La reconciliación de los bautizados

LA NACION LINE reproduce a continuación el texto completo en el que la Iglesia argentina pide perdón por los errores del pasado.
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9 de septiembre de 2000  

El único Dios Trinitario, en su infinita misericordia, nos invita permanentemente a la reconciliación. Esta es un don de Dios, una iniciativa suya, concretada en el misterio de Cristo redentor, reconciliador, que libera al hombre del pecado en todas sus formas.

A su vez, la Iglesia en el tercer milenio desea ardientemente sentirse íntima y realmente solidaria de los gozos y esperanzas de todos los argentinos. Esta vocación a la compañía y la solidaridad es la que se expresa cuando afirmamos que la Iglesia es el Pueblo de Dios peregrino. Pero por el mismo hecho de ser peregrina sabe que también sus hijos -desde los obispos hasta los laicos- cometen errores y se resisten a la conversión. Por eso reconoce que debe estar dispuesta a pedir perdón y a renovarse siempre bajo el impulso del Espíritu Santo.

Hermanos y hermanas, supliquemos con confianza que Dios, nuestro Padre misericordioso y compasivo, lento a la ira y grande en el amor y la fidelidad, acepte el arrepentimiento de su Pueblo que confiesa humildemente sus propias culpas y le conceda su misericordia.

I. Confesión de los pecados contra la unidad querida por dios para su pueblo

Porque muchas veces se ha omitido una acción más intensa en la búsqueda de la comunión al servicio de todos los hombres.

Porque no se ha cuidado atentamente la comunión con todos los cristianos.

Porque la unidad en la Iglesia no ha sido debidamente manifiesta.

Porque no se ha querido suficientemente al pueblo de la Alianza eterna, Israel, cuya fe es la raíz santa de la Iglesia.

Imploremos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que reciba el corazón arrepentido de su Pueblo.

Padre, tu Pueblo te pide perdón: por la falta de esfuerzo para comprender las razones de quienes no creen y por no interpretar el significado de sus búsquedas. Por omitir una acción más intensa en promover caminos comunes con los hombres y mujeres de buena voluntad. Por no haber rechazado adecuadamente el antisemitismo. Por descuidar la oración y los gestos que favorezcan el impulso ecuménico. Por la falta de testimonio en la vivencia de la comunión entre los obispos, miembros del clero, religiosos, consagrados y laicos en nuestras comunidades. Porque tantas veces los católicos fuimos responsables, con nuestro modo de actuar, del alejamiento de muchos hermanos.

Dios Padre de los hombres, en la víspera de su Pasión, tu Hijo nos confió el desafío de la unidad para que el mundo crea.

Tú que nos quieres protagonistas y constructores de la historia, concédenos vivir el don de la unidad, para ser signos e instrumentos de tu amor, sirviendo y siendo fermento del Reino.

II. Confesión de los pecados contra el servicio a la verdad

Porque muchas veces nos adueñamos de la verdad, que no es nuestra, sino de Dios Padre. Por las veces que, en el nombre de la enseñanza de la verdad, hemos recurrido a métodos no evangélicos. Porque, en el justo deber de defender la verdad, los cristianos, a veces, nos hemos dejado llevar por actitudes de poder sobre los demás.

Pidamos humildemente a Dios que reciba nuestra confesión sincera.

¡Oh Dios de misericordia!, perdónanos por las veces en que tus hijos hemos cedido a métodos autoritarios de intolerancia e imposición, desfigurando el rostro de la Iglesia.

Por las veces que hemos dejado de buscar, meditar y servir a la verdad, callándola o disimulándola, por conveniencia o complacencia.

Por la falta de fidelidad en la transmisión de la verdad, y la escasa presencia de los católicos comprometidos con la fe cristiana en los medios de comunicación.

Recibe en tu corazón de Padre nuestro arrepentimiento. Ten misericordia de nosotros, acepta nuestro propósito de buscar y proponer la verdad con la dulzura del amor, conscientes que la verdad nos hará libres.

III. Confesión de los pecados contra el evangelio de la vida

Porque una multitud de personas débiles e indefensas, como son los no nacidos, están siendo atropellados en su derecho fundamental a la vida.

Porque con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso científico y tecnológico también surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano.

Porque cuesta cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal, incluso en nuestra legislación, referida al valor fundamental de la vida humana.

