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Hay algo más que el simple ole, ole, ole...

Por Ignacio Turín De la Redacción de La Nación
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5 de julio de 2001  

El grito de gol ya suena como una dulce costumbre en Liniers. Casi como un eco, diría. Su rugido recorre las calles del barrio que se identifica con la V azulada y sin hacer distinción se pierde por la vía, por la autopista, por la General Paz. Nada lo detiene. Ayer fueron cinco gritos, que se sumaron a los 19 escuchados poco tiempo atrás.

En medio del frío, llegó el final. La tarde perdió su acostumbrado duelo con la noche y Paraguay cayó vencido por el poderío argentino. La gente salió en paz y prometió volver, aunque conseguir una entrada resultará una verdadera odisea a partir de hoy, a las 11.

No caben dudas. En pleno invierno, el Sub 20 levantó la fiebre futbolística y enfermó a un público diferente, que tiene en los jóvenes, en las adolescentes y en la familia a sus principales seguidores. Desde las populares devenidas en plateas por disposición de la FIFA de poner butacas en los escalones, los jóvenes mantienen fecha a fecha la esencia que nació con el tablón y con los paraavalanchas y desde allí cantan, alientan y disfrutan del juvenil argentino. En las verdaderas plateas, las familias aplauden los caños , las corridas, los sombreros . Las chicas hacen lo suyo: gritan histéricas cada vez que Saviola entra en acción y ni qué hablar cuando se levanta la camiseta para festejar alguna de sus conquistas, que poco tienen que ver con las amorosas, aunque más de una así lo quiera.

Hoy se pondrán en venta las entradas y hoy también surgirán las penas por no haber conseguido un lugar para ver la final con Ghana. Entonces habrá que seguirla por televisión, como ocurrió con Japón 79, Qatar 95 y Malasia 97, que, pese a los títulos logrados, no sembraron la fiebre que sobrevuela hoy por Buenos Aires. En esto mucho tiene que ver que la Argentina juega en casa y que, además, el equipo responde a las exigencias del hincha con goles y con el juego que más gusta, ese que obliga a gritar ¡ole, ole, ole! por más que se lleven jugados apenas tres minutos del primer tiempo.

La frescura de esos rostros juveniles y la conducta que tienen dentro de la cancha; el poder de convocatoria que genera la sola presencia de Javier Saviola, y la conducción de José Pekerman, que desde los primeros partidos se ganó el corazón de la gente hasta convertirse en una marca registrada de aceptación y consentimiento, también tienen su peso específico en la rápida venta de las entradas.

A pocas horas de una nueva final, el grito de gol suena como un eco en Liniers. Se acerca el domingo, se acerca la gloria. Ese día el estadio de Vélez recibirá una inmensa peregrinación de hinchas que hoy vibra como pocas veces se vio.

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