Omar Grasso murió ayer

El director argentino de teatro fue un creador provocativo
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30 de mayo de 2001  

Ayer falleció el director de teatro Omar Grasso, afectado de leucemia. En momentos como éste se trata de buscar cuáles son las palabras exactas que podrían definir a Omar Grasso y es difícil precisarlas porque las imágenes de diferentes encuentros se amontonan en la mente. Cada imagen conserva la carga de la obra que el director estaba a punto de encarar.

"El teatro es una amante muy posesiva", solía decir al referirse a su permanente actividad en la dirección. En su haber quedarán muchas puestas y aquí aparece uno de los primeros calificativos que se le podría adjudicar, quizás el más importante en su carrera: fue un director no convencional.

Con un texto en la mano, Grasso podía descubrir esa lectura especial que escapaba a las miradas de los demás y se aferraba a esa interpretación para poder traducirla luego en escena. Esa rebeldía no era nueva. En realidad, a pesar de su modo apacible de tratar a todo el mundo y de su simpatía natural, en su interior se escondía un rebelde.

Fue de esta manera que pudo, en su Rosario natal, dejar de lado sus libro de contabilidad y emprender a los 18 años el camino de su vocación detrás de un elenco teatral que lo llevó a Montevideo.

Rebelde con causa

Fue por rebeldía que enfrentó a su familia para informarle que se quedaba en Montevideo a trabajar en esos escenarios, ciudad donde se integró al movimiento teatral uruguayo de los años 60 y 70.

No fue fácil, pero con esfuerzo y dedicación llegó a ocupar el cargo de director de la Comedia Nacional Uruguaya y de los elencos estables de El Galpón y el Circular de Montevideo. También se desempeñó como profesor de la Escuela Margarita Xirgu. Posteriormente, tuvo la oportunidad de viajar a París, mediante una beca del gobierno francés, donde se perfeccionó junto a Jean-Louis Barrault y Roger Planchon.

Cuando regresó a América, también lo hizo a Buenos Aires. No podía estar alejado de las oportunidades que le ofrecían los escenarios porteños y supo aprovecharlas.

Títulos como "Historia del zoo", de Albee; "La muerte de un viajante", de Miller; "El jardín de los cerezos", de Chejov, y "Lorenzaccio", de Musset, son ejemplos que sirven como muestrario de todo un espectro heterogéneo que supo llevar a escena.

Como aquella famosa puesta de "Hamlet", interpretada por Alfredo Alcón, que cosechó tantos aplausos como polémicas.

Entendía que el papel del director no era simplemente hacer una lectura escénica lo más fiel posible de la obra, sino ver qué pasaba con su propia alma y comprometerse con lo que sentía.

Así siguió sumando títulos y autores; abría espacios para las nuevas generaciones. Cuando el horizonte se le achicaba, armaba sus valijas y se iba a España donde lo recibían con entusiasmo. Era constante partícipe de los festivales de Mérida y Extremadura, donde se lucía con puestas de los trágicos griegos y de Shakespeare. No conocía limitaciones creativas y cada pensamiento era un nuevo eslabón que lo impulsaba a ir más lejos.

En 1999, con "Ya nadie recuerda a Frederic Chopin", de Roberto Cossa, tuvo la gran satisfacción de obtener el premio ACE a la dirección. Fue una de las últimas obras que Omar Grasso puso en los escenarios porteños y lo hizo con un autor nacional porque entendía que era la forma de reencontrarse con esa parte de su ser que lo ligaba al país natal.

Sus restos son velados en Cucha Cucha 1785 y serán inhumados hoy, a las 10, en la Chacarita.

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