Los habitantes se sintieron indefensos

Entre las carencias en salud y educación, las inundaciones, el aumento en los impuestos y en las multas
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31 de diciembre de 2001  

Quizá como pocas veces los argentinos sintieron por un momento que aquí no había distinciones de clases sociales ni categorizaciones geográficas. Es cierto que el cacerolazo se le adjudicó a la clase media, por ejemplo. O que el desahogo social llevó la impronta de los sectores más bajos.

Pero no resultó justamente aquí donde la Argentina vivió un 2001 en el que todos, los más ricos, los más pobres y los del estrato intermedio, se sintieron indefensos ante los mismos problemas.

Ninguno de los 36.027.041 argentinos sumados por el vapuleado censo de noviembre último pudo sentirse seguro ante los casos de leptospirosis, una enfermedad transmitida básicamente por roedores. Tampoco hubo tranquilidad ante el misterioso ántrax. Ni mucho menos frente a los temporales que desembocaron en inundaciones, con pérdidas millonarias y muertes incluidas.

Los afiliados al PAMI, eternos menospreciados por un sistema decadente, se vieron todos incluidos en la misma miseria cuando se enteraron de que no tendrían respaldo en casos de emergencia.

Esta igualdad entre clases, edades y localizaciones resultó, más allá de la política y la economía, el signo de un año representado por la tristeza y la depresión, por la crisis y los desbordes.

El primer síntoma de que 2001 se convertiría en un año duro se palpó durante la tremenda inundación que el 24 de enero sacudió a la ciudad de Buenos Aires. Seis muertos, 96 milímetros caídos en una hora (25 mm durante los primeros cinco minutos) y denuncias de que los trabajos para contener el exceso de agua no habían sido realizados en tiempo y forma presagiaron un temporal que acarrearía serios trastornos en el nivel nacional.

Bajo el agua

Hacia marzo, el diluvio no había cesado en el área metropolitana. Tanto fue así que Quilmes, Florencio Varela, La Matanza y Avellaneda, entre otros distritos, debieron evacuar a más de 1800 personas para evitar una catástrofe.

De la lluvia que había afectado a Buenos Aires al temporal de nieve en el interior se sucedieron sólo cuatro meses. En julio, varios pueblos vieron limitada su capacidad eléctrica, tres hombres permanecieron aislados durante nueve días en un camión de caudales y la distribución de combustible por la Patagonia debió considerarse casi un milagro. En Comodoro Rivadavia fallecieron seis personas y en Río Negro y Neuquén fueron evacuadas otras 600, aunque en estos últimos casos por el desborde de dos ríos cordilleranos.

Parecía un tema cerrado. Pero no. En octubre, sobre todo en el Litoral y en la provincia de Buenos Aires, una nueva tormenta obligó a la evacuación de más de 3500 personas.

Casi 5.000.000 de hectáreas quedaron bajo el agua en la pampa húmeda, 59 de los 134 partidos bonaerenses se declararon en estado de desastre y alrededor de 800.000.000 de pesos se perdieron para la industria agropecuaria.

La desesperación de miles de argentinos ante el avance descontrolado del agua resultó similar a la intranquilidad y a la psicosis que generó la aparición del ántrax en el mundo.

A pesar de que la guerra contra el terrorismo parecía lejana, el 18 de octubre el entonces ministro de Salud, Héctor Lombardo, confirmó que una carta llegada a la Argentina -exactamente al barrio de la Paternal, en la Capital- contenía el temible bacilo.

Increíblemente, quien debía erigirse en la máxima autoridad en salud fue desautorizado el 1° de noviembre por el director del Instituto Malbrán, Andrés Ruiz. "No hay ningún caso de ántrax. Lo que sucedió fue motivado por la presión general", sorprendió.

Sí, en cambio, hubo casos de leptospirosis. Entre fines de marzo y comienzos de abril se supo que ocho personas habían fallecido contagiadas por dicha enfermedad. En La Plata se declaró la emergencia sanitaria y desde el Ministerio de Salud se confirmó que había "inconvenientes en la vigilancia epidemiológica".

Para el sistema sanitario habría más problemas: en la Ciudad de Buenos Aires se acusó la falta de vacunas -desmentida, a pesar de ello, por el jefe de gobierno, Aníbal Ibarra- y se temió por el colapso del sistema. "El 50 por ciento de la gente que atendemos viene del conurbano. La provincia de Buenos Aires debe reforzar urgentemente su sistema de atención primaria", reclamó Ibarra, quien debió remover a su primer secretario del área, Marcos Buchbinder, ante las quejas. En su lugar nombró a Aldo Neri, luego reemplazado por Alfredo Stern.

Deuda y desatención

A los afiliados del PAMI el maremágnum de la crisis los empujó casi hasta el abismo cuando, a fines de octubre, las clínicas decidieron no atenderlos hasta tanto la obra social cubriera la millonaria deuda que mantenía con ellos. Alrededor de 250.000 personas se vieron afectadas.

El tema era grave: un mes más tarde se conocería que la deuda del PAMI es de 1750 millones de pesos.

Las protestas se escucharon tanto como las que, el 21 de agosto, reclamaron un mejor sistema de cobro de las multas en la Ciudad de Buenos Aires.

Ibarra había desintegrado por decreto el Tribunal de Faltas y, en su lugar, había convocado a una Unidad Administrativa de Control de Faltas, con controladores y verificadores que duplicaban la cantidad de jueces que había en el tribunal.

Aquel día, más de 3000 personas -el récord anterior era de 1500- se presentaron para pagar o reclamar por las multas fotográficas, otro de los temas controvertidos. Fue un caos. Finalmente, el sistema se dinamizó y demostró que era mejor que el anterior.

En ese contexto, 2001 también dejó un espacio para saber que la Ciudad de Buenos Aires había perdido 200.000 habitantes, casualmente los que había ganado Pilar. Esto se supo gracias a un censo que, por la no colaboración de la Confederación de Trabajadores de la Educación (Ctera), estuvo a punto de suspenderse.

Seguramente hubo más temas relevantes en 2001. Quizás éstos hayan sido algunos de los pocos que, por un momento, destrozaron la idea de distinción de clases y la categorización geográfica.

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