El majestuoso Raúl de Lange

Ernesto Schoo
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21 de octubre de 2000  

¿Existe la casualidad? Días atrás, un lector de esta columna me telefoneó para sugerirme, amablemente, una evocación del extraordinario actor que fue Raúl de Lange, de larga actuación entre nosotros. Esa misma tarde saqué, al azar, un libro de la biblioteca, para leer, sin premeditación, una página cualquiera. Suelo hacerlo, simplemente por leer algo en un paréntesis del trabajo, o para llenar un vacío momentáneo. Era "Peregrina y extranjera", de Marguerite Yourcenar, en edición de Alfaguara.

Siempre al azar, lo abrí en cualquier parte, como quien, a instancias del mago, extrae una carta del mazo.Y leí, con estupor, casi con terror, el nombre de Lange en la página 154, al promediar un texto titulado "Fausto, 1936". Es la reseña de una representación del poema dramático de Goethe, en los Festivales de Salzburgo de aquel año, dirigida por Max Reinhardt. Trata de la primera escena, cuando ante Fausto surge el Espíritu de la Tierra, "que Raúl Lange encarnaba -dice Yourcenar- con una especie de majestad confusa y colosal".

* * *

Majestuoso y colosal son, en efecto, los epítetos que mejor definen a ese actor tan fuera de la escala "normal" (¿cuál sería?), de imponente dimensión física, cabeza leonina y voz que resonaba con todos los registros de un órgano. Cuando busqué los datos biográficos tuve una sorpresa adicional: Lange, o "de" Lange, había nacido en San Isidro, provincia de Buenos Aires, en 1895, y a los cinco años fue llevado por sus padres, austríacos, a Europa.

Allí estudió interpretación, en el Conservatorio Imperial de Viena. En Alemania fue primer actor del Teatro Real de Hannover, y llegó a ser una de las figuras principales de la compañía de Max Reinhardt, nada menos, que lo dirigió en el mayor de sus éxitos: el protagonista de un misterio medieval, reciclado por Hugo von Hoffmansthal, "Jederman", representado anualmente cuando los Festivales de Salzburgo, en el atrio de la catedral.

En 1938, en vista de la situación europea y de la inminencia de la Segunda Guerra, regresó Lange a la Argentina, con su compañera, Herta, de quien no queda claro (según cuál biografía se consulte) si era su mujer, o su hermana. Era, sí, pianista. Y ambos presentaron, a lo largo de dos décadas, en tablados de Buenos Aires y del interior, recitales en los que Raúl decía textos prestigiosos -"El libro de Job", "El cantar de Mío Cid", "La ranita" de Andersen- y Herta descargaba sobre las teclas un entusiasmo indeclinable. También hizo "Jederman" ("Cada cual") en atrios de iglesias porteñas.

Fue Lange el prototipo del actor romántico, en la tradición de los grandes gestos y la voz tremolante. Sin embargo, con intuición de artista auténtico, cuando actuó en el cine argentino -"Prisioneros de la tierra", 1939, y "El crimen de Oribe", 1950-, sus interpretaciones quedaron como ejemplos de sobriedad y hondura. El, gigantesco, y Herta, diminuta, componían una pareja insólita cuando, todas las tardes, caminaban por Florida rumbo a la confitería Boston. Pobrísimos, llevaban consigo su propia comida de la noche, unos sándwiches caseros de queso de Limburgo cuyo efluvios ahuyentaban a los otros parroquianos. Pero se los respetaba y quería, en reconocimiento de la excepcional calidad de ese hombrón taciturno, que murió en 1964.

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