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Matinées: prohibido para mayores de 18

La edad de los habitués tiende a ser cada vez más baja; toman gaseosas, se visten con jeans y remeras de equipos de fútbol Los padres no tienen que preocuparse por ir buscar a sus hijos
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10 de septiembre de 2000  

No les venden alcohol y en la entrada los palpan para que ninguno ingrese con bebidas ocultas. Están más cerca del licuado que de la cerveza, pero la matinée crea en ellos la ilusión de formar parte de la noche.

Son las 22 de un sábado y en Pachá, la matinée más grande de Buenos Aires, el ambiente huele a juventud recién estrenada.

Pestañas revestidas con rimmel, pelo separado en dos colitas, camisa abrochada a medias, pollera debajo del ombligo:este año Gisela, Gaby y Mechu se despiden de la secundaria. Y hoy, bamboleando el uniforme escolar sobre un parlante, le dicen adiós a la matinée.

Unos 3000 chicos de entre 12 y 17 años bailan, deambulan o solamente se miran bajo una bruma viscosa de humo y calor que sólo se interrumpe con el parpadeo de las luces azules.

Los varones usan camisetas de equipos de fútbol. Las chicas, jeans y remeras ajustadas con inscripciones brillantes de números o dibujos animados. Ellas bailan con sus amigas. Ellos miran.

El disc-jockey demuestra su sentido de la oportunidad: pone un tema de Rodrigo dedicado a Maradona mientras en una pantalla gigante se reproduce la clásica jugada de Diego en 1986. La discoteca hierve.

En la playa de estacionamiento de Rafael Obligado y Pampa, una veintena de micros y combis son los cómplices centinelas de la noche. Traen a los chicos que viven en el Gran Buenos Aires y los devuelven al punto de partida a la medianoche (ver aparte).

Sebastián Cirrincione tiene 24 años, sonrisa amistosa y un talento precoz. Es algo así como un padre para los chicos que van a Pachá. Sebastián es el organizador de las matinées y el que presta atención a los que se acercan para pedirle un descuento en la entrada, que saluden a alguien por los parlantes o que oficie de celestino.

"Los de 5º año ya casi no vienen -explica-. La edad fue bajando, ahora vienen de 13, 14... Ellos mismos manejan las barras, venden Coca o jugos y lo que recaudan lo usan para el viaje de egresados."

Pachá y Caix, en Costanera Norte, son las discotecas más populares entre los adolescentes. En la lista también figuran La Morocha (bajo las vías del ferrocarril Mitre, en Palermo), Los Cabos (en Las Cañitas), Xai Xai (en Vicente López), City Hall (en Villa Pueyrredón) y La France (en el Centro).

La mayoría de esas discotecas comenzó a amoldarse al público adolescente a comienzos de la última década. Pero hace dos años muchas redoblaron la apuesta: bajaron el precio de la entrada en el horario matinée y lograron cambiar los hábitos de los chicos, que se resistían a frecuentarlas justamente por no parecer "chicos".

Ahora la mayoría de los locales cobra a los adolescentes entre $ 5 y $ 7 pesos, la mitad de lo que cuesta una entrada para los grandes. Sin embargo, cerca del 50 por ciento de los clientes entra gratis en compensación por sus servicios.

Gonzalo Blasco tiene 18 años, está en 5º año del colegio Manuel Belgrano y desde el año pasado trabaja en Caix en "relaciones públicas, que no es lo mismo que tarjetero", aclara.

En la semana, Gonzalo reparte entradas en colegios del Centro y coordina a casi 30 tarjeteros.

Conocedor de la noche teen , cuenta: "A las matinées cada vez vienen más pen... Yo reparto entradas entre los pibes de 6º y 7º grado y el otro día un amigo se levantó a una péndex ¡de 10!" Después de la medianoche las barras dejan de estar en manos de los colegiales y se empieza a vender alcohol. La entrada debería estar restringida para los menores de 18; sin embargo, muchos se infiltran.

"Los viernes nadie pide documentos, ahí van chicos y chicas de 14 a 21 años. En realidad son las pibas las que van de más chicas, porque los pibes saben que nadie les va a dar bola", relató Gonzalo.

Cuatro de la madrugada. Rosario y María esperan en un umbral el remise que las llevará a su casa. "No doy más -suspira Rosario, de 15 años-; a veces nos quedamos hasta más tarde, pero hoy quiero volver a mi casa ya. Además el otro día mi viejo me ca... a gritos, así que hay que hacer buena letra." Gonzalo asume su condición de mayor de edad para sugerir: "Para los menores de 15 yo no recomendaría ni los viernes noches ni las maratones. Porque ahí se vende alcohol y siempre hay algún qui... Yo la primera vez que fui a la noche tenía 13 y como un bol... pedí un séptimo regimiento, me lo dieron como si nada, y bueno, así quedé: tuve un coma etílico".

