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La pareja que cambió de sexo

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8 de septiembre de 2001  

"Extraña pareja femenina", de Neil Simon, en adaptación de Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Intérpretes: Patricia Palmer, Catherine Fulop, Sandra Ballesteros, Divina Gloria, Alejandra Gavilanes, Marisa Vernik, Ernesto Claudio, Miguel Habud. Dirección: Julián Howard. Duración: 110 minutos. En el Lola Membrives.

Nuestra opinión: muy bueno.

¿Cuál es el mérito de reponer una obra conocida en todas sus versiones: femenina, masculina, cinematográfica, teatral, televisiva como "Extraña pareja"? Que entretenga. Y este es el logro alcanzado en la nueva puesta de Julián Howard.

Esta afirmación tiene su punto de partida en la adaptación: ya no se trata de mujeres que se acomodan a un discurso masculino, sino que, ambientadas en Buenos Aires, ellas se lucen con una caracterología netamente porteña, pero también muy femenina, que las hace verosímiles.

El tema sigue siendo el mismo: los roces que provocan una convivencia entre dos amigas totalmente opuestas en sus caracteres, en sus hábitos, en sus modalidades; conflicto matizado con el infaltable comentario sobre las relaciones con el hombre.

La reunión semanal de las amigas desplaza a las cartas de póquer para dar cabida a un juego de mesa de preguntas y respuestas. De esta manera se incorpora el color local con referencias a la realidad cotidiana, mientras se desgranan comentarios sobre las relaciones maritales de algunas de ellas y los conflictos amorosos de otras.

Un mundo femenino que apunta exclusivamente al campo sentimental, dejando de lado el factor laboral, aunque se da a entender que muchas de ellas son profesionales, sin que la actividad tenga algún tipo de peso dramático.

Las dos protagonistas en este caso son Patricia Palmer y Catherine Fulop y cada una de ellas merece un análisis particular.

Patricia Palmer vuelve a demostrar que cuenta con excelentes recursos para componer al personaje con minuciosidad. Su composición de Florencia es toda una creación: mezcla de mogijata, reprimida, tímida y atada a esquemas socialmente ancestrales. Con esta característica es muy fácil caer en el estereotipo y ajustarse a un cliché repetititvo, pero Palmer no cae en la tentación, por el contrario, se arriesga más allá de la machietta y logra conferirle una vida propia muy verosímil. Además, se nota constantemente ese pequeño trabajo de elaboración que enriquece su personaje, aún en esos momentos donde no ocupa el centro de atención.

En su debut teatral, Catherine Fulop parece sentirse muy cómoda sobre el escenario, con una buena proyección de voz y un adecuado desenvolvimiento corporal. Es cierto que hay una pronunciada exposición de su figura -que, por supuesto, tiene atributos para ser exhibida-, pero resulta un recurso excesivo porque su desempeño actoral es muy verosímil y no desentona. En consecuencia, no necesita soportes exhibicionistas.

Las protagonistas no están solas, por el contrario, tienen un buen sustento interpretativo en el resto del elenco.

En el rubro femenino. Alejandra Gavilanes acierta en la composición de su personaje al descubrirle su faceta particular y jugar con ella. Algo similar al trabajo que realiza Marisa Vernik. Ambas confieren a sus criaturas características peculiares de identificación. En cambio, el personaje de Sandra Ballesteros no le ofrece a la actriz una base sólida para apoyarse y crecer, sin que esto desmerezca un correcto desempeño. Divina Gloria, por su parte, en el papel de la policía, no le saca el jugo a este detalle. Es decir, queda registrada su profesión simplemente por el uso del uniforme y no por su actitud frente a los hechos.

En cuanto a la actuación masculina, tanto Miguel Habud como Ernesto Claudio supieron encontrar el molde para componer a los hermanos italianos con total solvencia. Entonces, con una inteligente adaptación, que rescata la riqueza humorística del texto, y con este nivel de interpretación, basta para obtener una propuesta entretenida.

Con ritmo de cronómetro

Pero hay algo más y es la mirada del director. En este sentido, Julián Howard tuvo la habilidad de imponer un ritmo aceitado y preciso. Durante 110 minutos, más allá de alguna flaqueza propia del texto en cuanto a la tensión dramática, el tiempo de la acción se mantiene constante y eso concita la atención del espectador. Además, se nota la cuidada mirada que volcó sobre los actores para explotar el cauce natural para el humor.

Pero simultáneamente diseñó una puesta creativa que le permitió presentar la pieza sin interrupción de intervalo.

No era fácil, pero encontró dos acertadas resoluciones: una, en el diseño escenográfico, que presenta paneles giratorios para transformar el desorden en orden; la otra, al recurrir a dos servidoras de escena, réplicas, en el vestuario y en la peluca, del personaje de Palmer que bajo una luz negra realizan los cambios de utilería.

Resumiendo, Howard aportó a la pieza de Neil Simon una mirada fresca y renovada y con recursos bien utilizados. De esta manera, la pieza alcanza un dinamismo muy particular que agiliza las acciones.

No falta el toque decorativo en el vestuario de los personajes, preciso y variado, sin que llegue a convertirse en un desfile de moda, y en el atractivo diseño escenográfico.

Lo plausible de esta pieza es que el espectador ya sabe lo que le van a contar, pero está en el "cómo" se lo cuentan el éxito del entretenimiento. Y éste se hace sonoro en la risa de una audiencia que por momentos se ve sorprendida por el tono de humor que se impone sin la pretendida intención de jugar a ser gracioso.

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