Niki Lauda: a 25 años de aquella Ferrari en llamas

Junto al italiano Arturo Merzario fueron los dos protagonistas de aquella jornada en el viejo Nürburg
(0)
1 de agosto de 2001  

En una de esas, ninguno de los dos repara en el aniversario. La memoria humana suele tender escudos protectores para ampararse de lo que la puede lastimar. Y como el hombre es un indefenso que ambula sobre la tierra, cuando la anécdota lo golpea, se esconde como un chico hasta de su propia memoria. Y mira hacia otro lado, haciéndose el indiferente.

Niki Lauda es uno de los dos protagonistas. No creo que entre los temas de su preferencia el inolvidable "computer" de la F.1 de los años setenta ubique la jornada que vivía en el viejo Nürburg, aquel de las 182 curvas por vuelta. Aquel de los 22.210 metros exasperantes e interminables. Imposible de memorizar, exceptuando unos pocos monstruos como Fangio o Jim Clark.

Lauda, en una de esas, ocupado como está hoy con su cargo de técnico-administrativo en la casa Jaguar, será capaz de soportar impertérrito la carga de encanecidos periodistas que, de nuevo, tratarán de encontrar en sus cortantes declaraciones la pista inédita que hasta ahora no ubicaron. A pesar de los cientos de reportajes y entrevistas.

"¿Tuvo la sensación de que perdía la vida?" "¿Fue un error suyo o una falla de la Ferrari?". "¿Es verdad que Merzario era el más diligente del grupo para rescatarlo?" Y así, cincuenta preguntas más que se vienen repitiendo desde hace hoy, exactamente, 25 años. Y él, dejando asomar su par de dientes de conejo, insistirá en estereotipadas respuestas.

"En un momento dado creí escuchar a un médico diciendo que yo no sobreviría." Sin identificar nunca al médico aquel. "Yo manejaba perfectamente concentrado; la máquina no me avisaba de problema alguno." Y siempre quedaba la incertidumbre estacionada junto al juicio. "Merzario fue el que se movió con más rapidez, pero también ayudaron Ertl, Lunger, Edwards... Creo que entre todos me rescataron." La gente volverá a leer, entonces, las mismas respuestas con 25 años de inmutable antigüedad. Como indiferente.

El otro personaje fundamental que tratará de esquivar el bulto es el italiano Arturo Merzario. En una de esas, entre jadeos y apuros porque todavía trata de sentarse en cualquier coche de carrera. Para seguir corriendo como un poseído. En una de esas, también y por éste asunto, hasta se fastidiará si el periodismo incomoda. Porque él no quiere saber más nada. O puede que pregunte con su cara más impasible: "¿Si me acuerdo de lo de Nürburgring? ¡Por favor! ¡No quiero acordarme! Prefiero no acordarme, ¿sabe?" Y hasta será capaz de dar media vuelta y marcharse. Y si se encuentra en una oficina, o en un cuarto, golpeará la puerta y clausurará la demanda. Enojado, como cada vez que se recuerda el episodio, cuando encabezaba el rescate de aquel retorcido piloto austríaco, quemado hasta la cabeza. Tirado sobre el piso de cemento del viejo Nürburg mientras la Ferrari, en llamas, parecía más roja que nunca...

Es que Merzario no olvida que después de la rehabilitación, cuando Lauda volvía a ponerse de pie con la oreja derecha ampollada por veinte impiadosos implantes, en una conferencia de prensa ni siquiera lo mencionaba. Como si lo que Merzario había hecho no tuviera valor alguno como para ser mencionado.

Lauda (campeón en 1975 y 1977, con Ferrari y en 1984 ,con McLaren y luego fundador de la compañía Air Lauda) hoy tiene 52 años. Seguramente no querrá recordar un momento en el que estuvo más allá de la muerte que de la vida. Merzario puede que siga sintiéndose humillado por el obsequio de un reloj que la primera mujer de Lauda le había regalado al austríaco.

Merzario y un reloj como recompensa

GP de Alemania. 1° de agosto de 1976. Nürburgring. Llovía en el momento de la estrepitosa salida. Lauda creía poder manejar su Ferrari con cubiertas lisas, colocadas a última hora. Y enfrentaba el riesgo. El tropel se deslizaba vertiginosamente por los vericuetos del circuito de la Selva Negra. El locutor contabilizaba: "Mass... Nilsson, Hunt, Regazzoni...". Y se trababa porque repentinamente advertía que le faltaba Lauda. Y se preguntaba, escapando hacia el público su desconocimiento: "¿Qué pasa con Lauda?".

A la altura del kilómetro 11 del circuito, tras un feroz despiste nunca aclarado, la Ferrari se estrellaba contra el costado derecho, después de haber rebotado en la cerca de enfrente. Estallaba el fuego despiadado. Algunos pilotos seguían su carrera después de esquivarlo. Otros se detenían. Arturo Merzario encabezaría el rescate. Medio quemado, Lauda era un retorcido muñeco internado para sobrevivir después de cuatro lunas.

Al tiempo le daba un reloj usado, de oro, a Merzario. Este lo insultaba, iracundo. Haría de amable componedor el inolvidable obeso Carlo Chitti. Dirían después que Lauda y Merzario hacían las paces.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios