Dolores: un tramo para la nostalgia

El progreso hizo que un sector otrora esplendoroso de la ruta 2 esté hoy inactivo; recuerdos
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10 de septiembre de 2001  

DOLORES.- El viejo tramo de la Ruta 2 quedó en una postal que no se vende; en fotos de un tiempo que se fue, dejando inmóvil el camino, saqueando interiores, perforando techos y derribando pedazos de paredes.

Por momentos, el silencio apesadumbra pero no interfiere en el recuerdo y, entonces, llega la nostalgia. Y desde el pavimento que casi nadie transita pueden verse aquellas imágenes con automóviles circulando en fila. Un camión de la empresa Rabbione sigue de largo y desde un ómnibus de El Cóndor bajan turistas. El humo de las parrillas llega hasta las banquinas y la tentación es inevitable. Todo está listo para seguir, para desandar la otra mitad del camino a Mar del Plata.

Pero regresa el silencio, el tiempo se lleva el ruido y queda la melancolía: hace unos años la ruta 2 se apartó de ese camino, la doble mano se fue por el oeste de la ciudad y dejó dos kilómetros vacíos, ruinas, vestigios de una época floreciente que daba para que viviesen 500 familias.

"Fue en Semana Santa. Estábamos todos esperando y tenía preparados 30 asados y 100 kilos de pan, pero no pasó más nadie", dice Carlos Ibáñez, que arrendó durante 28 años la parrilla El Reloj. Ibáñez anda en bicicleta por esa ruta que hoy se llama Carlos Gardel. "El pan que sobró en el pueblo debió alcanzar para un mes", cuenta con una sonrisa de esas que esconden una antigua resignación, mientras se despide.

Mojón en el camino

La historia recuerda que la ruta llegó a Dolores en 1938, 121 años después de su fundación. De a poco, los comerciantes se fueron instalando a sus costados y una década más tarde Dolores se había convertido en un mojón ineludible en el camino.

Cómo no recordar esos locales si después de La Edith (Sévigné), en donde se detenía Micromar, aparecían las tejas coloradas de Los Sauquitos, sin duda, el más agradable y elegante comedor de ese destino.

Muros blancos, madera oscura y el arte de la buena mesa eran un clásico del restaurante de Pirolo Repetto, pero los que andaban con apuro encontraban allí todo un anticipo de lo que podían comer en Playa Grande.

Es que los pebetes de jamón y queso de Los Sauquitos eran inolvidables. El pan lo proveía la familia Locattelli, que con un apellido relacionado con los productos de panadería, cocinaba la mejor masa del pueblo. Incluso, abastecían al Hotel Toscano, tan recordado en los tiempos viejos por quienes todavía pernoctaban en Dolores antes de continuar lo que entonces era un largo viaje.

Tras cruzar el puente del Canal 9, aparecía La Posta, que reunía más movimiento, y en donde los choferes de la Costera Criolla, El Cóndor y Río de la Plata anunciaban: "¡Paramos 20 minutos!". Por allí pasaban alrededor de 150 ómnibus por día y se vendían no menos de 4500 sándwiches.

"El negocio de Villar, La Posta, era completo", cuenta Guillermo Cazeaux, martillero judicial que tuvo allí un quiosco de diarios. "El cartel de Ford que estaba en el terreno pagaba todos los gastos y le daba sombra a los chanchos, y los desperdicios también se aprovechaban." Hoy, de La Posta sólo queda la marquesina de colores.

Por entonces, enseguida se divisaba la estación Isaura, frente a la YPF y El Reloj, que vendía más de 30 docenas de medialunas en el desayuno. Después, venía la Esso, en donde despachaba nafta un estudiante de derecho que hoy es juez y tuvo a su cargo la causa por el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas: José Luis Macchi.

Allí estaba El Mirador, que, además de hotel, fue una de las primeras construcciones junto con La Edith, Los Sauquitos, La Estrella del Camino, el ACA y Al Ver Verás. Ahora, desde El Mirador, ya no se puede ver nada: su torre desapareció.

La Tuerca, Los Pescadores y Aloy, eran otras tantas parrillas y, entre éstas, se encontraba Los Pinos, de los Peralta: prolija, amena y de categoría. Llegando al cruce con la ruta 63, todavía está el edificio de La Estrella del Camino -de los Cremonte-, un lugar que ofrecía de todo y vendía un millón de litros de nafta por temporada. Hoy, sus surtidores también están secos.

Cruzando esa ruta, todavía permanece abierto Carlitos, uno de los mejores restaurantes de Dolores, que pertenece a Carlos Kiricos. "Abrí hace 43 años, pero cuando desviaron el camino las ventas cayeron un 70 por ciento. Es que la ruta estaba incorporada a Dolores. Yo cerré la estación e incorporé la venta de artículos rurales y así fui suplementando el negocio con otras actividades", dice.

También con mejor suerte y porque estaban ubicados hacia el Sur, en donde la traza permitió el paso de la autopista, se observa el Automóvil Club y Al Ver Verás, otro de los clásicos y pioneros que puso en funcionamiento Elías Martínez.

Con demoras, llegó la autopista, necesaria, pero cerca de la ciudad un viejo tramo de ruta quedó en silencio y sólo recibe las visitas de algunos enamorados. Será por eso que la inventiva criolla ya la denominó "villa cariño", aunque en realidad se llame Carlos Gardel y, para los nostálgicos que la recorren en alguna tarde de domingo, siga siendo el tramo más querido de la ruta 2.

Una ciudad con historia

  • DOLORES (De un enviado especial).- Fue la patrona del pueblo, la Virgen de Dolores, la que dio el nombre a esta ciudad cuando en 1817 la fundaron y la denominaron Primer Pueblo Patrio por haber nacido después del Congreso de Tucumán. Dolores fue por muchos años punta de riel y, antes de que llegaran el ferrocarril y el pavimento, las cargas se acercaban desde Buenos Aires en barcazas. Así crecieron las estancias Bella Vista, La Postrera o Dos Talas. Desde 1853, la comunidad agropecuaria sumó la judicial: se convirtió en cabecera de la zona sur y se instaló la cárcel. Casos como el de Guillermo Cóppola o el asesinato de José Luis Cabezas pusieron a Dolores en boca de todo el país. La ciudad albergó entonces a más de 100 periodistas durante no menos de un año.
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