favor.

Lunes 7 de febrero, a las 17.30

Gracias a la gestión de Orfila y de su amigo William Safire, Bruno Quijano se entrevistó con Kissinger, que le pidió disculpas por la demora en fijar la audiencia y justificó tal hecho en razón de estar abrumado de trabajo por el viaje de Nixon a China.

La reunión fue extremadamente cordial, como deseando disimular la postergación. Bruno Quijano le agradeció el apoyo que ya había comenzado a prestarse por parte de su gobierno y le reiteró la voluntad de proseguir con el proceso de institucionalización democrática que le había explicado en septiembre. También le solicitó su apoyo ante los bancos privados, a lo cual Kissinger contestó que de inmediato se pondría en contacto con el secretario del Tesoro, John Connally, para que se brindara el apoyo solicitado (éste era el gobernador texano que acompañaba a Kennedy cuando se produjo su asesinato).

El mismo día, Bruno Quijano consideró conveniente tomar contacto personalmente con Connally, con el fin de instar al Departamento del Tesoro a apoyar a la misión de nuestro país.

Martes 8 de febrero

Por la mañana, Bruno Quijano habló por teléfono con el First National City Bank para concertar con su directorio una reunión en Nueva York. Entonces se le informó que, el lunes por la noche, Connally ya había hablado por teléfono con David Rockefeller, presidente del Chase Manhattan Bank, para solicitar su apoyo a la gestión argentina. Es decir, que Kissinger ya se había manifestado y que los niveles de decisión del gobierno norteamericano habían entrado a funcionar en forma rápida y eficaz.

Miércoles 9 de febrero

La entrevista con Connally tuvo un tono marcadamente cordial. En primer lugar, Bruno Quijano le agradeció su apoyo haciéndole conocer que sabía de su gestión ante Rockefeller. Y luego le aseguró a él también la decisión argentina de hacer efectivo el proceso de institucionalización democrática. Después de escucharlo con atención, Connally le expresó su preocupación por la posible peronización de este proceso y por la gravitación de Perón en el mismo. Al respecto, Bruno Quijano le dijo que no había peligro de que ello ocurriera (!) pues el gobierno estaba tomando los recaudos necesarios para evitarlo (gestiones ante Francisco Franco).

De inmediato, Connally contó que el día anterior había estado conversando con Nixon sobre la Argentina, recordando la estupenda situación económica de nuestro país hasta la Segunda Guerra Mundial y la dificultad de entender qué había ocurrido luego para que la Argentina se paralizara en su progreso y dejara de crecer con el ritmo que todos esperaban de ella.

Connally seguidamente manifestó su confianza, como también la del presidente Nixon, de que la Argentina lograse todos los objetivos expuestos, no sólo por su propio bien sino, además en beneficio de América latina e incluso de los Estados Unidos. Luego, la conversación cobró un tono muy afectuoso por la expresión de Connally acerca de sus sentimientos por la Argentina, como hombre de campo y ganadero.

Tras una semana de conversaciones, las gestiones finalizaban satisfactoriamente. Ya en Nueva York, terminadas todas las entrevistas, Bruno Quijano recibió en el Metropolitan Club un llamado de Aristóteles Onassis, de quien era abogado, para invitarlo a su isla Skorpios, poniendo para ello un avión a su disposición, pero nuestro ministro agradeció y declinó la invitación porque quería volver inmediatamente a Buenos Aires y comunicar personalmente a Lanusse el éxito de su misión.

El autor es diplomático, escritor y periodista. Su último libro publicado es Rayuela diplomática

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