En el lenguaje adolescente, maratón es sinónimo de descontrol. Esos días, la matinée sigue hasta el amanecer. "Ahí es cuando se arma el mayor quil..., porque todos van en grupo y saltan. Siempre es un colegio contra otro, o un club contra otro. En la última maratón hubo seis peleas", relató Gonzalo, que no se caracteriza por su elegancia al hablar.

Las salidas de los adolescentes empiezan a organizarse por la tarde, frente a la pantalla de la computadora. Las chicas se esconden detrás de seudónimos inspirados en dibujos animados: "las power puff", "las boombors", o más provocativos, como "las conejitas" o "las fogosas".

Una breve intromisión da cuenta del tono de los chats: -Te llamo, llamame, ¿me llamás? -Juani, te amo con toda mi alma, please deja a la pen... esa con la que estás y dame bola, no hago otra cosa que pensar en vos, posta.

-Matías, te amo con todo mi corazón!! Por favor..., comunicate conmigo!!! Mi ICQ es 84890373!!! Por favor!!, soy la misma que te dijo que te mandó la carta y que tiene inglés con vos... Te amo!!!

A la noche, las pasiones se disimulan en miradas de contrabando, se embriagan en una barra o se acurrucan contra una pared.

Discotecas con transporte propio

Los padres no tienen que preocuparse por ir buscar a sus hijos

A partir de las 20.30, la estación de servicio Sol, de Sucre y Tomkinson, en las Lomas de San Isidro, se llena de adolescentes.

Padres y remiseros se estacionan en fila -como en la entrada de un colegio- y descargan a los chicos para que tomen el colectivo para ir al boliche.

Lo mismo ocurre en la playa de estacionamiento de la estación de servicio de Libertador y Montes Grandes, en Acassuso; en la entrada del Club Atlético San Isidro; en las veredas del hipódromo, a la altura de Centenario y Márquez, o en la puerta del club Hindú, en Don Torcuato.

Desde hace dos años, para solucionar el problema de transporte de los chicos que viven en la provincia, en barrios como San Isidro, Don Torcuato y Pilar, las discotecas de moda pusieron un servicio de colectivos que por cinco pesos -con entrada incluida- llevan y traen a los chicos del boliche. El servicio también recorre los countries, y son los profesores de educación física quienes organizan las salidas.

En la mayoría de los casos, los colectivos los pone la discoteca y el trabajo de organizar la salida recae en un encargado de relaciones públicas de la discoteca: un adolescente que cursa cuarto o quinto año del secundario.

Es el caso de Pablo, que tiene 17 años y va al colegio Pilgrims. Desde hace un año tiene a su cargo uno de los tres colectivos que van a La Morocha.

"Por trabajar como tarjetero, yo tengo el contacto con el boliche, que me da entradas que son sin cola por $ 5. Después consigo un bondi que paga el lugar. El boliche se queda con el 80 por ciento de la ganancia por las entradas y yo con 20. Por noche ganaré entre 20 y 30 pesos. Es un buen curro ", explicó Pablo a La Nación mientras intentaba organizar a medio centenar de adolescentes ávidos de diversión.

Son las 20.45. La estación de servicio Sol está repleta de chicos vestidos con pantalones gastados, remera y camisa. Las chicas -de zapatillas- están maquilladas y bien producidas . No paran de hablar y gesticular. La mayoría masca chicle y algunos -bastantes- fuman cigarrillos. Tienen entre 11 y 14 años. Allí, como en la mayoría de los puntos de salida, no se vende alcohol. Igualmente hay chicos que toman cerveza.

"Te las venden en los quioscos, de una. O si no le pedimos a alguno que nos haga la gamba y nos las compre", contó Fer, un adolescente que lleva puestas dos remeras -una sobre otra- y una bufanda blanca y negra. "Son los colores del campeón", explica en referencia al club CASI, donde juega en la división menores de 15.

María, del colegio Godspell, explicó: "A los bondis no se puede subir alcohol, pero si los chicos conocen al organizador llevan cervezas escondidas en la mochila y nadie dice nada".

Pelo lacio, labios pintados y jeans ajustados, Flori habla por su celular mientras espera que salga el colectivo para La Morocha. "Me lo dio mi viejo -explica después de cortar-. Así se siente tranquilo, me llama y sabe dónde estoy. Aunque..., bueno, si no quiero que me moleste, lo apago; después le digo que se acabo la batería y listo."

Después de las 21.30, la estación se vacía. Sólo quedan los que prefieren comer ahí o ir a una fiesta por la zona. Es el caso de Nacho, Pedro y Rama: "Nosotros no vamos a esos boliches, está lleno de chetos y las minas se creen lindas y no te dan bola . Preferimos quedarnos dando vueltas, siempre conseguís alguna mina con buena onda o nos encontramos con algún amigo del cole", contaron.

