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Sergio Renán vuelve al teatro

Es el director de "Variaciones enigmáticas", pieza francesa de resonancia mundial que se estrenará mañana en el Broadway
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20 de julio de 2001  

Todo es agitación en la sala Raúl Rossi del Broadway. Emilio Basaldúa, a cargo de la escenografía, da indicaciones a sus asistentes, que invaden el escenario para pintar el lomo de algunos libros, revisar el piso espejado y acomodar la alfombra.

Todo debe estar impecable para el estreno de "Variaciones enigmáticas", del francés Eric-Emmanuel Schmitt, que se producirá mañana.

Acaba de finalizar el ensayo y el director Sergio Renán convoca a Oscar Martínez y a Fernán Mirás, los protagonistas de la pieza, para una breve evaluación del ensayo. Nadie parece estar apurado. La distensión es un beneficio que ofrece esta actividad, donde casi siempre hay tiempo para un respiro, un café y una charla con La Nación .

"Esta posibilidad de hacer teatro para mí ha sido un refugio -comienza Sergio Renán-. Sin ninguna falsa modestia digo que estoy para serles útil a los actores, y no quiero decir que es poco, es mucho. Pero, esencialmente, hay un espacio que se da desde lo emocional e intelectual. Especialmente en un obra como "Variaciones enigmáticas", que tiene climas, ritmos, espacios, donde se pasa de lo rotundo a lo ambiguo con mucha frecuencia. Es necesario que cada uno de esos datos, de esos mensajes, sea perceptible y que lo sea en el punto necesario. Tiene algo de historia romántica y policial."

Hacía casi exactamente tres años que Renán se mantenía alejado del teatro. La última pieza que dirigió fue "Ha llegado un inspector", de Priestley, estrenada en mayo de 1998.

Schmitt, en su obra, se detiene en la relación de dos hombres unidos por el amor a la misma mujer.

"Me atrajeron el tema y la estructura de la pieza -explica Fernán Mirás-, que tiene ciertos elementos de suspenso, enigmáticos, que se van develando. Se permite abordar el tema de los sentimientos a través de la acción y permite la posibilidad de reflexionar sobre el amor y sobre la teoría que elaboran los personajes en relación con el amor."

"Hay varios temas -continúa Renán-, pero el central es el amor, la dirección que toma, a quién está destinado, especialmente cuando tenemos la certidumbre de que está destinado a alguien y no es así."

"A quién amamos, cuando amamos a alguien -sigue Mirás-. Si es alguien que está adelante, si es quien uno imagina..."

"Quien uno desea -continúa Renán-, quien uno necesita, quien ha decidido hacerlo para satisfacer nuestra fantasía. Es una combinación de exaltación romántica, planteada en diversos momentos por los dos personajes, con un discurso aparentemente cínico, pero donde se esconde un exaltación digna de un adolescente que languidece esperando al cartero."

Fabricante de mentiras

Uno de los personajes es un famoso escritor que, en su lugar de retiro, recibe la visita de un periodista.

-En un pasaje de la obra, uno de los personajes dice que un escritor es "un fabricante de mentiras". ¿Esta definición se puede hacer también extensiva al actor?

-Yo creo que es exactamente al revés -señala Martínez-. Nada es más verdadero que la ficción y lo que comúnmente llamamos realidad es la ficción más reputada de todas, pero es una ficción también. La ficción, cuando es buena, no miente.

-Es la forma más profunda de la realidad -agrega Renán.

-Es como el sueño -continúa Martínez-. Creo que un artista no hace su obra únicamente con su inconsciente, con su intuición, con sus zonas oscuras. También intervienen su arte, su técnica. Si está desequilibrado en favor de la técnica, del virtuosismo o de la racionalidad, el resultado es que la obra lo padece. Aun cuando desde lo racional el artista intente mentir, no hace más que delatarse. En el caso de los actores, de los que se dice que somos vendedores de mentiras, es al revés. Nadie puede asumir sobre un escenario atributos que no tiene como persona. Para ponerlo sencillo: si alguien no es inteligente, difícilmente pueda encarnar a alguien que lo sea, porque lo que va a hacer es delatar la carencia de ese atributo. Lo mismo pasa con la sensibilidad, con el refinamiento, con la imaginación...

