A los 90 años murió Máximo Etchecopar

Fue amigo y discípulo de Ortega y Gasset
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22 de marzo de 2002  

Una vida dedicada al afianzamiento de las relaciones diplomáticas y a la promoción de los valores culturales signó la existencia del doctor Máximo Etchecopar, diplomático, escritor, publicista, de reconocida trayectoria en el servicio exterior, la política y la literatura, fallecido a los 90 años.

Primer director del Instituto del Servicio Exterior de la Nación, entre 1966 y 1969, a los 38 años había sido embajador ante la Santa Sede, función que cumplió entre 1950 y 1955, lo que lo convirtió en el representante argentino más joven ante el Vaticano.

A su trayectoria diplomática unía una acendrada vocación por las letras, cultivada durante una intensa formación cultural.

Nacido en Tucumán el 19 de febrero de 1912, se graduó de abogado en la Universidad de Buenos Aires y se destacó tempranamente por su vocación humanística.

Junto con los escritores Leopoldo Marechal y Francisco Luis Bernárdez –y con los dirigentes nacionalistas Mario Amadeo y Marcelo Sánchez Sorondo– participó de los cursos de Cultura Católica, que tuvieron una singular influencia en la vida cultural y política argentina.

Entre otros importantes destinos de su enriquecedora carrera diplomática, fue cónsul en El Cairo, ministro en Londres y embajador en Suecia, Perú, México, Colombia y Suiza.

Inquietudes intelectuales

Bajo sus apariencias nunca desmentidas de cumplido hombre de mundo, anidaba en Máximo Etchecopar una preocupación intelectual paralela a la firmeza de sus creencias religiosas.

Lector aventajado y ávido, adquirió desde chico un bagaje cultural notable, a la edad en que para la mayoría de la gente apenas despuntan la curiosidad por las letras y el propósito rara vez logrado de aproximarse seriamente a las manifestaciones artísticas.

Admiraba los clásicos, comenzando por los antiguos y los románticos españoles y franceses. Pero esta admiración que les prodigaba se hallaba iluminada por un discernimiento precoz de las categorías del saber, es decir, por las significaciones de la filosofía. Fue distinguido con la amistad entrañable del filósofo José Ortega y Gasset, que se convirtió en su maestro.

Etchecopar sirvió a su país –como a él le gustaba decir– de modo íntegro y múltiple. Será recordado en todas las áreas donde volcó su talento por su entereza, su lucidez y su excelencia intelectual y humana.

La lista de sus publicaciones es amplia. “Breve y varia lección”, “Unos papeles de Lofredo Paz”, “Con mi generación”, “Historia de una afición a leer”, “Esquema de la Argentina” y “El fin del Nuevo Mundo”, son algunos de los títulos más conocidos.

En reconocimiento a su trayectoria, recibió la Orden de Piana y la Gran Cruz Conmemorativa del Año Santo, otorgadas por la Santa Sede, y la Gracia Magistral de la Soberana Orden Militar de Malta, entre otras distinciones.

Sus restos fueron inhumados en el cementerio Memorial y despedidos, en nombre de sus amigos, por el doctor Marcelo Sánchez Sorondo.

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