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Pichot: entre los tobas, de la solidaridad al asombro

Visitó la Comunidad de Derqui, para dar una mano, y se encontró con un sorprendente reconocimiento, para él y para su deporte
Daniel Arcucci
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5 de diciembre de 2001  

¡Por poco no les ganamos, por poco! Pero, ¡ya les vamos a ganar!”. Timoteo lanzó la pala con la que estaba trabajando sobre la tierra árida, clavándola en ella con maestría, levantó los brazos al cielo como si festejara un gol y dejó aparecer en el medio de su cara morena la blancura de sus dientes en forma de sonrisa. No encontró una manera mejor para recibir al visitante ilustre, Agustín Pichot.

Timoteo es toba, uno más de los casi dos centenares que viven en la Comunidad Toba de Derqui, al norte del Gran Buenos Aires, un poco más allá de donde la explosión demográfica argentina, según el último censo, puso de moda a Pilar. Más allá en muchos sentidos, claro, si se tiene en cuenta la constante lucha de estos grupos aborígenes de nuestro suelo para mantener vivas sus costumbres y al mismo tiempo no quedar al margen del sistema.

A veces, como en este caso, lo logran. Y así es como se dan estas escenas impensadas: como que el más notorio de los jugadores de estos Pumas de hoy sea inmediatamente reconocido por uno de ésos hombres que cualquier preconcepto ubicaría en las antípodas del rugby, reaccionando como lo haría el más fanático del deporte ovalado, al recordar –sin lamento, con admiración– la gesta de un par de días antes, cuando el equipo argentino cayó... “por poco” antes los poderosos All Blacks.

No se imaginaba Pichot un recibimiento así, en aquel lugar, y por eso le preguntó, incrédulo también ante el hecho de que su sola presencia ya fuera vinculada con el acontecimiento.

–¿En serio les gusta el rugby?

–Y claro, ¿cómo no nos va a gustar? Y más ahora, que estamos mejor: antes perdimos por sesenta contra éstos, ahora quedamos a cuatro.

Agustín casi cayó de espaldas, como si le hubiera pasado por encima el pack neozelandés entero.

Para llegar hasta allí, había madrugado. Arrancó temprano ayer desde la casa de su hermano Enrique, en Tigre, llevó en su flamante Peugeot 307 negro a su mujer, Florencia, y a su pequeña beba, Valentina, y partió para llegar puntualmente a las 9 al Village de Pilar, punto de encuentro antes de encarar el último tramo del trayecto, que implicaba dejar atrás la autopista, la estación Derqui y meterse en caminos ya rurales hasta divisar las casitas humildes y parejas de la Comunidad, rodeadas por un alambrado, justo enfrente de una de las sedes del Colegio Cardenal Copello, al que también asisten los chicos de las familias aborígenes.

Y no era un día más ni sencillo, para él. Tras el partido de los Pumas contra los All Blacks había cumplido con todos los compromisos que su imagen le obliga y ni siquiera la inminencia de su regreso a Inglaterra –ayer mismo, poco después del mediodía– le impediría hacerlo con éste, quizás el más importante para él. Generalmente no se sabe –porque Agustín no quiere que se sepa– pero cada viaje implica una actividad de este tipo: cuando el test match contra Italia había sido una visita al Hospital de Niños de La Plata; esta vez, acompañado y respaldado por la gente de Adidas, marca de la cual Agustín es una de las caras fundamentales, la cuestión pasaba por entregar en la comunidad varias cajas con zapatillas. Y pelotas.

Justo lo que necesitaban, según le comentaron, casi al unísono, el cacique saliente, Clemente López, y el flamante, Valentín Moreno. “Tenemos una canchita”, le dijeron. “Pero a los chicos les está faltando desde hace un tiempo con qué jugar. Hasta al intendente le hemos pedido”. Bastó una mirada de Agustín para que alguien comenzara a hurgar en las cajas, que ya habían sido bajadas del flete. Y allí estaban, relucientes, varias pelotas: una, fosforescente y redonda, fue a parar naturalmente a las manos de los chicos; y la otra, curiosamente, también: era blanca y... ovalada.

“¿Cómo se pasa?”, se animó a preguntarle uno. “Así, vení que te muestro”, le contestó él. Divisó a unos metros la canchita de fútbol, pelada pero con arcos de hierro, y los invitó a caminar hasta allí. Y después de un par de pases, de frente y de revés, de ésos tan característicos en él, se animó con el compromiso: “Ya que Timoteo conoce el juego, por lo que me contó, que él les enseñe. Y les prometo que yo, cuando venga a Buenos Aires, me voy a dar una vuelta para ver cuánto aprendieron... En serio, ¿eh?, miren que cuando yo me comprometo, cumplo”.

Todos asintieron, con humilde entusiasmo. Y lo invitaron a pasar a la obra en construcción, con techo de chapa a dos aguas y paredes de ladrillo, justo al lado de la canchita: “Este va a ser nuestro centro cultural. Y también queremos tener una foto suya de esta visita. Nunca antes había venido a vernos alguien tan famoso como usted”, le dijo el cacique que, como los demás, ya le había entregado de regalo un arco con sus flechas y varias artesanías hechas en barro.

A esa altura, vencida la típica timidez de esa gente alguna vez obligada a dejar sus orígenes, allá en el Chaco y en Formosa, ya todos se animaban a acercarse a ese hombre al que unos días antes habían visto enfrentar a mastodontes vestidos de negro y la noche anterior divertirse con Marcelo Tinelli, todo a través de la tele. El, mientras tanto, seguía firmando autógrafos, uno detrás del otro, sin mirar el reloj que lo apretaba cada vez más, hasta obligarlo a partir hacia Ezeiza casi sin escalas.

Timoteo, el que lo habá recibido al grito de “Por poco” permanecía cerca y, cada vez que podía, metía una pregunta sobre el juego, hasta que llegó la despedida. Entonces, Agustín le dijo: “No te olvides, ¿eh?, tenemos un compromiso”. Y agregó, para todos, dejando claro quién había aprendido más en aquella mañana soleada de Derqui: “Nos vemos en cualquier momento y... ¡muchas gracias”, los saludó Agustín.

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