La tranquilidad dura hasta la una, horario en que los colectivos vuelven de los boliches. Entonces reaparecen los remises y los padres somnolientos. Algunos, con cara de haber interrumpido el descanso en lo mejor del sueño.

Temores y tácticas de padres que no duermen

Les preocupa la falta de controles

Padres que trabajan el fin de semana como remiseros de sus hijos. Padres que se acuestan con las pantuflas puestas. Padres que se levantan para olerles el aliento.

Son los que no se divierten los sábados, cuando sus hijos se suman a las huestes de la matinée.

María Inés Soutullo vive en Martínez y tiene cinco hijos: Julieta, de 23 años; Juan, de 20; Santiago, de 19; Guadalupe, de 15, y Milagros, de 10.

"La verdad es que no me gusta que mi hija vaya de tan chica al boliche. Me parece más sano que se junten en una casa o que se diviertan de otra manera. Pero bueno, es lo que en este momento está establecido y lo que todos hacen. Creo que no podés aislar a tus hijos de todo, por eso dentro de lo establecido uno puede poner algunas normas", comentó.

"Por ejemplo, yo a mi hija no la dejo ir a bailar todos los fines de semana, ni tampoco se queda dando vueltas por ahí hasta tarde. Nos turnamos con algún otro padre para ir a buscarla a la estación de servicio a eso de la una, cuando llega el colectivo. Eso de que chicos de 13 y 15 años anden solos hasta tan tarde me pone nerviosa. Una cosa es que vayan a una fiesta de 15 y vuelvan tarde, pero otra es que se queden caminado por Libertador. No me parece, son muy chicos", dijo.

Willy Seeber es otro padre preocupado: "Creo que la noche de los pibes es un tema que preocupa a todos los padres. La movida está organizada de una manera en la que no se tiene ningún tipo de control, y es bastante pesado todo. Los padres quieren ser amigos de los chicos, no les ponen límites y por comodidad, o no sé qué, no se ocupan.

"Hay que tener en cuenta el ambiente socioeconómico en el que se mueven: los chicos tienen acceso a todo tipo de cosas, al chico le dan una camioneta o un auto 0 km que va a 200 por hora y sale a correr picadas, y es así como después se mata. Son chicos que tienen acceso a todo y pueden comprarlo todo", agregó.

"Es muy difícil. Hay que luchar contra todo un sistema de peligros potenciales. Por eso yo en casa establecí ciertas reglas: por ejemplo, cada vez que vuelven del boliche tienen que darme un beso, así me doy cuenta en qué estado vienen, o a mi hija le doy la truchiexplorer (una camioneta Ford de carga) para que vaya manejando ella y no se vuelva con cualquiera en un auto", explicó.

Perla tiene 35 años, tres hijos varones y un trámite de divorcio comenzado. Pedro, el más grande del clan, acaba de cumplir 15 y ya no se conforma con quedarse a dormir en la casa de sus amigos, también quiere ir a bailar.

"Imaginate que es un problema, porque yo no sé manejar y tampoco me gusta que vuelva en taxi, así que sale sólo cuando después lo puede traer el papá de algún compañerito. Me da pena por Pedro y tampoco quiero abusar de los demás papás, pero de otra manera me quedo toda la noche sin poder dormir."

Controlarles el alcohol

Gabriela Vasallo tiene dos hijas, de 15 y 17 años, y le preocupa que las chicas tomen alcohol.

"No es un tema privativo de los varones, sino que las mujeres también toman. Además, como no hay ningún tipo de control por parte de las autoridades, para los chicos es muy fácil acceder al alcohol. Sobre todo en los quioscos 24 horas", comentó Gabriela.

"Otra cosa que me preocupa -continuó- es esa cola enorme que los chicos tienen que hacer para entrar en el lugar; debería estar organizado de otra manera."

La mamá de las chicas tiene los traslados bien organizados: "Para que no haya ningún tipo inconveniente, a nuestra hija de 15 años la vamos a buscar, nos turnamos con otros padres que, por suerte, cumplen. A la de 17, que sale los viernes por la noche, tenemos un chico de mucha confianza que tiene una camioneta y la va a buscar.

"Por suerte -agregó- con ese tema nos arreglamos bastante bien, porque la verdad es que me sentiría muy insegura si volviese en taxi o radio-taxi."

Retoños en la noche

Prefieren la música en castellano a la extranjera y los jeans a cualquier otra indumentaria.

Mascan chicle, hablan por teléfono celular y organizan las salidas por Internet.

Ellas usan seudónimos inspirados en los dibujos animados y ellos nunca se sacan la camiseta de su equipo de fútbol.

Son los benjamines de la noche porteña.

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