"Chiquititas", más allá de la crítica

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27 de junio de 2001  

"Chiquititas 2001", teleteatro para chicos y adolescentes protagonizado por Agustina Cherri, Gigí Rua, Pablo Lisazo, Omar Calicchio y elenco infantil. Libros: Patricia Maldonado. Producción: Laura Couto. Dirección: Martín Mariani. Producción general: Cris Morena. Por Telefé, los domingos, a las 19.

Nuestra opinión: regular.

¿Podría sorprender a estas alturas algo que tenga que ver con "Chiquititas"? ¿Quedaría atenuado, después de tan considerable repercusión por varios años, alguno de sus efectos o cuestionamientos? En la partida de esta temporada 2001, que podría significar el cierre de un ciclo, todo parece estar en su lugar. Y lo más lógico sería suponer que los efectos esperados volverán a cumplirse indefectiblemente: los discos y las revistas alcanzarán buenos registros de venta, las funciones teatrales volverán a presentarse durante el receso invernal a sala llena y en las charlas de recreo quedarán seguramente descolocados quienes no hayan seguido con atención el último capítulo de esta interminable saga.

En esta dirección hay que buscar los resultados de una propuesta que se explica más allá del funcionamiento de un programa de televisión. Que si bien tiene a este medio como punto de partida y disparador de situaciones, se vale de ella para funcionar como lo que es hoy: una marca registrada y reconocible que se manifiesta en diferentes ámbitos y aprovecha al máximo los estímulos originados en la pantalla.

Elementos variados

Desde el punto de vista de la perspectiva que el programa aspira a dibujar entre sus destinatarios naturales, una vez más los objetivos están cumplidos. Responde a un ya probado concepto estético y escenográfico que combina en sus trazos modelos hiperrealistas cercanos a algunos estereotipos de la factoría Walt Disney (sobre todo en el diseño del hogar Rincón de Luz) y situaciones dramáticas narradas con total naturalismo con el fin de lograr la identificación de la totalidad de la platea menuda y preadolescente.

Este menú de amplio registro admite la incorporación de varios elementos, ninguno desconocido para quienes han seguido esta historia vivida por chicos de buen corazón que sólo quieren ser felices y sobrellevar con su unión fraternal la adversidad de su condición de huérfanos. Desde los villanos de turno descriptos con trazo bien grueso (como la consabida directora siempre dispuesta a aplicar castigos excesivos) hasta el asistente bienintencionado y de rasgos cómicos resuelto a apoyar una fuga infantil colectiva y desde los representantes de la ley que tardan en distinguir el bien del mal hasta la parejita que planta en sus desencuentros la semilla de un vínculo afectivo posterior.

Bien mezclada y sazonada con canciones pegadizas, la combinación de todos estos ingredientes trae como resultado un plato para algunos de sabor irresistible, para otros de gusto desabrido y para algunos más capaz de provocar peligrosos empachos. Y que visto desde una perspectiva estrictamente televisiva, una vez más anuda elementos básicos de un estereotipo del cuento infantil (desde cierta poesía pueril hasta la crueldad) con materiales propios de una telenovela, como si también sirviera como aproximación a este último género para sus potenciales televidentes, que llegarán naturalmente a ella cuando superen un límite de edad que se reduce cada vez más.

Los devotos del programa quedarán rendidos ante la simpatía y la desenvoltura de sus pequeños protagonistas: para hacerlo, disimularán las situaciones inverosímiles y la forma en que ellos logran sus propósitos pese a estar en apariencia privados de todo. Sus detractores pondrán el acento en los comportamientos "de adultos" que el guión fuerza a hacer a los chicos y cuestionarán un nada disimulado énfasis hacia el golpe bajo.

Baches argumentales

No hay aquí, en definitiva, nada que no haya sido dicho antes. Este año, el regreso de Mili (Agustina Cherri) es apenas una formalidad, un detalle anecdótico que no modifica el fondo de las cosas. El programa tiene grandes baches argumentales que se resuelven con un envase de impecable respaldo técnico (escenografía, luces, sonido) o con efectismos de ardua comprensión.

A diferencia de artistas como Manuel Wirtz, que deciden ponerse a la altura de los chicos para hablarles siempre de igual a igual sin abandonar el terreno lúdico, "Chiquititas" recurre instrumentalmente a algunos elementos clave del imaginario infantil y los mezcla con datos de otros orígenes (sobre todo del melodrama romántico) para armar un híbrido tan exitoso como objeto de reparos, que seguramente merecerá varias lecturas en el futuro. Pero que seguirá hasta el final provocando también en muchos una atracción irresistible. M. S.

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