El talento del gran escritor Pavel Kohout

Es el autor emblemático de la Primavera de Praga; en Buenos Aires, sus libros tienen un reducido pero fiel grupo de lectores
Hugo Caligaris
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14 de junio de 2001  

En Buenos Aires hay un minúsculo club de buscadores de libros de Pavel Kohout. Hurgan en las librerías de usados palpitando un milagroso (pero improbable) encuentro, una edición vieja, una traducción seguramente horrible, pero de la cual emergerán a pesar del descuido la magia y el humor del extraordinario escritor checo. Los miembros de ese club no se conocen, pero los unen la admiración por Kohout y cierta injusta aversión por Milan Kundera, no porque el autor de "La insoportable levedad del ser" no tenga páginas bellas sino porque es el único checo en los anaqueles de las librerías refinadas que tienen anaqueles para escritores checos. Por supuesto, está Kafka y algún que otro texto de Bohumil Hrabal, pero ¿quién es capaz de conseguir las obras de Neruda (Jan), de Karel Capek, del presidente Vaclav Havel o del casi desconocido Kohout?

Kohout goza de enorme prestigio en su tierra. Los escritores jóvenes de la República Checa lo reverencian como a un maestro. En el libro más vendido en Praga en los últimos años ("La educación de las chicas en Bohemia", del cual hay una reciente edición española y cuya búsqueda también recomendamos), su autor, Michal Viewegh, refiere como timbre de honor sus charlas con Kohout a propósito del lanzamiento de la última novela de Pavel, "Nievo".

Porque Kohout es novelista, además. Escribió 20 piezas teatrales -de las cuales la brevísima "Cianuro a la hora del té" es la primera que conoceremos en la Argentina- pero también muchas novelas en sus 73 años de vida. Y es -más, muchísimo más que Kundera- el escritor-emblema de la Primavera de Praga.

Checo, pero de ancestros austríacos, siempre fue irónico, valiente, obstinado y peleador: no lo adornaba ninguna virtud, según la acepción de los burócratas del régimen. En 1968, echó bajo los tanques rusos su carnet del Partido Comunista y sus ficciones comenzaron a ser tomadas como parábolas fastidiosas. En "El libro blanco" (aquí editada con el título de "Cabeza abajo"), un hombre que sin quererlo vence la ley de gravedad y camina por los techos se vuelve sospechoso para autoridades ancladas al suelo. En "El beso de Clara", la represión es sufrida por una nena capaz de adivinar el futuro. En "La verduga" una joven rechazada por los institutos de enseñanza artística decide convertirse en alguien útil a la sociedad en tiempos en que lo más necesario era deshacerse de los semejantes molestos.

Años de proscripción

Después del breve deshielo de la era Dubcek, la situación se tornó difícil en Checoslovaquia para los artistas disidentes. Tanto, que no sería humano condenar a quienes, como el gran Hrabal, abjuraron de su fe reformista y se encolumnaron con el régimen prosoviético de Husak. Kohout estaba en la hilera de quienes ni abjuraban ni aceptaban la cordial invitación oficial al exilio.

Como siempre molesto, Kohout impulsó con el hoy presidente Havel un manifiesto lanzado al mundo para denunciar las presiones, la frecuente cárcel y la censura que sufrían los artistas checos. El manifiesto se llamó Carta 77 y, para desesperación de los jerarcas comunistas, tuvo enorme eco afuera, amplificado por los escritos de intelectuales de primer orden, como el Nobel alemán Günther Grass.

En su autobiografía sobre esos años, "Dónde está enterrado el perro", Kohout relata sus torturas y las de sus amigos de modo minucioso y magistral. Para él, los peores tormentos no fueron las detenciones, la prohibición de publicar sus obras ni la confiscación de su casa en el barrio del Castillo. Ni siquiera el envenenamiento del animal del título. Lo peor fue que después de haberle dado un permiso de excepción para viajar a Viena, donde en 1978 le otorgaron el Premio Nacional de Literatura Europea, no lo dejaron volver a atravesar la frontera checa. Tuvo que esperar once años para volver. Demasiados para quien pone en boca de la Sofía de "Cianuro a la hora del té" la siguiente frase: "Creo que hoy Praga es la ciudad más bella del mundo. Ya que tuve la mala suerte de no haber nacido en Praga, al menos quiero darme el lujo de morir aquí".

Kohout podrá darse ese lujo, cuando llegue una hora que deseamos remota. Hizo mucho para que tal libertad fuera posible. También hizo mucho por la literatura, en una patria de escritores gloriosos.

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