Waldo de los Ríos, un creador con varias caras

Habrá un recital de homenaje a cargo de importantes figuras
Mauro Apicella
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27 de marzo de 2002  

Mañana se cumplirán 25 años de la muerte del pianista, compositor, arreglador y director orquestal Waldo de los Ríos. Aun con lo difícil que puede ser unir las diferentes facetas (la famosa, la olvidada, la apenas conocida) de este personaje, hoy, a las 21, en la Sala A-B del Centro Cultural San Martín, varios artistas del folklore, la música sinfónica y de cámara le rendirán tributo.

Habrá algunos, con edad suficiente, que recuerden lo bueno y también lo menos logrado de su carrera (eso que, justamente, le dio mayor popularidad). Los primeros años de adolescencia como acompañante de su madre Martha, su prolífico trabajo orquestal, su espíritu renovador dentro del folklore, aquellas criticadas versiones pop de la novena sinfonía de Beethoven y de la sinfonía 40 de Mozart que lo hicieron mundialmente famoso, varios años antes de que una profunda depresión lo llevara al suicidio, en España, tras 43 años de vida.

Melómanos y colegas hablarán con admiración del fundador de Los Waldos, allá por 1967, que dio origen a uno de los trabajos de raíz folklórica más vanguardistas. Quizá recuerden su primera gran orquesta y los registros de "Pasionaria" y "Naranjita", o de "Terroncito", "Fuera de ritmo" y el "Concierto de las 14 provincias" (en 1960, para el 150° aniversario de la Revolución de Mayo"). También elogiarán las partituras de las bandas de sonido de "Alias Gardelito", "Pampa salvaje" y "Boquitas pintadas", entre la docena de piezas para cine que realizó entre 1958 y 1975.

Y los más devotos ofrecerán otro tipo de datos. Dirán que Waldo admiraba a Fellini, que se sentía influido por la música de Stravinsky, Ravel y Bartok y que se convirtió en un profeta de otra tierra cuando decidió radicarse en España luego de que el Fondo Nacional de Las Artes le negara una beca para viajar a Alemania y perfeccionarse en música electrónica. O intentarán comprender a quien alguna vez fue un vecino ilustre del barrio de Flores, que pensaba para grandes masas orquestales -como la que presentó en "La noche de los sábados", uno de los programas de la televisión española de mayor audiencia, y que tenía como hobby construir mascaritas de arcilla y plastilina en miniatura y piezas de aeromodelismo. Es difícil resumir a este personaje en un solo tributo. Esta noche -por iniciativa de la comisión cultural de la Legislatura porteña y con la producción de la Dirección de Música del Gobierno de la Ciudad- se hará un homenaje al de los Ríos que hizo un importante "aporte al folklore nacional".

El trío la Posta, de Guillo Espel, Pablo Aguirre y Luis Rocco dejarán su versión de "Tero-Tero". José Luis Castiñeira de Dios recreará una obra que dedicó a Waldo en 1978 y otros temas del autor, junto a su grupo Anacrusa. La pianista Lilian Saba, que considera al compositor como una especie de "eslabón perdido", ofrecerá "El gaucho", y mientras Manolo Juárez piensa en su repertorio para hoy, todos juntos recuerdan al músico en esta charla.

"Waldo atravesó por dos o tres estratos distintos -explica Castiñeira de Dios-. Primero participó del fenómeno comercial, junto a su madre. Luego fue el creador de una música sinfónica, única en ese universo, y más tarde, en Europa, se metió en algo totalmente vanguardista, con Los Waldos. Creo que fue un gran artista que por ciertas circunstancias insólitas alcanzó un reconocimiento internacional que le cambió la vida y, desde mi punto de vista, se la arruinó", dice, en referencia a las polémicas versiones de los clásicos. El fundador de Anacrusa conoció a De los Ríos en España y tuvo la oportunidad de participar como guitarrista en algunas de sus grabaciones. "Cuando lo conocí, Waldo hacía arreglos para el sello Hispavox y tenía un quinteto con músicos argentinos que tocaban en la Costa Brava durante el verano. Un grupo de amigos que la pasaban bien y que en los ratos libres trabajaban sobre las ideas de Waldo. De ahí surgieron un disco de música andaluza y otro de folklore."

Waldo en piano, Roberto Stella en batería, Alberto Carbia en contrabajo... Roque Rubio se encargaba del vibráfono y de reproducir cintas con un grabador y César Gentili del exótico órgano Electone. "Tenían una originalidad tímbrica impresionante y en la composición, no sé si se llegó a avanzar un paso más allá de eso."

¿Manolo Juárez ya habrá decidido incluir "Río de Los Waldos" en su lista de esta noche? Por ahora se lo ve más concentrado en la obra total que en alguna pieza en particular. Por eso destaca el trabajo del compositor en lo que se conoce como "aires de" (zambas, chacareras...). " Eduardo Lagos y Waldo fueron las dos puntas para una nueva expresión", asegura.

-¿Cómo influyó en ustedes?

Lilián Saba: -En el Conservatorio Nacional nunca me hablaron de él. De chica escuchaba al Waldo popular de la versión de la sinfonía 40. Cuando empecé a escuchar otro tipo de folklore apareció un Oscar Cardozo Ocampo, conocí a Manolo y a través de Lagos algunas otras cosas de Waldo. Ahí me di cuenta de que había un eslabón perdido por una cuestión de difusión. Tuve que rastrear un material que no está en las disquerías.

Pablo Aguirre: -Yo lo veo de otra manera. Una vez, durante una clase magistral, Ginastera dijo que no había que recurrir a las disquerías sino a la musicología.

Guillo Espel: -El pensaba, bajo una apariencia formal, en un estilo totalmente vanguardista. Hasta el 70 escribió piezas como una chacarera en diez ocho, o "San Luis 1960", con un glockenspiel solista. El aporte que hace al piano, la parte tímbrica y el tratamiento instrumental son sublimes. Desde hace quince años trabajó paralelamente con música sinfónica y de cámara. En muchas de mis obras sobre ritmos folklóricos siempre lo tuve como referente.

Gioconda con pestañas postizas

Sus versiones de obras clásicas siempre fueron controvertidas

"Creo que adapté la música clásica a la mentalidad del hombre de hoy. No hice otra cosa. El resultado ha sido, como se sabe, un gran éxito. No pretendo realizar una obra cultural sino ofrecer un mensaje sano, simple..."

Así se refirió Waldo de los Ríos, en 1973, a sus particulares versiones de los clásicos. Una de las tantas explicaciones sobre su labor, tan exitosa como polémica. Este tipo de trabajos comenzó con el arreglo del "Himno a la alegría" para una grabación del cantante Miguel Ríos. José Luis Castiñeira de Dios dice que la versión "se vendió a reventar, por eso el sello le propuso a Waldo hacer un disco de clásicos. El éxito fue tan desmesurado que la comunidad europea tomo la versión de la Novena como un himno. Waldo dirigió orquestas que nunca antes había podido dirigir". Manolo Juárez llama de dos maneras al compositor. Una es Waldo de los Ríos; la otra, Waldorf de los Ríos. "Una vez se enojó mucho cuando le hablé de esto. Es que no le perdono lo que hizo con Mozart y Beethoven. El decía que por esas grabaciones la gente conoció la 40 de Mozart. Yo creo que con ese criterio puedo agarrar a la Gioconda y pegarle pestañas postizas. Lo que hizo no se condice con el creador. Porque él fue un referente".

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