VITO DUMAS

El navegante olvidado
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26 de septiembre de 2000  

Hoy se cumple el centenario del nacimiento del navegante más grande de todos los tiempos. Se llamaba Vito Dumas. En su obra "Los cuarenta bramadores" ha narrado de manera escueta su autobiografía. El título recuerda el ruido de sierra cortando madera que tienen los vientos del paralelo 40 de latitud Sur, que fue su itinerario para dar la vuelta al mundo.

Hijo de clase media acomodada, sus padres perdieron la fortuna y el joven Vito tuvo que salir a trabajar cuando estudiaba el secundario. Dijo: "(...) Tuve que limpiar pisos, hacer mandados, lustrar chapas de bronce de algún negocio (...)". Su amor a la navegación le vino desde jovencito porque tenía un sexto sentido desarrollado de marino auténtico, desde captar los vientos, llevar el rumbo, hasta convivir con el agua. Así hizo la hazaña de viajar solitario en un barquichuelo de nueve metros sin instrumentos, desde El Havre (Francia) hasta Buenos Aires, lo que fue, desde ya una hazaña que había quedado grabada para siempre en las multitudes que lo esperaban en los puertos, con la emoción de ver a un verdadero héroe moderno.

Acorralado por la situación económica, compró un campito barato y cambió su barco por un tractor. El se hacía agricultor para vivir y, así, se autoconvenció, pero mientras pasaba el tiempo y trabajaba la tierra, iba creciendo otra vez en su ánimo la necesidad de navegar. Un día se decidió y se fue del campo. Dijo: "(É) No quise mirar para atrás. Bajé la tranquera".

Todos recordaban sus hazañas, nadie lo había olvidado. Recuperó el barco con la ayuda económica de los amigos, era el Lehg II, de nueve metros de eslora y dos mástiles, construido en Francia en 1918 con el que se disponía a ¡dar la vuelta al mundo! Barco marinero, en 1937, en la costa de Santa Catarina, Brasil, había dado vuelta de campana ¡y había salido adelante!

Para partir recibió ayuda de una legión de amigos y de otros tantos desconocidos. Manos queridas o manos anónimas le llevaron vituallas para un año (no tenía motor y por lo tanto no había heladera ni alimentos frescos), muestras gratis de medicamentos, herramientas ropa para el frío y el calor, pequeños enseres, latas para el agua e infinitas cosas. Cuando llegó el momento de la partida, su amigo Bruzzi le preguntó en confianza: "¿Cuánto dinero lleva?" Miró el bolsillo: tenía solamente diez pesos. Entonces le preguntó: "¿Y con eso quiere dar la vuelta al mundo?". Recibió refuerzos y todo lo necesario hasta último momento. El 27 de junio, a las 13 horas y 5 minutos, partió. A los doscientos metros del muelle saludó a la enorme multitud que lo despedía en Retiro y expresó con honda emoción: "¡Adiós Patria!" Era la primera vez en la historia que un hombre solo y sin otra cosa que su casco y sus velas iba a dar la vuelta al mundo por una de las rutas más peligrosas.

Inmensas montañas de agua, el barco en la cresta de una ola de quince metros o en un pozo de otros quince metros, rodeado de masas de agua, día y noche, estudiando los vientos , aferrado al timón, tal era su vida a bordo. Cierta vez debió atarse al mismo durante tres días y tres noches para no perder el rumbo; en otra oportunidad una herida infectada le hinchó un brazo. El dolor era intenso, la fiebre también. Tambaleaba. No existían los antibióticos, pero logró darse una inyección de antipirético, tras varios intentos infructuosos y otro tanto al día siguiente. Y al otro. Pensó ya muy seriamente en amputarse el brazo, cuando la infección cedió.

Después de cincuenta y cinco días de navegación, sin consumir alimentos frescos ni escuchar la voz humana, llegó a Sudáfrica. Por primera vez alguien había cruzado el Atlántico solitariamente. Se lanzó al océano Indico donde pasó ciento cuatro días en el mar, comenzó a sufrir el escorbuto, cedían sus fuerzas, mientras reparaba las averías de su barco. Llegó a Nueva Zelanda el 27 de diciembre. La gente que lo recibió no lo podía creer. Desde allí se lanzó a Valparaíso, Chile. ¡Y cruzó el Pacífico! Sus amigos le advirtieron sobre el enorme peligro del cruce solitario del cabo de Hornos, pero nada lo detuvo. Dice: "Estoy en la ruta de la muerte (...). El viento y el mar son fuertes (...), se apaga mi lámpara (...), un fuerte golpe me arroja contra un mamparo (...)" y le rompe el tabique de la nariz. Agrega: "He pagado barato mi precio por tal osadía (...)".

Así, de este modo, llegó de regreso a Mar del Plata y, tras nuevas vicisitudes, a Buenos Aires. Había hecho una hazaña irrepetible. Algunos navegantes solitarios posteriores lo lograron con más comodidades y con el auxilio tecnológico de un radiogoniómetro, transmisores, protección aérea y otras cosas. Dumas estaba solo, absolutamente solo, lo que lo llevó a decir antes de entrar en las aguas mansas del puerto de Buenos Aires: "Dios me prodiga esta paz y guía a los puertos del mundo a todos los marinos que navegan como huérfanos en la inmensidad de los mares".

Vito Dumas, arquetipo de habilidad, de coraje increíble, de tenacidad y, sobre todo, de idealismo. Fue el ejemplo en procurar vencer las contingencias de la naturaleza, para obtener con su voluntad los más nobles propósitos. Hoy está olvidado. El más grande navegante de todos los tiempos, reconocido como tal por las naciones marineras como Portugal, Noruega, Suecia, Inglaterra, Estados Unidos y otras, y orgullo de nuestro país, que lo vio nacer, merece tener una estatua y reconocimiento público en Buenos Aires. Porque los pueblos que olvidan a sus grandes hombres no tienen destino.

El autor es director del Museo Histórico Nacional

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