Adriana Varela... y olé

Veinte mil personas la ovacionaron en Las Ventas, donde cantó con Sabina
Silvia Pisani
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13 de septiembre de 2000  

MADRID.- Adriana Varela abre la puerta de su habitación en el hotel Reina Victoria, el preferido de los toreros, y está exultante.

Tiene a su alrededor las imágenes de la tauromaquia. Acaba de regresar de la plaza de toros de Las Ventas, en el corazón de Madrid, donde cantó tangos a cielo abierto ante 20.000 personas que la escucharon como invitada en el concierto de Joaquín Sabina.

Ellos no la esperaban. Fue una sorpresa, una picardía de Sabina que terminó en un juego disfrutado por ambos. Al que Varela se sumó -dijo- "con un poco de inconciencia. Porque sin inconciencia ningún artista hace nada".

No sólo los aplausos la siguen. También los toros: la entrevista, nocturna y en hora atípica, es interrumpida por un torero herido de cornada reciente que llega para pedirle que le firme uno de sus discos, de los que tiene la colección completa. "Es que el tango a nosotros nos encanta. Es genuino", dice el hombre, que camina con muletas por el precio del fémur malogrado. No puede creer en su suerte de encontrarla en plena sesión fotográfica. "¿Me firmas?", le pregunta. A cambio, él le deja una foto autografiada en la que se lo ve con traje de luces. Y se retira para seguir mirando desde un rincón.

Varela habla y juega con un abanico. "Todavía no puedo creer lo que pasó", dice feliz, mientras paladea la primera noche de tango que tuvo Las Ventas en todos sus años de mezcla circense y visceral de toros, sangre y espectáculo donde, esta vez ella, con capa negra, fue protagonista.

Ella y -dice Varela- la "pasión de Sabina, que hace lo que se le ocurre e invita a quien se le antoja. Y así fue como en un show con todos los adolescentes gritando, guitarras y baterías... todo se interrumpió de pronto para que empezara una payada y luego, en tono intimista, yo canté cuatro tangos. "Con la frente marchita", en el que Joaquín hizo los coros, fue el último. El estadio se vino abajo".

Cuenta de proyectos inmediatos: dentro de quince días actuará en el Barbican Center, de Londres. Dentro de 25, en Roma. A más largo plazo no hay planes, sino sueños: dice que Sabina quiere componer tangos y que ella los cante. ¿Quién sabe? Es, al menos, el argumento con el que empieza la conversación, mientras Varela fuma cigarrillos rubios.

-¿Y no le hace mal?

-Sí, claro que hace mal. El cigarrillo hace mal.

-Digo... pero Ud. canta. ¿No le afecta la voz?

-Me afecta todo el cuerpo, no sólo la voz. En ese caso, la hace más grave. Y eso al público le encanta. Suena más sensual. Además, soy fonoaudióloga. Ejercí muchos años con pacientes afásicos y conozco todos los trucos para poder respirar mejor. Eso me ayuda.

-De la fonoaudiología al rock, después al tango...

-Son escenarios distintos. Pero en todos hay que saber escuchar.

-Y ahora se escucharán tangos compuestos por Sabina... ¿le parece posible?

-Sabina y yo nos conocemos hace mucho. Y él es un apasionado que quisiera tener orígenes tangueros, haber tenido un padrino como el Polaco Goyeneche. Nos complementamos como lo masculino y lo femenino de una misma cosa.

-¿Y él cómo quiere seguir esa asociación?

-El quiere que sea eterna.

-¿Y usted?

-Yo vivo hoy.

-Entonces... no lo piensa muy en serio.

- Lo tomo como tomo todo en mi vida: sólo por hoy. Lo cual no quiere decir que no quiera que se haga.

-¿Van a componer tangos juntos?

-Ya trabajamos juntos en el pasado. Ahora él está componiendo tangos para mí. Ya escuché algunos.

-¿Y qué le parecieron?

-Escuché sólo algunos. Tiene vergüenza de mostrarme los otros.

-Por lo que escuchó hasta ahora... ¿es una vergüenza razonable?

-No. El es un poeta descarnado, franco. En el tango no hay demagogia ni giros desinteresados. Es algo que a él le fluye naturalmente. Yo siempre le digo que en su anterior vida debió de haber sido argentino, porteño...