Supliquemos a Dios Padre, fuente de la Vida, acepte nuestro arrepentimiento y escuche el clamor de estos hijos suyos.

Padre, te pedimos perdón porque muchas veces los cristianos, en nombre de los mismos derechos del hombre, hemos provocado el crimen del aborto y de la eutanasia, de la manipulación genética y del ensañamiento terapéutico, reclamando un poder sobre la vida que sólo te pertenece a Ti.

Perdónanos porque, por diversos motivos, amenazamos nuestra salud con el consumo de drogas, con la falta de descanso, con el abuso del alcohol y del tabaco, y con otros excesos.

Dios Padre, en Jesús nos dices: "Yo he venido para que tengan Vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10), y nos regalas como, don de tu amor y bondad. Concédenos la gracia de que nosotros, Pueblo servidor de la Vida, ofrezcamos al mundo nuevos signos de esperanza, que promuevan y afiancen la cultura de la vida.

IV. Confesión de los pecados contra la dignidad humana

Porque, con tristeza y preocupación, constatamos que la pérdida del sentido de justicia, tan largamente esperada, se ha agudizado y se ha convertido en una enorme situación de inequidad social, arraigada profundamente entre nosotros.

Porque sentimos dolor por la corresponsabilidad de tantos cristianos en graves formas de injusticia y marginación social, que generan innumerables excluidos de la vida Argentina.

Porque muchas veces no hemos dado un testimonio auténtico de pobreza evangélica en nuestro estilo de vida y en nuestras estructuras eclesiales, no asumiendo suficientemente la opción preferencial por los pobres, débiles y enfermos.

Imploremos la misericordia del Señor, que recibe un corazón arrepentido y escucha el clamor de los débiles.

Padre, te pedimos perdón por el estilo de vida consumista y por las actitudes de muchos cristianos que contribuyen a la marginación u obstaculizan la participación de todos los hombres en la vida y en los bienes de la comunidad, no alcanzando los niveles elementales de alimentación, salud, vivienda, vestido y educación.

Como comunidad eclesial, imploramos tu perdón por la falta de un testimonio de austeridad y de una acción más decidida a favor de los pobres, "en la vastedad de su extensión: los enfermos, los subocupados, los desocupados, los ancianos, los sin techo, las víctimas de injusticia y calamidades, los analfabetos y semi-analfabetos, los marginados o postergados de todo tipo, los migrantes e itinerantes, los amplios sectores juveniles, espiritualmente desorientados y los menores desamparados.

Padre bueno, que enviaste a tu Hijo para anunciar a los pobres la Buena Nueva y para dar libertad a los oprimidos, acrecienta la vocación solidaria de nuestro pueblo, para vivir de modo que nuestra fe en Ti manifieste todo su potencial humanizador y generador de dignidad.

V. Confesión de los pecados contra los derechos humanos

Porque sentimos dolor frente a la violación de los derechos humanos fundamentales.

Porque el mal de la violencia, fruto de ideologías de diversos signos, se hizo presente en distintas épocas políticas, particularmente la violencia guerrillera y la represión ilegítima, que enlutaron nuestra patria.

Porque en diferentes momentos de nuestra historia, hemos sido indulgentes con posturas totalitarias, lesionando libertades democráticas que brotan de la dignidad humana.

Porque con algunas acciones u omisiones hemos discriminado a muchos de nuestros hermanos, sin comprometernos suficientemente en la defensa de sus derechos.

Supliquemos a Dios, Señor de la historia, que acepte nuestro arrepentimiento, y sane las heridas de nuestro Pueblo.

Padre, tenemos el deber de acordarnos ante Ti de aquellos hechos dramáticos y crueles. Te pedimos perdón por los silencios responsables y por la participación efectiva de muchos de tus hijos en tanto desencuentro político, en el atropello a las libertades, en la tortura y la delación, en la persecución política y la intransigencia ideológica, en las luchas y las guerras y la muerte absurda que ensangrentaron nuestro país.

Padre bueno y lleno de amor, perdónanos y concédenos la gracia de refundar los vínculos sociales y de sanar las heridas todavía abiertas en tu comunidad.

VI. Confesión de los pecados contra la integridad de la persona en el conjunto de la vida social

Porque tantas veces en la Argentina se han oscurecido los valores éticos, fundados en la condición humana y en el horizonte del Reino de Dios.

