Suscriptor digital

Buenos Aires, la meca de músicos de otros países

Ritmos locales seducen a los artistas
Mauro Apicella
Gabriel Plaza
(0)
7 de agosto de 2001  

La música puede producir extrañas pasiones, como que una holandesa y un alemán viajen miles de kilómetros para conocer el tango y descubran el amor de su vida. La historia de los bailarines de tango Ricardo y Nicole, una de las más famosas parejas del ambiente que se conocieron el mismo día en que llegaron a la ciudad buscando el Hotel Victoria que menciona el tango, no es la única. Hay otras historias de músicos inmigrantes fascinados con el tango y el folklore y que encuentran en Buenos Aires su lugar en el mundo.

Charango oriental

Mari Sano tiene la risa fácil, aunque la suya suena nerviosa, como si intentara esconder la timidez. Vive en un hotelito de Congreso, pero no mira al barrio con ojos de turista ni rasguea su charango con la misma timidez de su risita.

Toma té de arroz. No hay saquitos ni granos a la vista sino un sobrecito que parece de edulcorante. Tienen una inscripción en la etiqueta que sólo puede traducir alguien que hable japonés. Seguramente, el té vino del Japón, en alguno de sus tantos viajes.

"Anduve mucho porque mi padre trabajaba con importaciones y exportaciones -explica-. Entre los 4 y los 8 viví en México; entre los 10 y los 15, en Buenos Aires, y luego en España", dice esta charanguista y cantante de 31 abriles.

Durante su estada en la Argentina cursó en un colegio japonés. Allí conoció a una profesora boliviana de música que le enseñó a tocar el charango. "Eramos unos cien chicos los que aprendíamos. Y la primera vez que lo vi a Jaime Torres me emocioné muchísimo", recuerda.

También dice que aquí se sintió discriminada. "A finales de los setenta y principios de los ochenta no era una buena época para los orientales. Encima, cuando volví a Japón me consideraban argentina." Por eso se volcó al rock, cantaba y tocaba bajo y guitarra: "Pero un día, cuando estaba por subir al escenario, se rompió el teclado de la banda, agarré el charango y con eso sorprendí".

Con charango y guitarra, Mari hace giras en su país de 150 conciertos. Quiere volver, pero todavía no tiene fecha porque durante los últimos años se abrieron muchas puertas. Tocó en Bolivia y en varias peñas del Festival de Cosquín, grabó acompañada por músicos argentinos "Parque latino", un disco que define como new age y que tiene algunas canciones (en japonés, por supuesto). Además, está trabajando sobre un material de música celta con el grupo Axouxeres, con quien se presentó todos los viernes de julio en la Peña del Abasto.

"Hacia el verano quiero participar en el festival pre-Cosquín, y tengo que ir a Taiwan para grabar la música de una película animada". Además, desea viajar a Canadá a lanzar su disco porque, según dice, "allá hay muchas editoras de música new age". Se ve que el charango llegó a sus manos como algo inevitable, y que el olfato para los negocios lo heredó de su papá.

De tierra de mariachis

Javier Sepúlveda, nació en un pueblo mexicano del Estado de Veracruz llamado Minatitlán (tierra de flechadores, en idioma nahuatl). En ese mundo tan distante de zambas salteñas, milongas pampeanas y aires cuyanos, donde el tiempo se mata a tequila y rancheras, Javier se enamoró de la música folklórica argentina. "Hace 20 años que toco música latinoamericana, pero sobre todo argentina. Conozco la obra de autores, los distintos movimientos, los grupos vocales, los grandes intérpretes, porque escuché muchos discos y a través de las letras me imaginaba los paisajes, la manera de sentir de la gente, así que hace rato tenía ganas de conocer y vivir acá", dice este aerofonista, de 39 años, que hace un año está radicado en esta capital.

"Recuerdo que llegué solamente con dos números de teléfono en el bolsillo y nada más. Los primeros días me la pasaba caminando y vivía en una pensión. Tuve suerte y poco a poco fui enganchando y conociendo a gente que admiraba y con la que nunca pensé que iba a terminar tocando", dice. Enseguida agrega: "Me encanta el folklore de acá, la buena cantidad de músicos que hay y la gran actividad cultural comparada con México", cuenta entusiasmado este instrumentista, que actualmente se reparte entre sus clases de aerófonos, su participación en el coro de Sadaic y en el grupo Cosecha de Agosto, con el que comenzará a grabar un disco.

Antes de llegar a esta ciudad, Javier comenzó un sinuoso recorrido. "Mi abuelo era mariachi y mi padre sabía cómo era esa vida, así que no quería que eso me pasara a mí. Quería que estudiara algo formal como mis hermanos. Así que me fui de casa para estudiar a la Escuela Nacional de Música en el DF. Fue mi primer viaje", recuerda. Pero fue un episodio de la infancia lo que decidió su destino. "A los 11 años vi por la tele a Los Chaskis que hacían música andina. Yo lo mire a mi viejo y le dije que quería hacer eso. Después vino al pueblo un grupo que formaba talleres de música latinoamericana y me pasó cosas de la música argentina: Los Huanca Hua, José Larralde, Mercedes Sosa, Los Tucu Tucu...", enumera.