-Con la carnalidad, con la elementalidad -dice Renán.

-El disfraz no encubre, descubre -afirma Martínez-. Aun cuando el artista intenta ocultarse debajo de máscaras nos está dando algo más profundo de lo que él cree.

-¿Te atrajo el personaje de ese escritor que es casi un anacoreta que vive para sí mismo?

-En general no elijo personajes, y no porque no me importe lo que voy a hacer. Leo obras porque suelen interesarme más. Puede haber un personaje maravilloso dentro de un contexto que no me gusta y no me termina de atraer. Tiene que ver con la conmoción que me produce, que en general sucede con la primera y segunda lecturas. Es más sensorial y emocional que intelectual. Después trato de darme razones. Pero nunca elijo con la razón, sino en función de la experiencia que vivo cuando leo, porque lo imagino con una determinada intensidad escénica, complejidad, belleza, sensibilidad.

-Oscar también es director, tiene una visión del todo -agrega Renán.

-Lo que me pasó con esta obra es que me resultó muy enigmática, valga la redundancia, muy singular. La leí con mucho interés, me fue sorprendiendo, me emocionó la peripecia del personaje durante el transcurso de las acciones. Este ser tan pretencioso, tiránico, insoportable, cínico. Toda esa catedral construida con su razón y sus defensas termina convertida en escombros ante la realidad de lo que ocurre y de lo que se va enterando. Es un tema que me obsesiona: las indagaciones sobre qué es el amor. Hay algo muy ficcional en su propia estructura, algo muy teatral que también me atrajo: el modo en que hablan, la manera en que se desgrana la información, el suspenso. Me gustó, aunque sé que es un riesgo, porque el actor sostiene eso solamente con credibilidad. La belleza del texto, cuando se lo lee, se convierte en dificultades enormes a la hora de decir: si este tipo está latiendo y viviendo acá, poniendo su carne y su cuerpo, a mí me tienen que creer que esto me sucede. Una obra de estas características deja muy poco espacio para distraerte. Te obliga a tener largo aliento, porque hay monólogos extensos y episodios humanos de una conmoción muy profunda que no están expresados en términos vulgares.

-Se trata de una obra donde los dos personajes están permanentemente en escena.

-Los dos sentimos que es un partido de tenis, no hay un respiro -interviene Mirás, que disfruta más escuchando que hablando-. Es muy atractivo, es la posibilidad de no ser interrumpido.

-Uno se alimenta de lo del compañero, y él de mí -explica Martínez-. Es un día clave para hablar de esto, porque cuando se acerca el estreno el actor empieza a ser gobernado, equivocadamente, por su mundo interno y pierde conexión con el otro. En consecuencia, con uno mismo. Es inevitable. Por el grado de observación que tiene un personaje sobre otro, se siente el peso del drama.

-Nadie se relaja -dice Mirás.

-Cambian los momentos de poder y de servidumbre -aporta Renán.

-Incluso en un momento un poco más amable lo que más nos preocupa es saber que nunca estamos relajados -continúa Mirás-. Los personajes están esperando de qué lado van a entrar para buscar la verdad.

-En este partido de tenis, ¿el director es el árbitro?

-Es peor -sonríe Mirás-. Para mí es como estar en una riña de gallos, donde el director me azuza.

-Es una obra que, desde lo ortodoxo, no puede definirse como terminantemente naturalista, pero lo es -reflexiona Renán-. Cuando el director se instala en el naturalismo debe tratar de que el actor tenga presentes las dos, cuatro o diez cosas que están ocurriendo bajo la apariencia de que está sucediendo una. Cuando se logra, le da riqueza al trabajo de un actor. Puede ser frustrante si no se tienen los actores que posean la capacidad de indagación y de velocidad de resolución. Yo demando honestidad y entrega en cualquier cosa que hago.

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