-¿Y habrá vivido en San Telmo?

-O en Avellaneda, como yo. Por ahora, está trabajando en los tangos y me los dará cuando tenga todo un poco más organizado.

-¿Cómo eligió los tangos para Las Ventas?

-No los elegí. Sabina los sugirió y yo los acepté. Fue primero una payada, luego un popurrí de "Garganta con arena", en homenaje a Goyeneche, "Afiche", "Mano a mano" -pero con la letra cambiada-, y cerramos con "Con la frente marchita..." Y allí el estadio se vino abajo.

-¿Le dio miedo salir?

-Estaba inconsciente, como soy yo. Si el artista no es un poco inconsciente se convierte en un producto. Y no es lo mismo que ser irresponsable. Esa inconciencia es lo que te permite ser vehículo de lo que está pasando. Si yo tomaba conciencia de lo que es el público en Las Ventas, o de lo que fue hacer La Trastienda en vivo, con Jaime Ross, cantando música rioplatense y los uruguayos mirando... bueno, no salgo al escenario. Pero eso les pasa a todos. Lo único que hay que hacer es ponerse bien, estar lo más seguro posible y meterse dentro de la obra, transitarla.

-¿Y salir cómo?

-¡Ah! Eso es más difícil todavía. Porque el tema no es subir sino bajar del escenario. Te quedás vacía. Y eso que yo tengo la suerte de que mi vida no es el escenario sino mi casa. Esa dualidad me ayuda a no creérmela. Eso y que, por suerte, esto me agarró de adulta. Subir al escenario es una demanda permanente.

-¿Y el aplauso?

-El aplauso también. No es sólo aceptación sino también información de que te piden más y más. De que seas la voz de los sin voz. Y eso hay que bancarlo. Si no, no te subas a un escenario.

Sólo los mediocres

-Y aun así, ¿cuántas veces le dijeron que se callara la boca?

-Muchas. Pero los mediocres. Los grandes me animaron. Toda mi vida fue una misión imposible. Una búsqueda. Mi llegada al tango fue parte de ese proceso. No me cuestionaban los tangueros sino los que pensaban que me había vuelto loca. Que me iba a morir de hambre y que el tango no existía. Los mismos que me decían... ¿pero no es viejo todo eso?

-¿Y?

-Yo busqué la identidad del tango por el lado que no se había mostrado. Que era el lado de los barrios. Ahí están Cadícamo, Contursi, Celedonio Flores, Cátulo Castillo, los Expósito, Manzi. Al tango no hay que cambiarle nada. Ya está. Es un género clásico. Retomar a Manzi es solamente elegir el peso poético del porteño. De aquellos que componían sin tener una industria comercial atrás, de aquellos que podían escribir tranquilos, inspirándose solamente con la bohemia. Hoy... ¿quién escribe un tango nuevo sin ese entorno?

-¿Joaquín Sabina?

-Por eso estuve en Las Ventas... pero es más que eso. El tango ya está. La poesía se renueva, pero lo que es clásico es clásico. El tango no tiene por qué aggiornarse. ¿Quién nos va a escribir algo como esa máxima de Manzi: primero hay que saber sufrir, después amar, después partir, y en el fin, andar sin pensamiento...? Históricamente el tango es éste. Y no pasa de moda. Podrá renovarse su poesía, pero el género ya está hecho, sigue y está vivo. Ahora, si hablamos de que la música, para ser vigente, tiene que ser masiva, ahí se desvirtúa todo. La música masiva es la verdaderamente descartable. Es la que no queda en la historia. Con excepción de los Beatles, que empezaron siendo un grupo underground y después hicieron una revolución en la música. Pero salvo eso, nada masivo queda en la historia.

-Y el tango, ¿qué condición tiene?

-Es popular, no masivo. Y eso significa que es representativo de un pueblo.

-Me pregunto si todos los argentinos son capaces de sentirse identificados con el tango...

- Los argentinos estamos muy confundidos, como los españoles o como los franceses. Pero su música es genuina. Como se demostró en Las Ventas. Lo demás es descartable. Lo genuino es trascendente. Y el tango es eso.

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