Rodrigo eleva las acciones de un cementerio

En Las Praderas revalorizan las parcelas que rodean su tumba
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2 de julio de 2000  

Como muerto, El Potro Rodrigo es uno entre los más de 5000 que actualmente alberga el cementerio privado Las Praderas, en Monte Grande. Y uno de tantos, rutinario e insignificante como cualquiera tocado por Thanatos, entre los tal vez medio millón a un millón de muertos que yacen enterrados en los 1500 cementerios que la empresa Stewart Argentina, con sede central en los Estados Unidos, posee en el mundo.

En el depósito donde hasta mañana o, tal vez, pasado mañana seguirá estando el contenedor de plástico de color caoba reforzado con hierro, en cuyo interior yace el ataúd de Rodrigo Bueno, de 27 años, muerto hace una semana en la autopista Buenos Aires-La Plata, hay apartados, en espera, otros cinco féretros.

"En nuestro país hay cinco cementerios y cien funerarias", dice Daniel Devila, gerente y coordinador de parques y crematorios del grupo, con 20 años de ejercicio en el mercado de la muerte. "Al crematorio entran 200 ataúdes mensuales. En ese lapso, hay aquí 150 entierros." Y hace una precisión: "Las urnas se las lleva el cliente" ¿Dónde?, se le pregunta. "A su casa. La guardan en un mueble, la tiran al río o la entierran en el jardín. La verdad es que no sé qué hacen con las cenizas." Como un detalle de la promoción se especifica que el crematorio tiene hornos individuales. Delicadeza que povee a los deudos de la seguridad de que las cenizas no serán mezcladas con otras.

¿Esta muerte es distinta? "Para nosotros -responde Devila- todos los muertos son iguales." Ultimamente, las gentiles promotoras de las cocherías ligadas con el parque intensifican sus argumentos de venta con la mención de la inminente tumba del cantante. Hay antiguos clientes a los que se contacta para ofrecerles residencia en Las Praderas, "el cementerio de Rodrigo". Hay quienes, incluso, aseguran que el precio sube conforme la distancia de la parcela de lugar donde vaya a ser enterrado el cantante. Las autoridades del parque niegan que eso suceda. Una parcela cuesta 2500 dólares y, según informa la promotora Viviana, las más económicas pueden pagarse desde cuarenta pesos por mes. Unicamente, las pocas que hay alrededor de la capilla aumentan su valor hasta los 35.000 dólares, pero no sería ése el destino del ataúd de Rodrigo.

¿Hay gente que aspira a tener su tumba al lado del ídolo?, se le requiere al empresario. "Bueno, tal vez haya algunos casos. Al cementerio este hecho lo ha destacado", dicen en la cochería Paraná de Villa Dominico.

Otro promotor, que se identifica telefónicamente como Alfredo, destaca que es conveniente la posibilidad de ser enterrado en el cementerio donde está el cuartetero, porque se valorizará la inversión en el futuro, apurará el crecimiento del lugar y la urbanización adyacente y, además, decir que se está en el mismo cementerio que Rodrigo genera una curiosidad y una familiaridad diferentes", se despacha.

"Es igual que tener una bóveda cerca de la de Evita, en la Recoleta, o de Gardel, en Chacarita. A mucha gente le gustaría estar cerca de sus ídolos ¿ O no hay gente que compra sus departamentos atraída por la idea de que en el edificio vive una estrella o un jugador de fútbol famoso?"

Bulacio y Montaner

En tanto, uno de los primeros clientes del cementerio -no da su nombre- reconoce que esta inesperada situación podría generar algunos inconvenientes: "¿Y si empiezan a montar en la entrada puestos de venta de pósters y de souvenirs? No nos gustaría ver esto convertido en una romería", opinó. En Las Praderas los muertos más notorios, hasta ahora, eran Walter Bulacio, el joven víctima de la policía, el 26 de abril de 1991; la famila del cantante Alejandro Montaner, y quien fue intendente de Lomas de Zamora Bruno Tavano.

La florista Mary, con un humilde puesto de chapas ubicado frente a la entrada del cementerio, dice que tiene a un ser querido enterrado en el mismo islote que Bulacio, cuya tumba casi siempre carece de flores. "Si no va la abuela (de Bulacio), ya no va nadie", dice Mary.

Sin haberlo previsto, Mary vende hoy cuatro veces más flores que hasta antes de la muerte de Rodrigo. También los choferes de las líneas de colectivo del Camino de Cintura 5401, en Esteban Echeverría, aseguran que aumentó su flujo de pasajeros.

Devila es cauto. Actúa como si percibiera que cada palabra, cada detalle, cobrará en los medios periodísticos alcances para él inmanejables.

El caso de Rodrigo debe ser probablemente el más notable de tantos en los que le ha tocado participar en su especialidad fúnebre. "El lunes (por mañana) si ya está el dictamen de la autopsia lo enterramos ahí", dice Devila al señalar una parcela de 2 metros por uno de superficie y con una profundidad de hasta hasta diez metros para dar cabida a varios muertos.

