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El pasado industrial de Palermo

Cartografía de una zona que representaba el modelo agroexportador
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6 de octubre de 2002  

Así como las ruinas de civilizaciones pasadas abren sus secretos a los ojos de los arqueólogos, la "textura" de las actuales ciudades nos habla de los sucesivos modelos productivos que las construyeron. A mediados del siglo XIX, el ahora escondido arroyo Maldonado cruzaba Palermo, que todavía no era viejo, y brindaba su humedad a numerosas quintas. Unos años después, al filo de 1900, el ferrocarril comenzó su tarea de conexión y demarcación. En Palermo, como pasaría en todo el país, las vías sembraron estaciones. Unieron. Pero sus terraplenes también demarcaron. Así, el barrio, además del Maldonado tuvo su triángulo férreo: al Sur los viaductos del Pacífico -hoy San Martín-, al Nordeste, el Central Argentino -Mitre-, y uniéndolos una vía muerta que iba de Chacarita a Colegiales.

El ferrocarril, durante muchos años, fue el sistema circulatorio que dio vida al modelo agroexportador argentino. Dio, entre otras cosas,con la Primera Guerra Mundial, la estructura para que naciesen los cultivos industriales. Así, en el Nordeste creció el algodón y, por propiedad transitiva,habilitó una incipiente industria textil en la Capital Federal. Esto se acrecentó con la crisis del treinta y su consiguiente protección aduanera.

En el lado norte de Palermo y Colegiales, se alzó la Manufactura Algodonera Argentina. La Algodonera, como se la conoce, nació a comienzos de los años veinte "alimentada con fardos de algodón traídos por una vía propia que pasaba por la playa de maniobras hacia dos grandes galpones que estaban sobre Niceto Vega", contó a LA NACION Jorge Boullosa, de la Junta de Estudios Históricos de Chacarita y Colegiales.

Torcuato Di Tella, en un antiguo trabajo, ubica a la enorme Algodonera en el límite de una zona donde abundaban las textiles medianas y chicas, "ampliamente ligadas al ambiente barrial con mezcla residencial de clase obrera y clase media". La capacidad productiva de la Algodonera, que aún ocupa una manzana en Córdoba y Concepción Arenal, la colocaba entre las más importantes del país. En plena producción, sus telares consumían 7000 toneladas de algodón que eran convertidas en innumerables productos por casi 4000 operarios. A comienzos de 1930, con 16 años, Oscar Antonelli fue a trabajar a la textil. No sólo estudio y empleo, el barrio también le acuñó amores. Su novia, y actual mujer, trabajaba en la fábrica de medias Reina Cristina, que estaba en el centro del triángulo barrial -donde hoy está América TV-. El "sábado inglés" lo pasaba en el club que la Algodonera tenía en la terraza. Recuerda haber compartido la pileta de natación con el hijo menor de los Bemberg, que en los cuarenta compraron la fábrica. El recuerdo habla de la relación paternalista que solía unir a patrones y obreros. Terminada la tarea, esto se llevaba en la piel y también conformaba el afuera: el ser vecinos.

En 1921, un ramal del Central Argentino (Mitre) y la mencionada vía muerta que lo unía con el del Pacífico (San Martín) dieron origen a otra fábrica: el Molino Minetti. El ferrocarril traía los granos de la pampa y el molino los trocaba en harina. Los enormes silos se levantaban por sobre el verde de las muchas manzanas de la playa de maniobras del ferrocarril. Evaristo Lezcano entró a trabajar allí en 1947. Hasta 1969 fue una de las 200 personas que, en tres turnos diarios, movían sus pesadas ruedas. "Por toda la zona crecían fondines para darnos de comer a nosotros y a los changarines del mercado frutihortícola de Dorrego", contó.

El molino era imán para emprendimientos afines: sobre Honduras, a una cuadra, Debernardis tenía el galpón para los carros que llevaban la harina al puerto -hoy son garajes de Cablevisión- y enfrente, sobre Dorrego, estaba la fábrica de fideos Letizia.

En el otro extremo del triángulo barrial, ya bien en Palermo, las vías del ex ferrocarril San Martín, ante el aumento de la población y del consumo de vino de mesa -se almorzaba en la casa- fueron el conducto para los vinos de Cuyo. Y con ellos, las fraccionadoras.

El hecho de que los envases fuesen retornables -de vidrio- hacía que el costo del transporte descolocase al fraccionamiento en origen. En los años sesenta, el 90 por ciento de los 90 litros de vino que cada uno de los argentinos consumía por año se fraccionaba en las ciudades.

Así, sobre Juan B. Justo surgió una docena de fraccionadoras que trajeron un movimiento incesante. A los camiones cuyanos se sumaban los de reparto minorista. "Sólo de Peñaflor salían 300 camiones repartidores por día", contó Lito Narmona, recordando su tarea de esos años.

Tres fábricas, tres hombres, un factor común: la comunidad laboral continua en el barrio. Esto salva el particularismo y confirma la hipótesis: en Palermo-Colegiales, el modelo agroexportador y, más tarde, la inclusión social nacida en los años cuarenta, conformó un tipo de barrio y, con él, un tipo de hombre. El vecino, liso y llano.

El modelo de industrialización, iniciado en los años treinta se profundizó en la década siguiente, con la llegada de Perón. No sólo eso, las relaciones paternalistas, ejemplificadas en la Algodonera, se extendieron a la política. Fueron los descamisados, el pueblo, quienes quedaron cementados en la relación de amor y odio con su líder. Ahora los trenes trajeron a las gentes del interior, atraídas por ese modelo inclusivo. Así, las ciudades mostraron las marcas de la pobreza esperanzada: las villas. El triángulo barrial tuvo la suya: la de Colegiales, la Nº 30, que llegó a tener 10.000 vecinos. Se asentó en la playa de maniobras del estatizado ferrocarril Mitre. Con un trabajo de hormigas, esos brazos rellenaron los terrenos bajos del playón y comenzaron a llenar de vida ese espejo verde que discontinuaba el barrio.

En los setenta desaparecen muchas cosas. Desaparece la búsqueda de la industrialización. Así, entre la dictadura y la continuación reciclada del paternalismo llegado con Menem, labraron el actual modelo aperturista. La villa de Colegiales fue levantada en los setenta. Donde estaban sus casillas, los alambrados hoy demarcan universidades privadas, una unidad de transferencia y un club del Ceamse y una transformadora de electricidad. En los trenes, ahora privados, ya no se habla de mercancías. Dos de las fábricas -la Algodonera y los silos de Minetti- se han reciclado en exclusivos loft . Y, donde hubo vino, hay canchitas de fútbol.

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