La idea del argentino, cada vez más lejos

Hacienda no la comparte; la tercera moneda sería reemplazada por nuevas emisiones de Lecop, por unos 3000 millones
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30 de diciembre de 2001  

Una moneda que murió antes de nacer. Así podría quedar en la historia la tercera moneda, el argentino.

Hasta el viernes, su suerte parecía echada y ayer casi se confirmó su prematuro deceso, según confesaron las autoridades del Palacio de Hacienda ante un grupo de diez economistas convocados por la tarde, a los que se sumaron el ministro del Interior, Rodolfo Gabrielli, y los diputados justicialistas Jorge Remes Lenicov y Jorge Matzkin.

El secretario de Hacienda, Finanzas e Ingresos Públicos, Rodolfo Frigeri, les dijo que el proyecto del argentino jamás le perteneció y que el alejamiento del gobierno del padre de la criatura (el fugaz presidente del Banco Nación,David Expósito) marcó la suerte de una moneda destinada a devaluarse y a generar hiperinflación en forma inmediata, según la opinión casi unánime de los economistas.

En el Salón de Cuadros del Palacio de Hacienda, Frigeri habló sobre el nuevo presupuesto (ver aparte) y sobre la posibilidad de liberalizar el "corralito" financiero. Atentos, lo escuchaban los analistas y el vicepresidente del Banco Central, Mario Blejer, que afirmó que no hay condiciones para ampliar las extracciones de dinero a pesar del malestar social.

Humberto Petrei, Diego Estévez, Rogelio Frigerio (n.), Carlos Melconian, Mario Surballe, Marcelo Elissetche, Pablo Rojo, Francisco Susmel, Agustín Etchebarne, Nicolás Weisz-Wassing, Enrique Szewach, Marco Rebozov y Alejandro Caldarelli siguieron con atención sus palabras.

Los economistas habían comenzado la reunión sin la presencia de funcionarios, porque Frigeri estaba en otra reunión armando el presupuesto. Luego llegó Frigeri, el virtual viceministro Norberto Sosa, el subsecretario de Presupuesto, Dante Sica, y el asesor sobre el tema de la deuda, Daniel Marx.

El menos paciente de los invitados fue Carlos Melconian, que habló sobre la necesidad de tener un "plan integral" en vez de lanzar "parches", y luego se fue corriendo, un tanto enojado, para ver al Racing de sus amores en la húmeda tarde de Avellaneda.

Luego de hablar de las cuentas fiscales y del sistema financiero, comenzó el debate por el tema monetario. El equipo económico reiteró que no comulgaba con la idea del argentino, pero aclaró que tampoco podía desautorizar abiertamente al presidente Adolfo Rodríguez Saá. Anoche, en Olivos, diversas fuentes del Ejecutivo coincidían en que la nueva moneda ya era cosa del pasado, aunque nadie quería confirmarlo oficialmente hasta que no lo hiciera el Presidente.

Opinión unánime

De todos modos, más allá de las formas, la opinión fue casi unánime entre los analistas oficiales y privados: el argentino no debe crearse. Más bien, tal como quiere una buena parte del peronismo, hay que emitir una cantidad limitada de Lecop para inyectar liquidez. Dicha emisión no debería superar los 3000 millones.

La creación del argentino no sólo disgusta a los economistas por su segura devaluación, sino que también complicaría a los técnicos de Hacienda porque su emisión quedaría por "debajo de la línea" del déficit, disgustando al Fondo Monetario Internacional.

Los pocos defensores de la nueva moneda afirmaban que ésta tenía sentido si era acompañada por reformas "de fondo" que aseguraran una menor depreciación. Pero en Hacienda reconocen que un gobierno que dura 60 días no puede desarrollar estos cambios.

Por esta razón, la recomendación de los analistas que concurrieron ayer a Hipólito Yrigoyen 250 fue dejar caer elegantemente el argentino y luego avanzar hacia dos elementos clave para sostener cualquier sistema cambiario: un acuerdo político y un presupuesto con cuentas creíbles. Ambos también serían los condimentos básicos para tener un acuerdo con el Fondo y avanzar en la reprogramación de la deuda, aclaró Marx.

De ahí en más, cada uno de los consultores expuso su propio libreto. Algunos hablaron en favor de la devaluación, del uno a uno o de la dolarización. Pero, aunque suene extraño, todos coincidieron en que dejar flotar el peso ahora sería "suicida" por la falta de confianza generalizada. El consenso también giró en torno de la imposibilidad de flexibilizar las restricciones financieras.

A media tarde, los economistas se retiraron con la misma preocupación con la que habían llegado. Aunque destacaron la voluntad de Frigeri, notaron escasas ideas claras y pocas alternativas viables. Más aún, la sensación predominante era que debería haber un amplio acuerdo en el PJ para evitar que la política económica sea definida por los mercados, que ya no creen en la estabilidad y quieren un cambio de fondo.

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