Zavala Ortiz, canciller

Por Pedro J. Frías Para LA NACION
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19 de julio de 2000  

ZAVALA ORTIZ tenía un protagonismo convocante en la Unión Cívica Radical. Si no me equivoco, fue un precursor de la tercera vía, porque conciliaba el mercado y la solidaridad. Era un liberal ubicado en el triángulo de la libertad, la democracia y la igualdad.

Pero más que su vida cívica, fue admirable en Miguel çngel Zavala Ortiz la prudencia política, ejercida con una sagacidad poco habitual, para superar las incertidumbres de toda decisión fundamental. Como ejemplo recuerdo la superación del patronato constitucional en las relaciones del Estado y la Iglesia. El patronato, heredado de los reyes de España, había sido ejercido por el gobierno nacional con prudencia, salvo en un caso. El presidente Arturo Frondizi había actualizado el modus vivendi para hacerlo más cómodo a la Iglesia Católica, que era la única que lo sufría. Sin reforma constitucional, parecía imposible suprimirlo.

Cuando Zavala Ortiz se convirtió en canciller del presidente Arturo Illia, debió afrontar una interpelación del diputado Américo Ghioldi, socialista, por la supresión del juramento de los obispos. Según me dijo, en esa ocasión advirtió que la clase política representada en la Cámara ya no tenía reservas sobre la nueva política. Un dictamen del asesor legal Jorge Vanossi le indicó que la Constitución habilitaba un concordato con la Santa Sede y podía así superarse la limitación de libertad de la Iglesia.

Conservando la confidencia, Zavala Ortiz planteó al doctor Illia esa posibilidad y recibió su plena conformidad. Así pudo negociar el acuerdo, que debió firmarse días después del derrocamiento del presidente Illia.

Pocos hechos de las relaciones internas de la Argentina han sido más afortunados. Se han superado los treinta años de vigencia en una relación inalterable que puso énfasis en los dos principios rectores de autonomía y cooperación.

Debo agregar por mi propia experiencia que él puso énfasis en la protección de los derechos humanos en una época conflictiva y en la solución pacífica del diferendo con Chile. En uno de mis artículos para La Nación , transcribí como epígrafe estas frases suyas:

"Todos los argumentos se han dado; todas las pruebas se han presentado; las instancias directas o contenciosas se han promovido. Ha llegado, pues, la hora de las decisiones. No se puede seguir discutiendo. Hay que hacer muchas cosas, importantes cosas. No se puede dejar a los países en la vía muerta de una polémica agotada...Por eso mismo, el elemento por considerar para decidirnos es la convivencia. Han dejado de ser los antecedentes, los fundamentos".

Tanto más cabría escribir. Éste es un testimonio fragmentado o insuficiente.

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