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Humor y límites en la TV

Preservar la pluralidad no es igual que justificar la torpeza
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1 de julio de 2001  

Dos líneas de discusión abre la sorprendente inquietud que produjo en el Gobierno el ácido humorismo televisivo del que es objeto el doctor Fernando de la Rúa. Una de ellas alcanza a la primera línea del Gobierno, que desde hace algunas semanas procura resguardar al Presidente de los presuntos efectos de esas bromas punzantes; los mueve la certeza de que esa clase de burla despiadada de fuerte índole popular puede socavar la consistencia de la figura presidencial. La segunda línea de debate invita a preguntarse cómo debe ser el vínculo que una a ese humorismo periodístico -una mordaz y desfachatada crónica de la vida política e institucional- con los más altos círculos del poder; este interrogante fue agitado cerca del Presidente, con alguna torpeza, menos con el propósito de alentar la confrontación de ideas que con la intención de atenuar la voz de los humoristas.

La preocupación en el Gobierno no se restringe a los efectos que puede acarrear la caricatura: lo que verdaderamente inquieta es el tratamiento periodístico que merece la investidura presidencial. La llegada a la administración de Juan Pablo Baylac como vocero del Gobierno procuró torcer esa realidad: en los días que siguieron a su asunción, el ex diputado dejó caer dos ideas. La primera observación, deslizada durante el anuncio de los lineamientos que de ahora en más seguirá el departamento informativo de Canal 7, aventuraba que en los últimos tiempos aquél había servido como escenario de operaciones políticas de la oposición; la segunda, más reciente, arriesga que la parodia y la sátira descarnadas que exhiben distintos ciclos de entretenimiento podrían perjudicar los intereses del país. La última hipótesis es perturbadora. Baylac se hubiera reído a carcajadas si semejante disparate hubiese provenido del menemismo cuando él pertenecía a las filas de la oposición; en esos años llevó adelante una labor legislativa seria, responsable y medida en relación con los medios de comunicación.

El ejercicio del poder entraña riesgos: el más profundo es que los hombres que acceden a él se alejen de sí mismos, se distancien de su más íntima convicción.

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Durante la larga década menemista, cuando los amigos del ahora detenido Carlos Menem llevaban a cabo en ATC una de las operaciones de prensa más resonantes que se recuerda en esa casa, el radicalismo exigía a los gritos que la emisora tuviera un carácter público. Esto es, que respondiera a los intereses del Estado y no a los del Gobierno.

Baylac era en ese entonces uno de los legisladores que defendía con mayor fervor y convicción ideológica esa idea madurada en los mejores sistemas de información pública del mundo democrático. Los equipos técnicos del radicalismo abocados a estudiar los medios de comunicación -y que entendieron a tiempos que ésa iba a ser una herramienta esencial en el siglo que se avecinaba- dedicaron muchas horas de trabajo al examen de esos temas. Pero Baylac no fue apenas un estudioso: llegó a la acción política; lo sabe bien Gerardo Sofovich, quien durante su gestión fue fustigado una y otra vez por el legislador.

La pregunta que ahora deben formularse los hombres del Presidente es si razones de estrategia política pueden conspirar contra aquella idea plural y democrática.

Por lo pronto, el cuerpo de voceros del Gobierno tomó todos los recaudos que aconsejan la prudencia. En un partido que tradicionalmente ha respetado las buenas formas democráticas, en las últimas horas cada funcionario que tuvo a su alcance un micrófono aseguró que no corre riesgos la libertad de expresión. Eso lo publicaron los diarios. En reuniones más reservadas, en cambio, algunos de los dinosaurios que susurran en el oído del Presidente se preguntaron con lógica jurásica si tiene sentido que la emisora dé cabida a ciclos de la productora Ideas del Sur ("Todo por 2 pesos", "Okupas", otra ficción de Bruno Stagnaro cuya emisión está prevista para el semestre que comienza) cuando su jefe, Marcelo Tinelli, se despacha a gusto con De la Rúa.

Tiene sentido por dos razones, o mejor tres. La primera es que la independencia de los intereses del Gobierno, aunque incipiente y frágil, es lo mejor que sucedió en Canal 7 desde la primavera democrática inaugurada por la administración de Raúl Alfonsín. La segunda: las producciones de Tinelli llevan buenos dividendos a las finanzas de una emisora que por su naturaleza es necesariamente pura inversión y no debe dejarse tentar (aunque lo celebre y aproveche cuando ocurre, claro está) por el éxito comercial. La tercera es eminentemente política. Una vez que Nicolás Gallo tomó el timón de las comunicaciones oficiales, Lopérfido aceptó, sin hacer ruido, abandonar su intervención en el área informativa del canal; cualquier injerencia en el resto de la programación lo obligaría ahora a dar un portazo. Si eso sucediera, se estaría echando por la borda la idea sana y trabajosamente conquistada de instaurar en la Argentina un sistema de información pública.

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El episodio también debería dejarle una lección a los medios. Es verdad que existe una estrategia para controlar el tratamiento que merece la imagen presidencial en la prensa -y todo, desde las declaraciones públicas de los funcionarios hasta las reuniones que tienen previstas con los dueños de los medios, indica que es así-, ese despropósito no puede ocultar otra verdad: aspirantes a humoristas y proyectos de periodistas son diariamente protagonistas de episodios lamentables que no hacen sino degradar una y otra profesión. En ese punto tienen razón Baylac cuando aconseja seguir el ejemplo de Tato Bores (pura elegancia y agudeza a la hora de cultivar la sátira más despiadada) como Lopérfido cuando subraya la chatura intelectual de algunos ciclos televisivos.

El mismo asistió no hace mucho tiempo a un ejemplo de idiotez y torpeza periodística. Sucedió en "Sushi con champagne", cuando uno de esos movileros que son hijos bastardos de Mario Pergolini y Andy Kusnetzoff, amparado en la multitud durante la boda de Menem celebrada en La Rioja, le preguntó al ex presidente si esa noche se iba a "tirar un tirito". Lopérfido estaba en el piso de América junto con el escritor y periodista Martín Caparrós. Cuando concluyó el tape, Caparrós dijo que no adhería a esa clase de periodismo intrusivo, que violaba la vida íntima de las personas y desechaba la larguísima lista de preguntas que Menem debería responder a los argentinos; pero no ésa. Con perplejidad, los dos invitados sintieron que el episodio los obligaba a respaldar a Carlos Menem, el hombre a quien ambos habían fustigado durante más de diez años.

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