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Las calles porteñas, invadidas por el desborde popular

Hubo saqueos en seis supermercados
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20 de diciembre de 2001  

La ciudad de Buenos Aires fue alcanzada ayer por una oleada de saqueos que causó seis heridos e innumerables pérdidas económicas.

Los negocios de venta de alimentos no fueron el único blanco: casas de electrodomésticos y de indumentaria fueron atacadas por vándalos sin que la policía interviniera a tiempo.

En muchos casos, a pesar de la presencia de niños y mujeres entre las personas que reclamaban comida, se produjeron enfrentamientos con los agentes de seguridad. En más de una oportunidad la policía llegó cuando los comercios estaban vacíos y sus dueños inmersos en crisis de llanto.

Las grandes cadenas de supermercados optaron por llegar a acuerdos con estos grupos y entregar bolsas de comida para apaciguar los ánimos y evitar irrupciones violentas.

Coto llenó un camión con mercadería, puso a unos empleados en la caja del vehículo y arrojó las bolsas sobre cientos de brazos. Se vieron escenas de policías y saqueadores pugnando por un corte de carne que finalmente quedó tirado en el suelo.

En el barrio de Constitución se produjeron graves incidentes cuando unas 70 personas intentaron ingresar en dos supermercados. Hubo diez detenidos y un policía herido.

A las 14.30 los comercios de la zona cerraron sus persianas. Un grupo de manifestantes se instaló frente al supermercado Coto, en Lima Oeste al 1500, frente a plaza Constitución, y otros se dirigieron a un local de la cadena Día, en Salta al 1400.

Pedían alimentos e insultaban a los policías que montaban guardia. Mientras arrojaban piedras, forzaron la persiana del supermercado Día y pudieron abrirla parcialmente e ingresaron en el local, aunque fueron retirados por personal policial.

A las 16.30, tras una serie de avances y corridas, la policía arrojó gases lacrimógenos y balas de goma contra la multitud, que se dispersó. Una hora más tarde el grupo volvió a reunirse frente al Coto y comenzó a arrojar piedras. Fue repelido por otra andanada de gases y balas de goma

En Villa Lugano, al sur de la ciudad, fueron saqueados seis autoservicios a lo largo del día. Y al cierre de esta edición, un e-mail firmado por "los vecinos autoconvocados de la Villa 20" informaba sobre el inminente saqueo del supermercado Jumbo situado en avenida Cruz y Escalada.

Según informaron fuentes policiales, los atracos comenzaron cerca del mediodía y cuatro personas fueron detenidas en la comisaría 48a. a causa de los disturbios.

Todo comenzó cuando cientos de manifestantes que reclamaban alimentos rodearon el supermercado La Amistad, en Piedrabuena y 2 de Abril, frente a un barrio de monoblocks. Antes de las 16 comenzaron los forcejeos y los insultos hasta que las puertas y persianas cedieron a fuerza de empujones.

El lugar estaba lleno de policías que deambulaban entre la gente con armas de grueso calibre y chalecos antibalas. La orden que habían recibido los agentes fue de no reprimir, sino "cuidar" que el saqueo fuera ordenado. Léase, que no hubiera daños físicos ni materiales.

Batalla campal en Lugano

Igualmente, en el interior del supermercado se desató una batalla campal. La lucha por un sachet de leche, por una lata de arvejas, por un paquete de pan era descarnada. Todos querían todo, y en pocos minutos se las arreglaron para abrirse paso entre la multitud y seleccionar los alimentos, casi como si estuvieran haciendo las compras.

"Andá, volvé a buscar papel higiénico", le ordenó una mujer de unos 40 años a su hijo. El niño regresó arrastrando varias bolsas y se volvió a sumergir entre la multitud.

Las entradas parecían un hormiguero. Afuera había quienes los esperaban con grandes bolsas para hacer el acopio. Después, desaparecían entre los monoblocks del denominado barrio Piedrabuena.

El constante entrar y salir dejó un reguero de comida en la vereda. La escena mostraba lo peor de la miseria humana. Mientras cuatro perros se hacían una fiesta con los desperdicios, una mujer intentaba ahuyentarlos para disputarles el botín.

A pocos metros, Alicia Pardo levantaba un paquete de harina roto, unas manzanas desperdigadas y una botella de agua mineral, para guardarlos en su cartera. "Esto es una barbaridad. No estoy de acuerdo con los saqueos. Sólo junto la comida de la calle. Pero entrar a sacar cosas, no. Eso es robar", dijo, entre la vergüenza y el hambre.

Sentada en el cordón, una joven de trenzas y ojos colorados miraba atónita e incrédula aquel panorama. Es repositora. "Este mes no cobramos el sueldo. Ahora ya ni tengo trabajo", lloraba desesperada.

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