Lo que nunca se dijo del secuestro de Macri

Gustavo Carabajal
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10 de septiembre de 2001  

Mauricio Macri apenas cabía en el ataúd que le habían preparado. Luego de pelear con los tres delincuentes que lo sorprendieron cuando llegaba a su casa, y después de que uno de ellos le pegó un puñetazo en la cara y otro lo tomó del cuello por atrás, el empresario advirtió que no se trataba de un simple robo. Confirmar tal presunción le llevó unos pocos segundos.

Macri apenas podía respirar dentro del féretro fijado a la parte trasera de una combi Volkswagen blanca hacia la que lo habían empujado.

Casi en una sola acción, le vendaron los ojos, le pusieron una capucha en la cabeza, le sacaron el traje beige y el reloj que llevaba y ataron sus manos con alambre y cinta adhesiva.

Una vez que estuvo inmovilizado dentro del cajón, dos de los delincuentes cerraron el ataúd y se sentaron sobre la tapa, mientras el tercero puso en marcha la camioneta.

Era la 1.15 del 24 de agosto de 1991 y Mauricio Macri, hijo de Franco Macri, uno de los hombres más poderosos del país, acababa de ser secuestrado en la puerta de su casa de Tagle 2804, frente a una calle lateral a ATC, uno de los barrios más elegantes de Buenos Aires.

El actual presidente de Boca Juniors nunca accedió a brindar mayores detalles sobre cómo fueron esos doce días que pasó cautivo en "la caja", tal como los secuestradores denominaban la habitación de tres metros por dos construida en el sótano de la casona de Garay 2882, con un inodoro químico y con un hueco de 20 centímetros de diámetro en el techo, por el que le pasaban la comida.

LA NACION intentó hablar con Macri y con personas de su entorno para indagar cómo fueron las negociaciones y los días en cautiverio del hombre de negocios. Todos dijeron que "de ese tema no se habla".

No obstante, casi diez años después, se conocieron detalles inéditos del secuestro de Mauricio Macri, que constan en la causa judicial a la que LA NACION tuvo acceso.

El 6 del mes último, nueve de los once acusados de participar en el secuestro de Macri fueron condenados por el juez federal Rodolfo Canicoba Corral a penas que oscilan entre prisión perpetua y 10 años de cárcel.

Fue el final de las actividades de la denominada "banda de los comisarios", llamada así porque estaba integrada por varios integrantes de la Policía Federal, entre los que figuraban dos oficiales superiores.

Además del caso Macri, la organización fue condenada por los secuestros de Karina Werthein, integrante de una familia de banqueros, y de los empresarios Julio Ducdoc, Roberto Apstein y Sergio Meller.

Media hora en un ataúd

Semidesnudo, sin poder moverse, con los ojos vendados y con las manos hacia adelante en posición de rezo, Macri pasó poco más de media hora dentro del cajón de muerto, camino a su lugar de confinamiento.

En un momento, escuchó que el motor de la camioneta en la que lo llevaban se detuvo, seguido del sonido producido por un portón que se abre y se cierra. Entonces, lo sacaron del féretro.

Según consta en la causa, tras recuperar su libertad Macri relató al juez Nerio Bonifati que se sintió ahogado por la sensación de encierro en el cajón. Dijo también que, por momentos, incluso le faltó el aire dentro del ataúd.

"Siempre vendado, me sacaron del ataúd y me llevaron caminando por la casa. Luego, abrieron una puerta y me arrojaron sobre una cama. Allí me colocaron unas cadenas en los tobillos, que estaban unidas a otra sujeta al suelo", dijo entonces el ejecutivo de Socma a Bonifati.

Esa cadena estaba soldada a un perfil de de hierro que pasaba por debajo del piso de madera. Esto limitaba los movimientos de Macri. Para que no intentara escapar, los secuestradores fijaron la cadena con un tornillo apretado y remachado.

Además, en el cuarto había una alfombra de tipo persa en el piso, dos luces empotradas en la pared con los cables a la vista, un televisor en el que pudo ver los cinco canales de la Capital Federal -aunque dijo que el Canal 2 tenía mejor imagen-, un catre con dos sábanas, una pileta empotrada en la pared, una mesa y una silla.

Macri pasó allí doce días de cautiverio. El empresario Sergio Meller, secuestrado por la misma banda, vivió cuatro meses en "la caja", hasta que su familia pagó los 4.000.000 de dólares que la organización delictiva pedía para liberarlo sano y salvo.

Según relató a LA NACION un veterano investigador policial que participó del caso, Meller tuvo que subirse a una silla, primero, y a la mesa después, cuando el sótano en el que estaba cautivo se inundó a raíz de la tormenta que azotó a la ciudad de Buenos Aires en enero de 1985.

Aunque Mauricio Macri no se lo dijo al juez ni lo admitió públicamente jamás, en la causa judicial consta que sus secuestradores lo sometieron a torturas psicológicas y que, incluso, lo interrogaron.