¿Pero Rodrigo no iba a ser convertido en cenizas? "No, la madre ha cambiado de opinión y quiere enterrarlo", dice el gerente.

¿Por qué se eligió este cementerio? "Es curioso, pero creo que porque era el único con crematorio. Había mucho temor de que si se lo inhumaba en público pudiera haber atentados. Además, a la madre, que no ha venido pero que lo vio por televisión, el lugar le gusta. Es lindo, tranquilo, hay gente bien."

Una alarma satelital de alta tecnología y una guardia policial permanente protegen el lugar. "Están locos los que creen que podrían violar la seguridad. Al contenedor con Rodrigo nadie pudo sacarle una foto. Nadie. Ayer un fotógrafo intentó filtrarse sin resultado. Hay medios que han ofrecido diez mil y treinta mil dólares por permitirles obtener la imagen del contenedor rodeado de todo ese santuario espontáneo", dice el gerente a quien ratifica uno de los agentes del lugar, que confiesa que fue tentado por medios audiovisuales.

"Ni siquiera les permitimos filmar una escena a su representante y amigo La Tota Santillán. Ese sí que lloró de verdad, como un chico", comenta Devila. Sin embargo, se puede entrar a ver a Rodrigo. Es un decir, claro. Se permite el ingreso sin grabadores ni cámaras. Y, en el caso de sus adoradores, el de grupos reducidos, de no más de cinco personas.

Tres mil visitas en tres días

En tan sólo tres días hubo 3000 visitantes, la cantidad que normalmente se registra en un mes o en más.

El estrecho cuarto donde yace el contenedor está colmado de modestos ramos de flores y, sus paredes, cubiertas de mensajes y de cartas de letra infantil o ilegible, con textos con errores ortográficos, henchidos de adjetivos celestiales y versos. "Mire esa carta de esa chica", dice un repartidor que acaba de entrar junto a nosotros. "Es la mejor de todas", dice mientras señala la cartulina que reza: "Para creerles a los que estaban en el entierro de Rodi, si es que lo amaban, es hora de demostrarlo, ´c...´ Firmado: Graciela Retamar". Todas esas cartas y ofrendas, según el gerente, irán a la fosa de Rodrigo.

"Nada de estatuas aquí. Nada fuera de la clásica placa-epitafio. Todos iguales. Democrático."

Un vecino del lugar recuerda ese antiguo campo de doce hectáreas, cuando estaba pelado, hace ya doce años. Por entonces, con apenas 300.000 pesos, lo adquirió un grupo de escribanos. Hoy, bajo la dirección general del doctor Carlos Rodríguez, y la propiedad de Stewart Argentina Enterprise, su tasación actual se ha multiplicado varias veces: debe calcularse que hay allí 35.000 parcelas a un promedio de 2500 dólares (el valor del mercado) más una serie de elegantes edificaciones y parquizado.

Y, ahora, este aporte de la inminente tumba de Rodrigo, que podría ser un incentivo de marketing.

Antes de despedirse, el gerente ensaya una disculpa por no permitir la fotografía del container de plástico color caoba: " Es por respeto al muerto. Si fuera por la televisión, lo hubieran hasta sacado de la caja para mostrarlo. ¿Sabe por qué?", se pregunta e inmediatamente se responde: "Porque con Rodrigo hicieron dos por uno. Georgina (Barbarossa) tenía siete de rating y estos días, hizo catorce. Chiche Gelblun y Jorge Rial levantaron al doble".

Francis Bacon dijo: "Me espanta el aparato de la muerte; no la muerte misma". A los argentinos, no.

Danza de lágrimas

Hubo aplausos, pero también silencio profundo. Hubo sonrisas, pero también lágrimas amargas. Hubo quietud, pero también baile descontrolado. A una semana de la muerte del cantante cuartetero Rodrigo Bueno, los fans no pueden explicarse por qué convive en ellos la sensación ambigua que dejan traslucir en el nuevo santuario en honor al ídolo muerto.

El kilómetro 26,500 de la autopista Buenos Aires-La Plata, donde El Potro perdió la vida, fue el lugar para liberar las emociones: chicas envueltas en pósters, padres con bebes con la remera del cordobés de pelo azul, llantos desgarradores, retóricas al cielo e, incluso, el baile. Martín, un joven de 26 años que declara querer emular a Rodrigo, giraba en cuclillas con sus brazos abiertos como si fueran las aspas de un molino. "Rodrigo es lo más, fierita ... ¿Qué vamos a hacer sin él?", dijo, y ahogó su decepción en un trago corto de cerveza.

Cerca de él, Clelia y su esposo, Mariano López, miraban. Como los casi 500 fans que ayer desafiaban la tarde fría y gris, lloraban en silencio.

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