La pulpería que sobrevive en el tiempo

Durante décadas, la Esquina de Crotto fue el único refugio que los viajeros tenían para descansar en la senda Del Tuyú
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10 de julio de 2000  

DOLORES.- Solamente recuerdos quedan del viejo camino Del Tuyú, y un puñado, apenas, se esconde entre las paredes de la mítica pulpería de la Esquina de Crotto.

Es cierto, aquella rústica huella que unía Dolores con el puerto de General Lavalle, a mediados del siglo XIX, es hoy una autovía con cuatro carriles asfaltados ajena por completo a los chasquis, diligencias y galeras que fatigaron esa senda durante casi un siglo.

Sin embargo, a pasos de la rotonda que sirve de empalme a las rutas provinciales 63 y 11, como desde hace 145 años, funciona la pulpería que durante tanto tiempo fue el único refugio de la zona para los viajeros que se adentraban en esta parte de la Depresión del Salado.

El establecimiento, que fue originalmente posta y almacén de ramos generales, fue fundado en 1855 por José Camilo Crotto en el pedazo de campo que la familia tenía junto a la huella.

El pionero es el mismo que, ya gobernador de Buenos Aires, autorizó a los linyeras a viajar gratis en los trenes que circulaban por la provincia. Treinta años más tarde, los Daguerre compraron la propiedad y desde entonces es regenteada por dicha familia.

"Vengo a ser la tercera generación que se ocupa del puesto, y espero que mis herederos no se hagan a un lado cuando les llegue el turno", dice con orgullo e ilusión Juan Antonio Daguerre, el patrón del lugar.

El hombre habla con La Nación desde el otro lado de las rejas que se apoyan en el mostrador y se estiran hasta rozar el techo de madera del salón principal. Aún no entró en confianza con los forasteros que preguntan y sacan fotografías con el apuro propio de los pueblerinos.

Tapado por varias manos de pintura verde todavía puede leerse debajo de los barrotes un lacónico mensaje: "Tome Pineral".

Buenos recuerdos

Ya en confianza, Daguerre se acerca con café humeante, remedio justo para el frío que trajo la sudestada que en los últimos días castiga el paraje.

"Esta es una de las dos pulperías que todavía aguantan en la provincia desde el siglo pasado", explica. "La otra está en la esquina de Arguina, cerca de Santa Clara del Mar y camino a la localidad de Coronel Vidal", añade.

"Acá -explica- paraban las tropas, los carros, las diligencias y las carretas, que llevaban mercaderías y pasajeros a General Lavalle, cuando al lugar se lo conocía como los pagos del Tuyú.

"En esa época, funcionaba allí uno de los dos puertos que tenía Buenos Aires, así que el tránsito era intenso", subraya.

También visitaban el establecimiento "los turcos en las jardineras", que vendían desde verduras hasta piezas de seda con destino a las familias que vivían en las estancias próximas.

"Eran los viajantes de aquellos años y mi abuelo y mi padre les compraban de todo, porque después hacían el reparto en los campos", relata con emoción Daguerre.

En la Esquina de Crotto se cambiaban los caballos que tiraban de aquellos vehículos y se daba comida y alojamiento a los viajeros.

"Primero llegaba un chasqui y nos avisaba cuántos pasajeros venían; así teníamos tiempo de preparar los platos para la mesa y armar las camas. Tras pasar la noche, seguían viaje muy temprano", recuerda nuestro anfitrión.

"Todavía les quedaban varios días hasta llegar a General Lavalle", apunta.

Las paredes de madera y las puertas con tranca, engordadas por muchas manos de pintura color crema, son las mismas que dieron amparo hace más de un siglo a peones, payadores y nutrieros ya olvidados.

"Dicen que acá venía Santos Vega, pero no sé", apunta Daguerre, y sus ojos se clavan en la vieja campana que su abuela compró para la escuela que funcionó al lado y que ahora cuelga sobre una balanza de platos.

Payadores y cantores

"Por acá pasó tanta gente que en una de esas es cierto", comenta.

"Y nunca faltaron payadores y cantores, porque además de comer y beber, acá se jugaba a las cartas, se corrían cuadreras y se armaban unos bailongos para el recuerdo", señala.

"Teníamos clientes que caían el sábado bien temprano y se iban, a veces como podían, el lunes siguiente al amanecer. Eran los tiempos en que se pagaba por mes y se anotaba en una libreta", dice.

"Pero todo eso pasó -añade-. Ahora los vecinos y los proveedores vienen en auto o en camioneta, se cobra y se paga al contado y los bailes son historia.

"Pero la pulpería y yo seguimos firmes y no nos falta el viajero que sigue parando a cargar combustible", afirma Daguerre, mientras mira con picardía el estante en el que se amontonan las botellas de caña y ginebra.

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