En la capital mexicana tocó con artistas regionales, después consiguió un trabajo en un crucero durante cuatro años donde tocaba desde "El cóndor pasa" hasta música judía, desembocó en Bélgica y, finalmente, terminó en Buenos Aires. "Siempre tenía la idea de venir a conocer más a fondo la música de acá. Estaba entre Venezuela, Chile y la Argentina. A los otros dos los descarté por problemas sociales; además, acá tenía una cita pendiente con una chica, así que no lo pensé mucho. Ahora estoy como desarraigado de México. Siempre dije que nací en el lugar equivocado, quizás acá encontré mi lugar en el mundo."

De Alemania a San Cristóbal

Entre los integrantes de la Orquesta Escuela, que ensaya en el barrio de Almagro, hay un nombre que llama la atención. Winni Holzenkamp, es contrabajista, tiene 31 años y una familia numerosa: su mujer, Cordula, y los pequeños hijos, Joschka y Lioba. Estudiaba en el conservatorio de música clásica de Colonia (Alemania) cuando un día escuchó el tango "moderno" de Astor Piazzolla y empezó a fantasear con venir a Buenos Aires. "Hace cinco años comencé a tocar música de Piazzolla en un local que estaba al lado del conservatorio donde también hacíamos jazz y música kletzmer. Tenía ganas de vivir en el extranjero, quería aprender otro idioma además de inglés, así que se me ocurrió que podía venir para especializarme en tango."

Cuando terminó los estudios a fin de año consiguió una beca y se trasladó con toda su familia al barrio de San Cristóbal. "Quería estar cerca de la Escuela de Música Popular Avellaneda, pero como estaba tomada no me pude anotar." Alguien le avisó que estaban haciendo pruebas para músicos jóvenes de tango y ahora es la "atracción" de la orquesta, que dirige Emilio Balcarce. "Mi idea era quedarme un año, pero ahora que ingresé en la orquesta se abren otras posibilidades, como grabar un disco y hacer una gira", dice.

Los pequeños gatean por la sala de ensayo, uno de ellos ya está aprendiendo a hablar en español. "Venir con los chicos fue bueno porque la gente se acerca más -cuenta Winni-; comenzamos a charlar con los otros padres y así pudimos hacer algunos amigos." Su mujer todavía no está convencida del destino que eligió su compañero, pero lo apoya: "Era importante que vengamos todos porque él tenía que estar un tiempo si quiere aprender el tango auténtico".

Todavía Winni y familia no tienen fecha de regreso a Colonia. El contrabajista no quiere marcharse hasta volver con algunos secretos. "A la gente de acá le llama la atención que un alemán toque tangos, aunque para tocar bien tanguero falta. Cuando sólo tocas las notas no dices nada. Lo importante es el sentimiento. Viviendo un tiempo acá por ahí logro eso."

Made in La Habana

La tonada cubana y alegre de ron contrasta con la seriedad del género tanguero que adoptó como nueva lengua materna. Sin embargo, Pedro Pablo Pedroso siempre se encargó de hacer cosas diferentes de las que marcaba su entorno. Su abuela lo ayudó. "Ella nos anotó en la escuela de música para que no tuviéramos que cumplir las jornadas de campo que se hacían en las otras escuelas", cuenta.

Pedro, a diferencia de sus dos hermanas, eligió el violín. Nunca fue muy estudioso, pero logró entrar en la Filarmónica de Cuba. Tampoco le gustaba la música tradicional, pero tocaba en un trío repertorio para turistas. "Trabajábamos en un hotel, donde también estaba Compay Segundo, él andaba por las mesas tocando su Chan-Chan por un dólar, y ya era una joyita", cuenta.

Por esa época era el más rockero del barrio El Vedado. "Yo estaba en contacto con algunos argentinos que se habían ido a vivir por allá y nos hacían escuchar Seru Giran, Spinetta..." En esa época el músico comenzó a tomar contacto con un costado de la cultura argentina. "En La Habana siempre hubo una relación con lo porteño. Cualquier película argentina por más mala que fuera la íbamos a ver. Para nosotros Eliseo Subiela era una especie de Godard, y Fito Páez, una suerte de Stevie Wonder", se ríe.

Igual lo primero que impulso al violinista a pensar en Buenos Aires, como su nuevo país, no fue ni la música ni la cultura. "Vine tras una mujer", confiesa. Para sobrevivir, el violinista comenzó a tocar en una banda de mariachis con la que ganó sus primeros 50 pesos. Después ingresó en el grupo Vale 4. "Ahora vamos a debutar en Hollywood, porque Robert Duvall nos filmó para una película. ¿Te lo imaginas chico?"

Pero antes tuvo que aprender bastante de la música ciudadana. "Mi peor experiencia fue cuando en medio de "La Yumba" me olvidé el solo, que en mi país sería como olvidarse la letra de "Guantanamera". Fue demoledor, pero sobreviví." Ahora, con 29 años, integra la orquesta El Arranque, tiene un dúo de música electrónica, sigue en la Juan de Dios Filiberto y piensa: "No me puede ir mejor con el tango. Me dio todos mis amigos y ahora sólo falta que un viaje a Japón me permita comprar la casa. Por el momento, no puedo volver a Cuba y uno tiene que tener un lugar en el planeta. Me quedo con Buenos Aires".

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?