Porque, a menudo, con las decisiones de muchos católicos, construimos una patria indiferente al clamor de los hermanos que sufren, huérfana del auténtico Dios que es familia.

Porque, olvidando nuestro patrimonio religioso, nos resulta indiferente un destino de comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu santo.

Supliquemos que Dios, fuente de toda razón y justicia, nos regale el don de la reconciliación.

Padre, perdona la autosuficiencia egoísta de los miembros de tu Pueblo, que obraron en su vida privada y pública como si no existieras. Perdona las mentiras demagógicas, el lavado de dinero, el narcotráfico y los inaceptables enriquecimientos ilícitos de algunos, a costa de la marginación y exclusión de muchos en nuestra patria.

Ten misericordia de aquellos hijos tuyos que se sirvieron del poder para sus propios beneficios.

Perdona tanta corrupción cultural y la explotación del trabajo que violenta la dignidad y responsabilidad del hombre y daña todo el conjunto de la sociedad.

Padre, origen y sentido de nuestra vida personal y social, concédenos reconocer que nuestra patria es un don tuyo confiado a nuestra libertad, un regalo de amor que debemos cuidar y mejorar.

Danos tu Espíritu para reconocer que nuestra fe cristiana está indisolublemente unida a la dignidad e integridad de cada persona.

Confirma nuestra esperanza y compromiso por el Reino de tu Hijo, Reino de justicia, de libertad, de amor y de paz para todos los argentinos.

VII. Confesión de los pecados contra el respeto a las culturas y etnias

Porque, en nuestro país, hemos sido indiferentes para con la diversidad de etnias y con las culturas de los pueblos aborígenes.

Porque no siempre hemos respetado sus costumbres ni tenido en cuenta sus valore y capacidades.

Porque no queremos olvidar la falta de reconocimiento efectivo de los derechos de los migrantes y su situación de marginación.

Invoquemos a Dios tenga misericordia de sus hijos, que piden perdón por el olvido y postergación de nuestros hermanos.

Padre, te pedimos perdón por la responsabilidad de muchos cristianos en la explotación y discriminación que sufren nuestros hermanos migrantes; en el atropello y en la indiferencia para con los aborígenes, no teniendo en cuenta su lengua, sus valores, sus conocimientos y procedimientos, en la marginación y la discriminación de estos pueblos, principalmente por la violenta apropiación de sus tierras; por la falta de respeto a sus tradiciones religiosas, sin tener en cuenta la diversidad de etnias y culturas y por no anunciar siempre al Señor de la vida.

Padre de todas las razas y culturas, Dios de la vida, de la tierra y del cielo, de la danza y del canto, concédenos la fortaleza de luchar junto a estos pueblos en la recuperación de su identidad, caminando en espíritu de integración ayuda y de servicio para contribuir a reparar las injusticias del pasado y del presente.

VIII. Confesión de los pecados contra el espíritu de renovación del concilio vaticano II

Porque frente a las riquezas del Concilio, hubo indiferencias y resistencias a los cambios en la Iglesia, supliquemos a Dios, nos anime en el camino de una auténtica fidelidad a su espíritu y sus enseñanzas.

Padre, te pedimos perdón porque muchos de tus hijos no aceptaron este paso del Espíritu en la historia de la Iglesia y del mundo.

Porque no asumimos suficientemente la realidad de la Iglesia Pueblo de Dios, la renovación litúrgica y catequística, la centralidad de la Palabra y de la celebración, y el carácter gratuito de la salvación.

Porque, a veces, esta renovación no respetó las culturas y el ritmo de las comunidades cristianas.

Porque el lugar y misión del laico no fueron siempre respetados, ni la vocación de la jerarquía vivida con espíritu de servicio.

Perdónanos por nuestra debilidad y nuestros silencios en el anuncio público de Jesucristo como Salvador del hombre y por no defender su nombre contra blasfemias.

Perdona la ambigüedad y superficialidad en la que hemos caído, a veces, al predicar tu Palabra, y porque hemos descuidado el anuncio misionero y la devoción en la celebración de los misterios de nuestra fe.

Padre nuestro, Padre de tu Pueblo, concédenos la gracia de cumplir la misión de tu Iglesia según las orientaciones del Concilio Vaticano II, en el corazón de nuestra patria y del mundo, profundizando sus riquezas y poniéndolas en práctica.

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