En sus días de cautiverio, Macri comió el alimento que los delincuentes le alcanzaban en una bolsa de nylon, a través de un tubo especialmente ubicado en el techo de la habitación. Siempre se trataba de comida comprada en alguna rotisería de la zona adyacente a la esquina de Garay y Chiclana, en el barrio de Parque de los Patricios.

Según consta en la causa, el empresario vivió con incertidumbre esos días, entre las amenazas de que lo iban a matar y los intentos por escuchar, a través del tubo en el techo, qué decían sus secuestradores.

Durante ese tiempo, Macri estuvo enfermo y tuvieron que darle antibióticos. Además, los secuestradores le encargaron que grabara los mensajes para negociar con su padre, Franco, el pago del rescate.

Fuentes de la investigación aseguraron a LA NACION que durante las negociaciones entre los secuestradores y el padre de Mauricio la única voz que se escuchó fue la de la víctima. Los delincuentes redactaron sus exigencias en una carta que luego hicieron grabar a la víctima.

"Habla Mauricio Macri, con mi padre por favor..." La frase se repetía una y otra vez hasta que Franco Macri contestaba. Del otro lado de la línea, uno de los secuestradores manejaba el radiograbador y sólo asentía o rechazaba la propuesta del hombre de negocios.

Pelea en el seno de la banda

Según consta en la causa, hubo un momento en el que los secuestradores se pusieron nerviosos y estuvieron a punto de cortar las comunicaciones con la familia Macri.

Fue al sexto día del secuestro cuando la presión de tener a toda la policía encima y la conmoción que se generó cuando el hecho tomó estado público causó una serie de enfrentamientos entre los integrantes de la banda. Por un lado, estaban aquellos que querían liberar a Macri sin esperar el rescate; por otro, los más duros del grupo, que querían el dinero a toda costa.

Después de tanta incertidumbre, el 5 de septiembre, a las 21.30, abrieron la puerta del lugar de cautiverio. Ingresó uno de los delincuentes, le vendó los ojos a Macri, le sacó la cadena y le entregó un jogging para que se vistiera.

Lo obligaron a meterse dentro del baúl de un automóvil, el que luego de 45 minutos detuvo la marcha; el secuestrador con el que tuvo más diálogo -al que conoció como Mario- lo ayudó a bajar del baúl del Dodge 1500. Se saludaron y el delincuente le entregó plata para el taxi y algunos cospeles de teléfono.

El secuestrador le dijo que se mordiera las ataduras de las manos, que así se desprenderían, y que luego de diez minutos se quitara la venda de los ojos. Macri se quedó sentado en un cordón mientras el vehículo con los secuestradores partía.

Estaba a pocas cuadras de la cancha del Deportivo Español, en un descampado situado cerca del cruce de Dellepiane y la autopista Riccheri. Los secuestradores le pidieron que dijera que lo habían abandonado en Lomas de Zamora.

Entonces, Macri caminó hasta donde había luces y tomó un taxi hasta la casa de una amiga, situada en Florida y Paraguay. Eran las 2 del 5 de septiembre de 1991 cuando llegó.

Dos días antes, su padre había pagado los US$ 6.000.000 por su liberación, tal como había pactado con los secuestradores. Franco Macri estuvo 48 horas sin saber de su hijo a pesar de haber pagado el rescate.

Dos meses después, y merced a una investigación realizada por la División Defraudaciones y Estafas de la Policía Federal, fue desbaratada la banda de los comisarios y se halló parte del dinero pagado por el rescate, unos 2.400.000 dólares.

Franco Macri había ordenado que se microfilmaran los billetes antes de entregárselos a los secuestradores, por si se recuperaban.

Entre todas las diligencias y operativos realizados por la policía para capturar a los secuestradores se allanó una vivienda situada en la esquina de Constitución y La Rioja.

Allí, convocado por los investigadores para ver si reconocía algunos de los elementos secuestrados en la casa que pertenecía a uno de los secuestradores, Mauricio Macri halló el televisor y vio nuevamente el ataúd en el que lo habían metido segundos después de haberlo secuestrado.

No existió un entregador

Según se desprende de los relatos de los integrantes de la denominada "banda de los comisarios", en el secuestro de Macri no existió la figura del entregador, sino que toda la información sobre los movimientos de la víctima fue conseguida por los propios malvivientes.

"No hubo un entregador, porque se trataba de una figura pública. Sus movimientos eran conocidos por mucha gente, era fácil seguirlo por la calle. Que casi todos los secuestradores fueran policías facilitó que consiguieran información sobre él", dijo a LA NACION uno de los detectives que investigaron el caso.

"En principio, se creyó que el lugar más conveniente para levantarlo sería en la esquina de Florida y Paraguay, donde tenía un departamento. Después, coincidimos en que debíamos secuestrarlo en su domicilio particular, cerca de la esquina de Figueroa Alcorta y Tagle", le dijo Juan Bayarri, sargento de la Policía Federal, al juez Nerio Bonifati.

"El secuestro se haría el 20 de agosto de 1991, pero Macri empezó a aparecer con una mujer por su casa. Finalmente, se concretó entre el 23 y el 24 de agosto. Lo esperamos con Ahmed en un Fiat 600", señaló Bayarri.

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