Suscriptor digital

Iglesias fue un actor de raza

Su gran ductilidad le permitía alternar comedia con tragedia
(0)
18 de octubre de 2001  

"Yo soy actor, me siento actor y quiero entrañablemente esta profesión", así se definía orgullosamente Alfredo Iglesias. No le faltaban motivos. Desde su inicio en las tablas, guiado por una vocación que alcanzó una sólida formación, fue fogueándose en el arduo trajinar del teatro independiente.

Era lo que antiguamente se denominaba un actor de carácter. Una presencia insoslayable que se hacía imprescindible a la hora de mostrar sólidos recursos actorales para sostener la composición del resto del elenco.

La ductilidad le permitía alternar la cuerda dramática tanto como la comedia. Podía encarar al padre severo que no perdonaba debilidades como encarar la solemnidad de un prócer. Fue una gran figura del teatro y la televisión y, por su voz, grave y profunda, también sobresalía en la radio, donde nunca faltaba a una convocatoria de "Las dos carátulas". Entre las últimas emisiones actuó en "Pájaro de barro", de Samuel Eichelbaum, y "Juancito de la Ribera", de Alberto Vacarezza.

No faltó su participación en el cine, recordándose su trabajo en "Bajo el signo de la patria", dirigida por René Mugica.

Pero sin lugar a dudas, como él mismo decía, su elemento natural era el teatro.

Dos veces fue premiado como el mejor actor: en 1959, por su trabajo en "María Estuardo", de Schiller, dirigida por Osvaldo Fessler; y en 1968, "La resistible ascensión de Arturo Ui", de Brecht, dirigida por Manuel Iedvabni.

Y así siguió sumando títulos de envergadura: "Hamlet", dirigido por Miguel Bebán; "El burlador de Sevilla", de Tirso, dirigido por Jorge Petraglia; "Las tres hermanas", de Chejov; con dirección de Armando Discépolo; "La novia de los forasteros", de Pedro E, Pico, con dirección de Esteban Serrador; "La escuela del escándalo", de Richard B. Sheridan, dirigida por Pedro Escudero; "Fuego en el rastrojo", de Roberto Payró, con dirección de Discépolo; "La profesión de la señora Warren", de Shaw, dirigida por Orestes Caviglia, e "Israfel", de Abelardo Castillo, dirigida por Inda Ledesma.

Entre sus últimos trabajos se destacan "Las alegres mujeres de Shakespeare" (1999), una versión de "Las alegres comadres de Windsor", de Shakespeare, dirigida por Claudio Hochman. La última presentación en teatro fue con "¡Jettatore!"(2000), de Gregorio de Laferrére, con dirección de Javier Portales.

Hasta último momento siguió al frente del teatro Regio, en el cargo de director artístico, luchando por llevar adelante una sala que se empeñó en revalorizar.

Dirigente de bancarios y de artistas

Alfredo Iglesias había nacido en Avellaneda, en 1927, y ya desde joven mostró inquietudes por la escena teatral. Eran tiempos difíciles donde vivir de la profesión de actor para muchos era un lujo. Por eso no renegó de su actividad bancaria, la que alternaba con su vocación teatral. Pero, después de años de perseverancia, en 1960 se profesionalizó.

A pesar de trabajar simultáneamente en teatro, cine y televisión, hubo otras responsabilidades que Iglesias no quiso rechazar. A la pasión teatral sumó la política: fue dirigente gremial. Sus inquietudes sociales lo llevaron a militar en la Asociación Bancaria, un antecedente que sin lugar a dudas iba a prenunciar su permanente actividad en la Asociación Argentina de Actores.

Director del Regio

Una de las mayores satisfacciones que alcanzó en su carrera fue ser nombrado director del teatro Regio, cargo que después fue confirmado cuando el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires incorporó esa sala al Complejo Teatral de Buenos Aires, que dirige Kive Staiff.

La enfermedad lo alejó de su despacho, pero no de sus obligaciones. La preocupación por definir el perfil del teatro Regio, dedicado a obras nacionales, realzó esa preocupación que siempre manifestó por el teatro argentino.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?