El recuerdo de Alfredo Kraus

Mañana, la asociación de amigos del cantante hará un homenaje en la Catedral
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10 de septiembre de 2000  

Hoy se cumple el primer aniversario de la desaparición del tenor Alfredo Kraus. En dos meses más, iba a celebrar sus 72 años, rodeado por la indisimulada envidia de todos los cantantes del mundo que rezan para llegar a su edad tan enteros, lúcidos y activos. Un año y medio antes, en febrero de 1998, había realizado un emotivo recital con orquesta, en el escenario del Real de Madrid, preludio de su reaparición lírica en uno de los personajes más célebres de su carrera: el Werther de Massenet. Tenía que haber sido en julio de 1999, pero la enfermedad ya no lo dejó moverse de su casa. Moriría el 10 de septiembre.

Hacía ya mucho tiempo que Alfredo Kraus había sido proclamado uno de los más notables fenómenos vocales de nuestra época, a raíz de la extraordinaria latitud alcanzada como cantante, el mantenimiento de su capacidad, la salud y belleza de la voz, sus poco comunes cualidades actorales. Pero además, se distinguía por haber trazado su vida sobre principios artísticos que nunca aceptaría violar, aun bajo la presión de un mercado ávido de concesiones, al que, sin resistencias, se sometería la mayor parte de sus más jóvenes y prestigiosos colegas.

El valor de la actitud

Desde la primera aparición de "los tres tenores" en las Termas de Caracalla en 1990, las opiniones de Kraus siempre fueron cuestionadoras de cierta actitud artística que se apartaba de la ortodoxia, para enrolarse en el gran espectáculo sin mayores preocupaciones por la calidad final del producto. Esas opiniones produjeron resentimiento en los integrantes del célebre terceto y le acarrearon notorias discriminaciones en el mundo de la producción. El mismo tenor de Las Palmas contó que, para acceder a alguna actuación en el escenario de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, "los monopólicos organizadores, que pueden convertirse en mafias, me exigían una retractación de las opiniones referidas al recital romano de las Termas".

Como tal conducta no era sólo de boca para afuera, sus colegas, tan claramente identificados, no se lo perdonaron, ni aun después de muerto. En el homenaje organizado por la Fundación Reina Sofía para el pasado viernes 7 de enero, en el teatro Real, que por cierto contó de inmediato con la adhesión de la comunidad lírica internacional, estaba prevista la actuación de Plácido Domingo, Jaime Aragall, Luciano Pavarotti, la soprano María Bayo, la mezzo Carmen Oprisanu, que fue Charlotte en una de las últimas "Werther" de Kraus; Lucia Alberti, que quedó amarrada al tenor en dúos espléndidos desde que actuaron juntos en una "Lucia" del MET, en 1988, y otros que justificaron sus ausencias, Teresa Berganza, Renata Scotto, Montserrat Caballé, José Carreras, Ramón Vargas.

Los unos y los otros

Estuvieron todos. Menos los más esperados. Pavarotti avisó que se sentía indispuesto quince minutos antes de comenzar la función. Plácido dirigió la orquesta, pero no cantó. Carreras mandó un video y nadie sabe a qué tipo de motivaciones obedeció María Bayo, la española más brillante de estos últimos años.

Hubo un escándalo, porque el público no entiende estos egoísmos póstumos con quien aparece reconocido como una de las voces más valiosas y significativas perdidas por la lírica actual. La gente estaba indignada y se negaba a justificar las ausencias. Pero hubo quienes comprendieron que Kraus aún estaba vivo y libraba su pelea ética, una especie de eruptiva en la piel de muchos artistas que, al revés de Kraus, han decidido pactar con los negocios antes que con la música.

El gran problema es que Alfredo Kraus no ingresó en el silencio. Hay un aria de Werther ("¿Pourquoi me réveiller?") universalmente divulgada en su registro discográfico, que produce singular conmoción aun en aquellos que ignoran el nombre del intérprete. Incluso quienes lo conocen y admiran habitualmente citan este fragmento como uno de los grandes ejemplos de capacidad evocativa, intención dramática, fluidez de emisión, naturalidad de la proyección, comunicación del mensaje poético, hondura expresiva.

Tienen razón. Pero la gloria de Kraus no se apoya en una especialidad, sino en muchas. Para dar testimonio están sus CD con Fausto en el "Mefistofele" de Boito, Gérald en "Lakme" de Delibes, Octavio Flaubert en "Eva" de Lehár, Nadir en "Los pescadores de perlas" de Bizet, o su lord Arturo en "I puritani" de Bellini. En cualquiera de los idiomas en los que cante, Kraus da una lección de estilo y hace el más empinado homenaje a la belleza melódica de las obras. Con tal legado en circulación, no necesita que nadie cante por él para que la gente lo recuerde.

El Requiem de Mozart

La Asociación Amigos de Alfredo Kraus auspiciará una misa concelebrada presidida por S.E.R. el arzobispo de La Plata, Monseñor Héctor Aguer, que se realizará mañana lunes, a las 19, en la Iglesia Catedral Metropolitana, y en ella se ejecutará la "Misa de Requiem", para solistas, coro y orquesta, K.626, de Mozart. Serán solistas la soprano Natasha Tupín, la mezzo María Luján Mirabelli, el tenor Eduardo Ayas y el bajo Carlos Esquivel. Actuarán el Coro Juvenil Adrogué y la Orquesta de la Opera del Buen Ayre, coordinados por Eduardo F. Casullo y dirigidos por Ricardo Barrera. Además, se incluirá "Oh, Divino Redentor", de Charles Gounod, por la soprano Haydée Dabusti y el organista Enrique Grimoldi.

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